Pestañas

12 diciembre, 2007

Ser viejo cada vez más joven


Este verano el Instituto Nacional de Estadística (INE) daba a conocer el último estudio sobre Estimaciones de la Población Actual, con datos obtenidos a partir del censo de población de 2001. Aunque se observa un ligero retroceso respecto a 2006 los varones y mujeres nacidos en 2007 vivirán una media de 77,3 y 83,76 años respectivamente. De esta forma, España sigue siendo uno de los países con mayor esperanza de vida del mundo, y una de las conclusiones más interesantes que se extraen del análisis es que las mujeres siguen viviendo más que los hombres.

Al respecto también de la esperanza de vida encontré una reseña en un diario sobre un libro de Monique Le Poncín, ‘Nueva gimnasia cerebral’ (Edit. Temas de hoy. Colección Fin de Siglo. 1997) prologado por el profesor Christian Derousne. En la reseña se citaba lo siguiente:

La literatura y los mitos nos enseñan que, en todas las épocas, el hombre ha intentado prolongar su vida. Con la llegada de las sociedades industriales desarrolladas, la esperanza de vida se ha acrecentado considerablemente y una fracción importante de la población alcanza cada vez una edad más elevada. Sin embargo, y por una extraña paradoja, si bien es cierto que se vive más tiempo también lo es que la gente es considerada vieja cada vez más joven, al menos socialmente. La segunda paradoja consiste en que, si bien es cierto que se vive más tiempo, la gente mayor se considera cada vez más joven. Y por ello se puede decir que “se es viejo cada vez más joven”. ¿A qué edad? Si bien no existe respuesta a esta pregunta en el plano individual, una de las muletillas del prologuista de este libro (Christian Derousne) es que para hacerse viejo hay que comenzar muy joven.

04 diciembre, 2007

De los intentos de permanecer quieto

Más abajo expliqué ya mi decisión de hace varios meses de abandonar únicamente la lectura de escritores en lengua española. Lo hacía por la creencia un poco exagerada de que sólo en español sería capaz de encontrar la verdadera expresión de los autores y de reconocer su voz y su literatura. Ahora sé que era un planteamiento un poco excesivo y limitador. Desde entonces he encontrado ejemplos que lo han desmentido y que, en algunos casos, ya he referenciado: Thomas Mann, Dubravka Ugresic o Melania G. Mazzucco, y otros sobre los que ya he leído y me detendré sin duda más adelante (Haruki Murakami, Stefan Zweig, Irene Nemirovsky y Paul Auster).
Pues bien, otro de estos autores es la británica Jenny Diski (Londres, 1947), de quien acabo de leer ‘De los intentos de permanecer quieto’ (Editorial Circe. Barcelona 2007), un perfecto ejemplo de literatura no española y, además, distinta también de la novela convencional.
“Es un libro sobre viajar y permanecer quieto,
pero fundamentalmente es sobre el deseo de permanecer quieto”.
Es una deliciosa ‘novela’ que mezcla en distintas proporciones la autobiografía, reflexiones personales y bastante de literatura de viajes. Y por todo ello un libro diferente, original y muy interesante. Biográfico porque descubre de forma descarnada el fracaso de sus padres y de su infancia:
A los catorce años llegué a la conclusión (recuerdo vívidamente el momento, volviendo en tren al colegio para empezar un nuevo trimestre) de que ser malo era con mucho lo más deseable. Anhelaba vehementemente la maldad, la discusión, la trasgresión. Me propuse ser mala. La bondad no tenía ningún atractivo. Mirad a los malos y a los buenos. ¿Qué queréis ser? No hay ni color. La maldad es especial e intrépida. La maldad era una dolencia que, a diferencia de una cardiopatía congénita, podía alcanzar por mí misma. A mediados de ese trimestre en que me dediqué a fumar, ir fiestas de toda la noche, beber sidra en el bosque, buscarme un novio poco adecuado en el pueblo, y robar éter del laboratorio de química e inhalarlo, me expulsaron. Era lo bastante mayor para no tener que volver al colegio. Sobre el relato de su iniciación al sexo antes de cumplir los quince años llega a decir que Nunca se lo conté a nadie hasta años después. Luego, durante décadas, me referí a ello como la vez “que me violé”.
De cierto modo de ensayo porque reflexiona entre otras cosas sobre el propio cuerpo (Me cuesta mucho creer que hay algo debajo de mi piel. Creo que mi cuerpo es el envoltorio exterior: lo que veo y cubro con mi ropa. No logro convencerme de que hay algo dentro del envoltorio) y manifiesta no creer en Dios (Dios es, en el mejor de los casos, un extra opcional en la explicación de la creación y la continua existencia de la vida, pero está claro que no lo es. Es bastante fácil no creer en Dios; cuesta mucho más dejar de creer en la biología).
Pero uno de los ejes sobre los que gira el libro, y que da título a la novela, es el deseo de –aún viajando- permanecer quieto. Diski, que se define como escritora de libros de viajes, afirma que “este no es un libro de viajes aunque se mencionen en él varios. Es un libro sobre viajar y permanecer quieto, pero fundamentalmente es sobre el deseo de permanecer quieto”. La autora nos dirige a tres escenarios muy distintos: Nueva Zelanda, la campiña inglesa en Somerset y los helados paisajes del Círculo Polar Ártico.
Sobre los viajes, Jenny Diski escribe en las primeras líneas del libro: Puede que sea la última persona con vida que sigue llenándose de estupor cada vez que llega a otro país. En casi todos los sentidos me he adaptado a la modernidad (escribo en un ordenador, envío y recibo e-mails, hasta llevo un móvil cuando salgo, si me acuerdo de cogerlo), pero nunca me he quitado de encima el asombro cada vez que pongo un pie en tierra extranjera.
Sobre los deseos de permanecer quieta escribe en otro lado: Cada célula de mi cuerpo desea permanecer quieta, y lo desea aún más ardientemente ante la sugerencia de cambiar de estado. Imaginad el fervor de millones -¿o son billones?- de esas células que vienen a ser mi persona, cada una negándose con todas sus fuerzas. Uno pensaría que podría mover montañas con semejante deseo. Yo he logrado no subir a ninguna.
También la soledad es para Diski una virtud en el viaje: Si hay un momento perfecto en un viaje para mí es este estar sentada contemplando el cielo en un lugar público, sin conocer a nadie, esperando irme a un lugar que se mueve a través del paisaje llevándome a otro espacio donde podré estar sola y sentarme de nuevo a mirar. Es la esencia de viajar solo, ese momento de expectación poco antes de partir hacia cómo quieres estar. (….) El aire fresco, el paso de las estaciones en la naturaleza o el subidón de adrenalina del centro de la ciudad, por más que no dudo de sus encantos y emociones, cuando recaen sobre mí me hacen encoger deseando que la habitación sea más pequeña, las ventanas tengan las persianas bajadas, el sillón se hunda más, la puerta esté cerrada con llave.
La última parte del libro cuenta un viaje al Círculo Polar Ártico, donde en tres páginas memorables describe la escena de una noche durmiendo en una tienda (lavvu) a menos de treinta grados bajo cero de temperatura y tener que levantarse dos veces para hacer pis: En momentos como ése te das cuenta de que es mucho mejor ser hombre // Entonces entendías perfectamente el verdadero inconveniente de ser mujer (…) Y ahí estaba yo, con el culo al aire el torso al aire, las piernas al aire, la mano al aire y la cara al aire en mitad de un universo helado e infinito. Sólo porque era una mujer con ganas de hacer pipí (…) Mear en el suelo en mitad de la noche en medio de un rebaño de renos en el círculo polar ártico. ¿Quién lo habría dicho?.
Un libro distinto. Un libro para recordar.

02 diciembre, 2007

Adviento / Advent

El Evangelio de hoy sobre el Adviento es una llamada a “vivir despiertos”
Today’s Advent Gospel is a “wake up” call.

Evangelio según san Mateo 24, 37-44
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán. Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.»

Gospel from Matthew 24:37-44
«Jesus said to his disciples:
As it was in the days of Noah,
so it will be at the coming of the Son of Man.
In those days before the flood,
they were eating and drinking,
marrying and giving in marriage,
up to the day that Noah entered the ark.
They did not know until the flood came and carried them all away.
So will it be also at the coming of the Son of Man.
Two men will be out in the field;
one will be taken, and one will be left.
Two women will be grinding at the mill;
one will be taken, and one will be left.
Therefore, stay awake!
For you do not know on which day your Lord will come.
Be sure of this: if the master of the house
had known the hour of night when the thief was coming,
he would have stayed awake
and not let his house be broken into.
So too, you also must be prepared,
for at an hour you do not expect, the Son of Man will come.»

24 noviembre, 2007

No consigo que lean


No consigo que mis hijos lean. Ya tienen edad. Yo lo hacía con sus años. En casa hay libros, les hemos regalado libros en cumpleaños y por Reyes Magos, ven que leemos, pero el veneno de la lectura no les ha picado todavía. Y me he rendido. Estoy en la fase de no insistir para no provocar el efecto contrario, el rechazo más absoluto. También porque estoy convencido de que igual que se busca una novia y no se encuentra hasta un día en que, sin saber cómo ni por qué, se cruza en tu camino, así sucederá también -cuando menos lo busquen y lo esperen- con el libro que se cruce en sus vidas y les descubra las historias y emociones que no imaginaban que allí se pudieran esconder.

Cristina, una de mis hijas, cumple hoy 14 años. Le he regalado un libro, pero porque ella me lo ha pedido: 'El niño con el pijama de rayas', de John Boyne (Edit. Salamandra. 2007). Tampoco sería el primer libro que leyera pero tengo la ilusión de que este sea, porque lo ha pedido ella, la picadura que le insufle el veneno de la lectura.

Recupero unas líneas de un artículo del escritor Fernando Alonso, 'Leer desde niño', en el número uno de la revista cultural Platea del Ayuntamiento de Las Rozas:

"La afición por la lectura se adquiere en la infancia y en la primera juventud o no se adquiere nunca. Quizá alguien encuentre exagerada esta afirmación. Es cierto que, algunas veces, la afición por la lectura se adquiere más tarde, incluso en la madurez. Pero eso son excepciones y, en cualquier caso, nunca se podrá recuperar el tiempo perdido. Nunca se podrán recuperar las lecturas infantiles que no se disfrutaron en su momento. Pero sobre todo, nunca podrán improvisarse la fascinación, la magia y el vértigo que envolvían una buena novela de aventuras leída en su momento; cuando se abría La Isla del Tesoro como quien se dejaba deslizar por una montaña rusa".

Yo les digo que en los libros hay vidas e historias maravillosas que están esperando a ser descubiertas. Lo creo firmemente porque yo he descubierto algunas.

20 noviembre, 2007

El final de la conversación


Muchos ven en la televisión -y yo también- una amenaza para la convivencia. Demasiado ruido, mucha banalidad, total uniformidad. Claro que no todo es malo: a mí también me levantaron de la cama el 20 de julio de 1969 para ver (en blanco y negro) cómo el Hombre pisaba la luna.
En 'Historias de las Telecomunicaciones' (Ariel, 2003) de José de la Peña, se dice que las innovaciones se han enfocado tradicionalmente con fines "nobles" como la instrucción, la formación o las finanzas. "La televisión, por ejemplo, se planteó con la promesa de que elevaría el nivel intelectual de la población, ya que al llegar a todos, era una herramienta idónea para recibir, por ejemplo, clases a distancia. Durante los años setenta, se habló mucho de la televisión educativa como complemento y apoyo a los colegios rurales, etc." Y no puede el autor evitar ofrecer su propia opinión a continuación: "Creo que sólo es necesario encender la televisión unos minutos y hacer un rápido zapping para ver lo que ha quedado de esos sueños. La televisión es uno de los mejores ejemplos de una tecnología complejísima que ha alcanzado unos niveles de banalidad en su uso y contenidos que no fueron ni siquiera vislumbrados por ningún especialista de la época de su invención".
Pero más interesante aún sobre la televisión son las opiniones que he leído recientemente de dos escritoras. Una es Doris Lessing, reciente premio Nobel de Literatura, en una entrevista que publicaba El País:

- Dice usted en uno de sus libros de memorias que la televisión interrumpió la conversación, rompió la alegría, o al menos la convivencia familiar...

- No dije que fuera alegre precisamente esa convivencia, pero desde luego la vida familiar era distinta antes de que llegara la televisión. Yo vi llegar la televisión a una casa donde solía escucharse la radio, donde la gente solía sentarse todas las noches, a hablar, a comer, y a comer muy bien, por cierto... Estoy hablando de una cultura distinta a la que vino luego; la televisión interrumpió esa cultura. Fue el final de la conversación, de la jovialidad de la convivencia, terminó aquello de sentarnos a comer todos juntos... Aunque es cierto que muchas de las canciones que cantábamos eran muy aburridas, si es verdad que también se acabó aquello de cantar en familia, alrededor de un piano... Todo el mundo alrededor de una mesa, un perro ladrando en una esquina, una comida maravillosa (¡porque no todos los ingleses son malos cocineros!)... Todo eso se fue cuando llegó la televisión, y yo tengo el recuerdo del día en que eso ocurrió.
"La televisión fue el final de la conversación;
terminó aquello de sentarnos a comer todos juntos"
Otra opinión es la de Muriel Barbery, autora de una novela revelación en Francia, 'La elegancia del erizo' (Seix Barral), que leí en una entrevista en el diario Expansión. Dice Muriel que, como la protagonista de su libro, siente una necesidad física de silencio: "Es lo mínimo para poder reflexionar. Para mí, los tres grandes lujos, son el tiempo, el espacio y el silencio. En casa tiramos la tele. Al principio da vértigo; tenemos terror a una vida sin ruido de fondo, porque entonces hay que encontrarse con uno mismo. Y eso siempre da que pensar".
"Tenemos terror a una vida sin ruido de fondo"
También he pensado alguna vez en prescindir de la televisión. ¿Qué pasaría?

18 noviembre, 2007

Otra vez Annemarie


Ahora que he comenzado la lectura de 'De los intentos de permanecer quieto', un libro de la inglesa Jenny Diski "a caballo entre el reporterismo y el libro de viajes" me he topado de nuevo con Annemarie Schwarzenbach. Babelia, el suplemento cultural de El País, publicaba un reportaje sobre 'Los ases de la literatura viajera', y allí estaba 'Muerte en Persia' (Edit. Minúscula. Barcelona 2003):

<"De errancias trata este libro, y su tema es la ausencia de esperanza". Así presenta la propia autora este librito tan pequeño y sinembargo tan enorme en emociones . Transcurre en Persia y es un "diario impersonal" con las experiencias de Schwarzenbach (1908-1942), el angel devastado e inconsolable, la andrógina, lesbiana y melancólica suiza de buena familia precipitada en los abismos del mal de vivre, los amores furtivos, las amistades peligrosas (Erika y Klauss Mann, entre otros) el alcohol y la morfina. Persia, con su "grandeza letal", sus paisajes (la evanescente cima del Demavent, Persépolis bajo la luna), ejercía una enorme atracción sobre ella. En el libro (Edit. Minúscula), fragmentario y desordenado, con la belleza herida de un collar roto, la frontera entre el yo y el exterior se hace pedazos en un bellísimo caleidoscopio de sueños, ruinas y sufrimiento>.

Leí su vida y sus miedos en 'Ella tan amada', de Melania G. Mazzuco. No podré resistir ahora leer de la propia Annemarie este librito viendo y sintiendo Persia a través de sus ojos y su corazón.

09 noviembre, 2007

La autoestima


Después de un libro de la intensidad de 'La montaña mágica' es difícil encontrar otra historia que consiga de nuevo un estremecimiento parecido; al menos el riesgo de intentarlo es un desafío muy importane. Como el de los músicos que tienen vértigo a publicar un nuevo disco después del éxito del anterior. También es bueno dejar pasar el tiempo y poder saborear el libro en la distancia. Por esas razones y porque no había un firme candidato a continuar la lista de lectura tardé en recuperar un nuevo libro. Justo hasta que un viaje y un aeropuerto lo pusieron delante de mí antes de coger un vuelo. Es verdad que se trataba de un libro sobre el cual ya había puesto mi atención, pero por un prurito de no leer cosas de "segunda división" había resistido a la tentación. Se trata de 'La Autoestima' (Editorial Espasa. Madrid 2007. 217 páginas) un libro del psiquiatra sevillano Luis Rojas Marcos. Sucumbí a su lectura por el tema -me interesa lo que tiene que ver con la percepción sobre uno mismo-, porque podía ser una lectura rápida y fácil para "desengrasar" de la vasta literatura de Mann y, por lo tanto, abrir un paréntesis antes de abordar con renovada energía otro asalto literario de alguna magnitud, y porque ya había leído con anterioridad otro libro de Rojas Marcos - 'La fuerza de optimismo'- que me pareció realmente interesante.

Aunque con la lectura de ‘La Autoestima’ sabía que no encontraría ninguna receta a modo de autoayuda –porque Rojas Marcos no escribe libros de autoayuda al uso- reconozco que me quedaba la vana ilusión de encontrar algo –no sé muy bien qué- que al final no encontré. Me dio la sensación de estar escrito con menos ganas, con menos pasión; a modo de compilación de otros estudios y autores, con una estructura quizá más académica y fría.



Respecto a la Palabra me gustaría subrayar algunas de las ideas que expresa el autor en el libro: “Si bien los demás reparan por lo general en nuestros gestos y aspecto exterior, la palabra es el medio que mejor dominamos y el que solemos utilizar para presentarnos, revelarnos y compartir con otros los avatares de nuestra vida (…). Además de la palabra, también utilizamos conscientemente elementos no verbales para moldear nuestra autodefinición ante otros. Es bien sabido que la forma de vestir, las expresiones faciales, las posturas, los gestos, la mirada, la disposición, el tono de voz y todo lo que constituye el llamado “lenguaje corporal” dan pistas sobre nuestro estado de ánimo, nuestras opiniones, nuestras intenciones y nuestra manera de ser. Las emociones no sólo las sentimos nosotros, sino que, aun sin que nos comuniquemos verbalmente, se las transmitimos a los demás. La manera en que expresamos o disimulamos nuestros sentimientos y la carga emotiva con la que acompañamos las palabras dicen mucho de nosotros y de nuestra capacidad para conectar genuinamente con quienes nos escuchan”.

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