Pestañas

04 diciembre, 2007

De los intentos de permanecer quieto

Más abajo expliqué ya mi decisión de hace varios meses de abandonar únicamente la lectura de escritores en lengua española. Lo hacía por la creencia un poco exagerada de que sólo en español sería capaz de encontrar la verdadera expresión de los autores y de reconocer su voz y su literatura. Ahora sé que era un planteamiento un poco excesivo y limitador. Desde entonces he encontrado ejemplos que lo han desmentido y que, en algunos casos, ya he referenciado: Thomas Mann, Dubravka Ugresic o Melania G. Mazzucco, y otros sobre los que ya he leído y me detendré sin duda más adelante (Haruki Murakami, Stefan Zweig, Irene Nemirovsky y Paul Auster).
Pues bien, otro de estos autores es la británica Jenny Diski (Londres, 1947), de quien acabo de leer ‘De los intentos de permanecer quieto’ (Editorial Circe. Barcelona 2007), un perfecto ejemplo de literatura no española y, además, distinta también de la novela convencional.
“Es un libro sobre viajar y permanecer quieto,
pero fundamentalmente es sobre el deseo de permanecer quieto”.
Es una deliciosa ‘novela’ que mezcla en distintas proporciones la autobiografía, reflexiones personales y bastante de literatura de viajes. Y por todo ello un libro diferente, original y muy interesante. Biográfico porque descubre de forma descarnada el fracaso de sus padres y de su infancia:
A los catorce años llegué a la conclusión (recuerdo vívidamente el momento, volviendo en tren al colegio para empezar un nuevo trimestre) de que ser malo era con mucho lo más deseable. Anhelaba vehementemente la maldad, la discusión, la trasgresión. Me propuse ser mala. La bondad no tenía ningún atractivo. Mirad a los malos y a los buenos. ¿Qué queréis ser? No hay ni color. La maldad es especial e intrépida. La maldad era una dolencia que, a diferencia de una cardiopatía congénita, podía alcanzar por mí misma. A mediados de ese trimestre en que me dediqué a fumar, ir fiestas de toda la noche, beber sidra en el bosque, buscarme un novio poco adecuado en el pueblo, y robar éter del laboratorio de química e inhalarlo, me expulsaron. Era lo bastante mayor para no tener que volver al colegio. Sobre el relato de su iniciación al sexo antes de cumplir los quince años llega a decir que Nunca se lo conté a nadie hasta años después. Luego, durante décadas, me referí a ello como la vez “que me violé”.
De cierto modo de ensayo porque reflexiona entre otras cosas sobre el propio cuerpo (Me cuesta mucho creer que hay algo debajo de mi piel. Creo que mi cuerpo es el envoltorio exterior: lo que veo y cubro con mi ropa. No logro convencerme de que hay algo dentro del envoltorio) y manifiesta no creer en Dios (Dios es, en el mejor de los casos, un extra opcional en la explicación de la creación y la continua existencia de la vida, pero está claro que no lo es. Es bastante fácil no creer en Dios; cuesta mucho más dejar de creer en la biología).
Pero uno de los ejes sobre los que gira el libro, y que da título a la novela, es el deseo de –aún viajando- permanecer quieto. Diski, que se define como escritora de libros de viajes, afirma que “este no es un libro de viajes aunque se mencionen en él varios. Es un libro sobre viajar y permanecer quieto, pero fundamentalmente es sobre el deseo de permanecer quieto”. La autora nos dirige a tres escenarios muy distintos: Nueva Zelanda, la campiña inglesa en Somerset y los helados paisajes del Círculo Polar Ártico.
Sobre los viajes, Jenny Diski escribe en las primeras líneas del libro: Puede que sea la última persona con vida que sigue llenándose de estupor cada vez que llega a otro país. En casi todos los sentidos me he adaptado a la modernidad (escribo en un ordenador, envío y recibo e-mails, hasta llevo un móvil cuando salgo, si me acuerdo de cogerlo), pero nunca me he quitado de encima el asombro cada vez que pongo un pie en tierra extranjera.
Sobre los deseos de permanecer quieta escribe en otro lado: Cada célula de mi cuerpo desea permanecer quieta, y lo desea aún más ardientemente ante la sugerencia de cambiar de estado. Imaginad el fervor de millones -¿o son billones?- de esas células que vienen a ser mi persona, cada una negándose con todas sus fuerzas. Uno pensaría que podría mover montañas con semejante deseo. Yo he logrado no subir a ninguna.
También la soledad es para Diski una virtud en el viaje: Si hay un momento perfecto en un viaje para mí es este estar sentada contemplando el cielo en un lugar público, sin conocer a nadie, esperando irme a un lugar que se mueve a través del paisaje llevándome a otro espacio donde podré estar sola y sentarme de nuevo a mirar. Es la esencia de viajar solo, ese momento de expectación poco antes de partir hacia cómo quieres estar. (….) El aire fresco, el paso de las estaciones en la naturaleza o el subidón de adrenalina del centro de la ciudad, por más que no dudo de sus encantos y emociones, cuando recaen sobre mí me hacen encoger deseando que la habitación sea más pequeña, las ventanas tengan las persianas bajadas, el sillón se hunda más, la puerta esté cerrada con llave.
La última parte del libro cuenta un viaje al Círculo Polar Ártico, donde en tres páginas memorables describe la escena de una noche durmiendo en una tienda (lavvu) a menos de treinta grados bajo cero de temperatura y tener que levantarse dos veces para hacer pis: En momentos como ése te das cuenta de que es mucho mejor ser hombre // Entonces entendías perfectamente el verdadero inconveniente de ser mujer (…) Y ahí estaba yo, con el culo al aire el torso al aire, las piernas al aire, la mano al aire y la cara al aire en mitad de un universo helado e infinito. Sólo porque era una mujer con ganas de hacer pipí (…) Mear en el suelo en mitad de la noche en medio de un rebaño de renos en el círculo polar ártico. ¿Quién lo habría dicho?.
Un libro distinto. Un libro para recordar.

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