Pestañas

07 octubre, 2012

Cambio de canal

La Palabra Infinita cambia de canal. Después de varias temporadas en Blogger ahora tendrás que sintonizarla en Wordpress:


Los contenidos serán los mismos: libros, lecturas, escritores y literatura. Si te gustaba la programación, y el cambio de decorado no te importa, espero que me sigas allí también. En cualquier caso, gracias por acompañarme hasta aquí.

25 junio, 2012

Lectura de amor y cólera en Nueva York


Portada de Arnoldo Mondadori Editori
Después de un Gabo enlacé con otro Gabo, así es como llegó el turno de leer «El amor en los tiempos del cólera» en una primera edición de Bruguera (Diciembre, 1985) de su colección Narradores de Hoy que, tengo que confesar, no sé de dónde salió.

"Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados", así comienza la novela que "refiere la epopeya sentimental de un amante repudiado que en el curso de su larga vida, desde el furioso incendio juvenil hasta las brasas crepusculares de la vejez, ha mantenido una infidelidad inquebrantable a la antigua novia". Así, de forma tan dramática, se resume en la solapa interior lo que uno encuentra en este libro de García Márquez. Y si a alguien le mueven a la curiosidad esas lineas lo mejor que puede hacer -yo lo recomiendo- es dejarse conmover por esta historia de amor en los tiempos del cólera. Hay muchas novedades en las librerías pero uno nunca se equivoca si prefiere dejarse seducir por el Nobel colombiano.

Algunas frases que subrayé mientras leía:

- "La miró de frente con los cinco sentidos para fijarla en su memoria como era en aquel instante: parecía un ídolo fluvial, impávida dentro del vestido negro, con los ojos de culebra y la rosa en la oreja".

- "... y tan cerca de ella que percibió las grietas de su respiración y el hálito floral con que había de identificarla por el resto de su vida".

- "Era todavía demasiado joven para saber que la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos...".

- Había una casa abajo, junto al estruendo de las olas desbaratándose contra los cantiles, donde el amor era más intenso porque tenía algo de naufragio".

- "... y sólo entonces descubrió que se le estaba pasando la vida. Lo estremeció un escalofrío de las vísceras que lo dejó sin luz...".

- "Sentía que el tiempo de la vejez no era un torrente horizontal, sino una cisterna desfondada por donde desaguaba la memoria".

P.D.- «El amor en los tiempos del cólera» ha sido mi última lectura en los años que he vivido en Nueva York. Terminé de leer la novela recostado en una farola de la calle 77 -buscando la luz que una noche del mes de junio me robaba-, en la esquina con Columbus Avenue, sorteando inmóvil a los transeúntes del paso de cebra y al lado de la bulliciosa terraza de Isabella's.

04 junio, 2012

Literatura por un dólar

Mientras leo «El amor en los tiempos del cólera», y antes «Los funerales de la Mamá Grande», ambos del colombiano García Márquez, la casualidad o el destino ha querido que aquí en Nueva York vuelva a encontrarme con él. Ha sido en un puesto de naderías y baratijas en el mercadillo de Columbus Avenue y en forma de revista literaria -The Paris Review- que compré por un dólar. Se trata del número 82, que corresponde a la edición de invierno de 1981. Y allí, en la portada, estaban anunciadas las entrevistas con Carlos Fuentes y García Márquez, además de un relato de Cortázar (Feuilletons from A Certain Lucas).

Respecto a la entrevista con García Márquez es curioso pensar que está realizada cuando aún el colombiano no había recibido el Premio Nobel, lo que sucedería al año siguiente, en 1982. Y muy curiosa su respuesta a la primera pregunta del entrevistador sobre cómo se siente frente a la grabadora. La entrevista con Carlos Fuentes, recientemente fallecido, fue realizada en su casa de Princeton, New Jersey.

Tener a García Márquez, Carlos Fuentes y Cortázar juntos en un pequeño volumen, por un dólar, me parece un lujo, y más cuando después he sabido que su precio ahora es $40. Aún así, Internet y la propia revista hacen posible compartir ambas entrevistas. La de García Márquez se puede leer aquí, y la de Carlos Fuentes aquí. No he tenido tiempo de leerlas todavía pero no tardaré en hacerlo. 

              
Página 44
Página 140

P.D.- Creo que este ha debido ser el premio a varios años de ausencia forzada de las ferias del Libro y del Libro Antiguo de Madrid. 

28 mayo, 2012

Sobre «Los funerales de la Mamá Grande»

Relatos publicados en 1962
Transitando esta astenia lectora que me atenaza fui a dar en la librería de casa con un pequeño volumen que no recordaba haber comprado. Una primera edición (febrero, 1980) de «Los funerales de la Mamá Grande», publicado por Editorial Bruguera en su colección Libro amigo, todavía con la etiqueta del precio en una moneda que ya no existe (P.V.P. 150 Ptas.). Pensé que debía leerlo,   primero como una forma de devolverlo a la vida de nuevo y segundo como el mejor homenaje posible (es una frase hecha pero no deja de ser verdad) a su autor -el bueno de Gabo- que este mismo año ha cumplido 85 primaveras. Un hito muy celebrado públicamente pero probablemente olvidado con una rapidez proporcional a la intensidad y emotividad de su celebración. Basta ver aquí a Carmen Balcells, la agente literaria de García Márquez, reconocer que no se imagina su vida sin Gabo.

Pero no fui yo sino Ana (doble homenaje) la primera en leer a esta Mamá Grande recuperada, que su autor dedica extrañamente -al menos para mí- "Al cocodrilo sagrado". Publicado en 1962, «en todos estos cuentos, el inolvidable creador de Cien años de soledad retorna a esa especie de submundo tropical que es Macondo». Esa es la impresión que uno tiene nada más leer la primera línea: «El tren salió del trepidante corredor de rocas bermejas, penetró en las plantaciones de banano, simétricas e interminables, y el aire se hizo húmedo y no se volvió a sentir la brisa del mar». Y a partir de aquí todo es García Márquez, la deliciosa narración de pequeñas historias de una enorme intimidad e intensidad al mismo tiempo, algunas de ellas más atractivas para mí que Los funerales de la Mamá Grande, el cuento que cierra e volumen y da título al conjunto. Por ejemplo la historia de Dámaso y Ana en En este pueblo no hay ladrones, o del constructor de jaulas en La prodigiosa tarde de Baltazar.

Ahora el pequeño librito de Gabo necesita otra vez reposo después de que sus páginas amarillentas se hayan abierto y despegado, quién sabe si por el calor y la humedad de Macondo, la fatiga de sus personajes o simplemente -después de 32 años- por el último roce de sus lectores. Pero también escondía otras sorpresas, dos restos del pasado: un antiguo billete de cartón amarillo de RENFE (El Escorial - Nuevos Ministerios) con fecha 14 NOV 82, y un pedacito de papel cuadriculado escrito en lápiz por mí: «EXTRATERRITORIAL Georges Steiner Ed. Barral». Puedo imaginar el porqué del billete de tren pero mucho menos del papelito que, como he curioseado después, hace referencia a un volumen de ensayos sobre literatura y revolución linguística. Los libros son sin duda esas 'cajas negras' que igual que dan pistas sobre sus lectores ocultan también multitud de secretos.

Algunas frases que subrayé mientras leía:

- «Tenía la serenidad escrupulosa de la gente acostumbrada a la pobreza».

- «Tenía una barba de dos semanas, un cabello corto, duro y parado como las crines de un mulo, y una expresión general de muchacho asustado».

- «Toda la bondad, los extravíos y los padecimientos del pueblo penetraron hasta su corazón cuando tragó la primera bocanada de aquel aire que era una humedad azul llena de gallos».

21 mayo, 2012

La trampa de leer «84, Charing Cross Road»



Igual que es necesario comer para vivir, así necesito yo leer para sentirme vivo. Sin embargo hay ocasiones en que uno, sin saber por qué, pierde un poco el apetito y lo que otras veces gozaba con una buena comida ahora le cuesta incluso sentarse a la mesa. Algo parecido me ha sucedido a mí, que las complicaciones de la vida cotidiana me han tenido apartado de los libros y distraido de la lectura.

Dicho todo lo cual, el último bocado que me llevé a la boca fue la lectura de «84, Charing Cross Road», (traducción de Javier Calzada para Anagrama) la novela de la norteamericana Helene Hanff (1918-1997), que resultó ser un libro con trampa. Aunque recomendado por varios lados, no conocía nada de su argumento ni de su autora, y por eso hablo de trampa entre comillas, porque no sabía las circunstancias de cómo fue escrito ni publicado, algo que sólo al final descubre el lector inadvertido como yo en el Post Scriptum incluido en el texto. Comienza el libro con una breve carta escrita en Nueva York en octubre de 1949, y lo que me pareció un recurso para el inicio se convierte en la estructura de toda la novela (si se puede llamar así), una sucesión de cartas cruzadas durante 20 años entre la autora y varios de los personajes que trabajan en Marks & CO., una librería de Londres donde Helen Hanff encarga los libros que no puede conseguir en otro lugar.

84, Charing Cross Road (Londres)
La relación epistolar tiene como protagonista principal, además de a la autora, a Frank Doel, encargado de Marks & Co., que se desvive por atender las peticiones de Hannf a pesar del tono que emplea en sus cartas, que pasa del respeto a la ironía y a un lenguaje desabrido por su propia espontaneidad, creándose entre ellos una especial complicidad. A lo largo de tantos años, entre ambos y algunos otros empleados de la librería se crean unos lazos de amistad forjados en la distancia a través del amor por los libros y por el deseo de que Helene Hanff viaje finalmente a Londres.

No diré que quedé decepcionado al saber que el libro es el resultado de una historia y una correspondencia real, pero como siempre ocurre cuando alguien pone demasiadas expectativas en algo es fácil sentirse defraudado. Creo que eso fue lo que me sucedió con la lectura de «84, Charing Cross Road». Así supe después que fue el libro que dió a conocer a su autora y que tuvo su versión cinematográfica en 1987 -al decir de algunos una de esas películas que supera al libro en el que se basa- protagonizada por Anthony Hopkins en el papel de Frank Doel y Anne Bancroft como Helene Hanff (en español titulada La carta final) y que fue llevada también al teatro, en el caso de España por Isabel Coixet hace algunos años.



La propia Helene Hanff no escapa a la sorpresa: "He pasado veinte años escribiendo piezas teatrales que nadie ha querido producir nunca, y he aquí que, en el momento en que estoy a punto de retirarme, alguien crea de pronto un espectáculo a partir de una correspondencia que inicié hace ahora treinta años". 

A la salida del estreno de la película en 1987, un periodista de la revista Newsweek declaró: "84, Charing Cross Road es uno de esos libros de culto que los amigos se prestan unos a otros y que transforman a sus lectores en otros tantos miembros de una misma sociedad secreta".

P.D.- Mis últimas lecturas han sido de obras publicadas por Anagrama en su colección Panorama de narrativas, pero he de decir en mi descargo que toda relación con la editorial es pura coincidencia. 

23 abril, 2012

«El verano sin hombres», de Siri Hustvedt

Reconozco que no me siento con el ánimo suficiente para hacer un comentario sobre «El verano sin hombres» (Anagrama, 2011), pero tampoco quería faltar a la cita del blog y dejar testimonio de que esta ha sido mi última lectura, la novela de la guapísima autora norteamericana Siri Hustvedt (Minnesota, 1955), esposa de Paul Auster. Creo que lo mejor que podéis hacer es leer el libro si algo os llama la atención. Sólo dejo algunas de las frases que subrayé mientras leía:

- «A diferencia de los jóvenes que vislumbran el fin de sus días de una manera remota y filosófica, aquellas mujeres sabían que la muerte no era una abstracción».

- «Al menos mis ruinas habían sido parcialmente reconstruidas y ya no gemía delante de ella».

- «No se puede vivir sin asentarse sobre tierra firme, sin sentir un espacio que no sólo es externo sino también interno: un espacio mental».

- «Envejecer no está mal. El único problema es que se te va cayendo el cuerpo a pedazos».

- «No sólo somos receptores del mundo que nos rodea, también somos sus activos creadores.

- «... en Nueva York, donde los nudistas, los locos y los estrafalarios se mezclan sin problemas con la gente normal...»

- «Todos nos estamos muriendo, uno a uno. Olemos a mortalidad y no podemos desprendernos de ese aroma».

P.D.- Por supuesto, feliz Día del Libro para todos.

16 abril, 2012

«Azul» mediterráneo


Gino Rossi, Marina - Douarnenez
No sé bien por qué -probablemente porque me gustó-, pero recuerdo con especial cariño la lectura de «Azul», la novela de la escritora catalana  Rosa Regás que obtuvo el premio Nadal en 1994 y que leí aquel mismo año en el Cok Hotel de Amsterdam. El propio título evoca ya el Mediterráneo, el color, el paisaje y el mar que impregna toda la novela. Traigo aquí también por su belleza la pintura del italiano Gino Rossi (1884 - 1947) que sirvió para ilustrar la portada del libro editado por Destino (colección Áncora y Delfín). Así empieza la novela:

    «La isla no tenía ningún atractivo especial como no fuera la gran mole de piedra roja que acumulaba el sol desde el amanecer. Por el este se abatía en picado sobre el puerto y por el oeste descendía menos abruptamente hasta formar un valle pedregoso y árido. Desde lejos se destacaba altiva como un vigía, como un faro natural amparando las breves laderas cubiertas de matorral reseco y espinoso.

    La mayor parte de la superficie y del litoral era tan rocosa que al cabo de los años, cuando ya no quedara rincón alguno del Mediterráneo sin explorar, sólo una pequeña playa de marga habría de salvar a sus escasos y derrotados habitantes del ostracismo turístico. Sin embargo era de difícil acceso porque no podía llegarse a ella más que por un estrecho camino que trepaba entre ruinas desde el muelle sur, descendía de nuevo y se borraba a veces, o burlaba al caminante y le llevaba por veredas sin retorno entre construcciones medio derruidas, sin techo, de ojos vacíos y suelos rellenos de cascotes, de cuyas ocultas entrañas brotaba a veces, solitaria y torturada, una higuera. Al retomar el camino, o lo que el desuso había dejado de él, ya podía verse a lo lejos el agua clara y los bajos fondos plagados de erizos, pero antes de llegar se desparramaba sin remedio por un terreno de marismas y una breve playa tosca, de arena roja y ardiente donde nacían yerbajos y matojos y se amontonaban los detritus.

    Exceptuando el puerto era la única salida al mar. En el resto de la costa no había más que rocas que se precipitaban en riscos sobre el agua, paredes de escollos donde batían sin descanso las olas aún con el mar en calma, tan verticales que al filo de mediodía el perímetro completo de la costa quedaba rodeado de un exiguo cinturón de sombra, un relieve sobre el azul opaco, aplastado por la luz, que luchaba por mantener una ínfima zona de frescor frente a la mole rocosa».

09 abril, 2012

«Nadie me verá llorar», de Cristina Rivera Garza



Nunca hubiera leído «Nadie me verá llorar» (Tusquets editores, Colección Andanzas, 2004) si antes no me hubiera encontrado -es un decir- con Cristina Rivera Garza, su autora, en las redes sociales, primero en Twitter (@criveragarza) y después en su blog. De ahí pasé a leer los artículos de su columna semanal en el periódico mexicano Milenio. Supe entonces que es una escritora mexicana, que tiene mi edad (bueno, es cierto, algo más jóven) y que es doctora en Historia. Si elegí esta novela, escrita en 1999, para conocer su narrativa fue quizá por un título con tanta fuerza. En cualquier caso creo estar en deuda con Twitter por haberme presentado a su autora.

Leída en los días de Semana Santa, entre Nueva York y Chicago -prácticamente entre el avión y el hotel-, de «Nadie me verá llorar» me quedo con el tormento de amor de la loca Matilda Burgos, interna en el maniconio de La Castañeda, en el México de principios del siglo XX. Una historia que Rivera Garza recrea libremente sobre la existencia real de una interna y sobre el ambiente del México en los albores de la post-revolución que ella misma analizó en su tesis de doctorado en historia latinoamericana. «Ahí, frente a él, sentada sobre el banquillo de los locos, vistiendo un uniforme azul, la mujer que debería haber estado inmóvil y asustada, con los ojos perdidos y una hilerilla de baba cayendo por la comisura de los labios, se comportaba en cambio con la socarronería y altivez de una señorita de alcurnia posando para su primera tarjeta de visita». Es también una novela sobre el desencanto. Uno de los personajes dice: «El  desencanto está en boga. Mencionarlo es un rasgo de inteligencia, el  sello de un espíritu refinado».

C. Rivera Garza (Matamoros, 1964)
Pero además de dejarme arrastrar por la historia de Matilda y el fotógrafo Joaquín Buitrago pensaba dónde Cristina Rivera Garza podía encontrar las palabras para evocar ciertos sentimientos: «El sonido invadió su cabeza todo el día y toda la noche. No era el monótono zumbido de una abeja, sino el estrépito de un vaso de cristal rompiéndose en la sangre». Y es que además de novela y relatos ha escrito también poesía. Se puede leer en la novela: «La luz, desde lejos, se confunde con el paso de una luciérnaga extraviada en el corazón del invierno. [...] Las palabras se habían vuelto vocablos sin razón, sonidos que, una vez articulados, se confundían con el aire. [...] ¿Quién no ha soñado frente a una taza de porcelana tatuada con las huellas del lápiz labial de una mujer?». 

Sí, es una lectura que requiere volver sobre las palabras y releer en ocasiones pero que por eso mismo se saborea mejor y no deja indiferente. Después de todo, me alegro mucho de poder tachar a Cristina Rivera Garza de mi Lista de Autores Desconocidos. ¿Por qué -me pregunto ahora- he tardado tanto en saber sobre ella? Pero también me pregunto por qué es necesario ilustrar la portada de la novela de un escritora mexicana con una pintura de otra artista mexicana: Frida Kahlo.

P.D.- Precisamente ahora que regreso a Madrid comienzo a leer a una escritora que vive en Brooklyn, Nueva York: Siri Hustvedt.

02 abril, 2012

«Claraboya», la primera-última novela de Saramago


Otra vez un avión ha servido como la mejor sala de lectura posible para leer, en esta ocasión, la primera y a la vez novela póstuma de José Saramago. Escrita hace 50 años, el después Premio Nobel de Literatura envió el manuscrito de «Claraboya» cuando tenía 31 años. Nunca recibió contestación hasta que en 1999 la editorial encontró el manuscrito: "Para la editorial sería un honor publicar el manuscrito encontrado en una mudanza de las instalaciones", pero Saramago no permitió su publicación mientras él viviera.

Quise leer «Claraboya» (Alfaguara, 2011) -"libro escrito en las horas nocturnas tras jornadas de trabajo en empleos que no eran fáciles"- porque nunca había leído a Saramago (otro escritor en la Lista de Autores Desconocidos) y porque me pareció un fantástica oportunidad comenzar precisamente por su primera novela de juventud, escrita cuando su nombre no significaba nada e intentaba dar sus primeros pasos como escritor.

El resultado me ha parecido inmejorable y me ha hecho pensar precisamente en las razones de la editorial para no publicarlo y, aún más, en la madurez, por algunos de los temas que aborda, de aquel joven de treinta años. "Claraboya es una novela de personajes -dice Pilar del Río, su viuda, en el prólogo-. Se sitúa en Lisboa, en los años cuarenta, cuando la Segunda Guerra ha terminado, no la dictadura salazarista, que aparece como una sombra o un silencio que todo lo envuelve", aunque no es en absoluto una novela política.

Sin duda es una novela de personajes, los vecinos de una misma casa, a quienes podemos observar a través del microscopio de su mirada y conocer sus deseos y miserias. No en balde Saramago hace toda una declaración de intenciones cuando comienza la novela -que dedica a la memoria de su abuelo- con una cita de Raul Brandâo:

«En toda las almas, como en todas las casas, además de fachada, hay un interior escondido».

Recordaré ese vuelo y recordaré esta novela con un buen sabor de boca, el que deja la buena literatura y la pasión por escribir de un escritor novel que llegaría a ser, con el paso de los años, premio Nobel.



Algunas frases que subrayé mientras leía:

- «El viejo reloj de la sala, que Justina heredó a la muerte de los padres, tocó nueve campanadas gangosas, tras un trajín de maquinaria cansada».

- «Luchaban, sin desfallecimiento, uno y otro, el sonido contra la obstinación de la desesperanza y la certeza de la muerte, el silencio contra el desdén de la eternidad».

- «El tiempo se deslizaba, incesante, con ese rumor sedoso que tiene la arena que cae de una esfera».

- «Lo que cada uno de nosotros tenga que ser en la vida, no lo será por las palabras que oye ni por los consejos que admite. Tendremos que recibir en la propia carne la cicatriz que nos transforma en verdaderos hombres».

- «¿Para esto vivimos? ¿Para hacer hijos y lanzarlos a la batalla? ¿Para construir ciudades y arrasarlas? ¿Para desear la paz y tener la guerra?»

P.D.- En el avión -además de Claraboya- también viajaron conmigo las novelas de otras dos mujeres: «Nadie me verá llorar», de Cristina Rivera Garza, y «El verano sin hombres», de Siri Hustvedt.

26 marzo, 2012

Una chica frágil «En el café de la juventud perdida», de Patrick Modiano




Escribo en esta tarde de domingo con la tristeza de saber que ha muerto  en Lisboa Antonio Tabucchi, del que hablaba -sin saber de su enfermedad- en la entrada anterior de este mismo cuaderno digital. Me queda la tristeza de su pérdida pero también sus novelas y, en especial, ese libro con encanto que fue para mí «Sostiene Pereira», en un momento y un lugar muy señalados.

Aquel era un libro amarillo de Anagrama, igual que este cuya lectura termino esta semana, «En el café de la juventud perdida», del francés Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945), publicada en España en 2007. Curiosamente ambas novelas tienen a dos ciudades por escenario, jugando un papel como de esos actores secundarios sin los cuales la película nunca sería la misma. En el caso de Tabucchi era Lisboa, la ciudad donde precisamente ha dejado de latir su corazón y, en el caso de Modiano, París, con las calles de las zonas neutras, como dice uno de los personajes: «Las zonas neutras tienen, al menos, esta ventaja: no son sino un punto de partida y, antes o después, nos vamos de ellas». 

Después de leer «En el café de la juventud perdida» -cuyo descubrimiento y recomendación debo a @karostra- Patrick Modiano es, por lo tanto, otro de los escritores a quien debo tachar de la Lista de Autores Desconocidos. Es una novela corta cuyo cierre, por lo sorprendente, me ha hecho pensar en un cuento largo cuyo título no engaña. Nos habla Modiano del café parisino donde se reunen -en la década de los 60- varios jóvenes de entre 19 y 25 años: «En Le Condé nunca nos hacíamos unos a otros preguntas acerca de nuestros orígenes. Éramos demasiado jóvenes, no teníamos pasado alguno que desvelar, vivíamos en el presente. [...] Le Condé era para mí un refugio contra todo lo que preveía que traería la grisura de la vida».

«En esa vida que, a veces, nos parece como un gran solar sin postes indicadores, en medio de todas las líneas de fuga y de los horizontes perdidos, nos gustaría dar con puntos de referencia, hacer algo así como un catastro para no tener ya esa impresión de navegar a la aventura. Y entonces creamos vínculos, intentamos que sean más estables los encuentros azarosos».

Patrick Modiano
En el centro de la escena está Louki, una joven frágil y en contínua búsqueda de la que Modiano apenas ofrece alguna descripción («con el busto erguido, ademanes lentos y armoniosos y sonrisa casi imperceptible, aguantaba estupendamente el alcohol»), sino que nos dice únicamente que era diferente de los demás. Es ella misma quien nos da algunas pistas reveladoras: «Noté esa sensación de angustia que se apoderaba de mí, muchas veces, de noche, y que era aún más fuerte que el miedo, esa sensación de que en adelante sólo iba a poder contar conmigo misma, sin recurrir a nadie [...] No era de verdad yo misma más que mientras escapaba. No tengo más recuerdos buenos que los de huida o evasión». Otro personaje nos dice además que «Quería evadirse, huir cada vez más lejos, romper bruscamente con la vida vulgar para respirar el aire libre».

Me ha gustado la forma en que Modiano construye el relato, incluyendo retazos de misterio y dando voz a cada uno de los personajes principales en diferentes capítulos de forma que vamos atando cabos sobre Jacqueline Delanque, aquella chica que todos conocen como Louki. Una pequeña novela para leer con calma, sin prisa, para saborear la escritura de Modiano y volver a sentir la incertidumbre de ser joven.

«A mitad de la verdadera vida,
nos rodeaba una adusta melancolía,
que expresaron tantas palabras burlonas y tristes,
en el café de la juventud perdida» 
GUY DEBORD

P.D.- Esta semana he tomado la decisión -libre y responsable- de incluir en mi Lista de Autores Desconocidos a dos escritores noveles y, por tanto, doblemente desconocidos: Gonzalo Garrido, que publicará en las próximas semanas «Las flores de Baudelaire» (Editorial Alrevés), y Pablo Cerezal, con «Los cuadernos del Hafa» (Ediciones Carena), su primera novela también. Leeré y contaré.

21 marzo, 2012

La aventura de «El barón rampante», de Italo Calvino



Hace mucho que Italo Calvino (nacido en Cuba en 1923 y fallecido en Siena en 1985) figuraba en mi Lista de Autores Desconocidos, esa que está compuesta por todos aquellos escritores que uno cree que debería haber leído hace tiempo pero que no ha leído todavía. Calvino era uno de ellos porque además de que la fama literaria le precede, sentía curiosidad por acercarme a otro de los autores italianos que, no sé exactamente por qué, siento tan cercanos. Empezando por los maravillosos relatos de Alberto Moravia y siguiendo por las novelas de Umberto Eco, Antonio Tabucchi  o  Melania G. Mazzuco, mientras que otro imprescindible -Cesare Pavese- continúa aún por descubrir.

Por tanto, leer «El barón rampante» (Ediciones Siruela, 2011; traducción de Esther Benítez) me ha permitido tachar a Italo Calvino de esa lista pero, mucho más, disfrutar de una deliciosa novela. Es un clásico del autor –publicada por primera vez en 1957- que algunos han calificado como novela de juventud, ideal para ser leída en la adolescencia, probablemente por el argumento y la edad del protagonista: «Cuando tenía doce años, Cosimo Piovasco, barón de Rondò, en un gesto de rebelión contra la tiranía familiar, se encaramó a una encina del jardín de la casa paterna […] y anunció su propósito de no bajar nunca de los árboles». Efectivamente esa es la trama, que transcurre entre finales del siglo XVIII y principios del XIX. Dicho todo lo cual, lo que pudiera parecer un cuento infantil no lo es en absoluto y nadie debería considerar su edad para decidirse a leer El barón rampante. Como el propio autor nos cuenta, es «un libro que rehuye cualquier definición precisa, tal y como el protagonista salta de una rama de acebo a la de un algarrobo y resulta más inaprensible que un animal selvático».

Italo Calvino nos cuenta las peripecias de Cosimo en la voz de su hermano menor, a través del cual conocemos su determinación y, sobre todo, su forma de observar el  mundo desde su atalaya de olivos, nogales, fresnos, plátanos, castaños, acebos, melocotoneros, almendros, cerezos o higueras. «Era el mundo lo que ya era distinto para él, hecho de estrechos y curvados puentes en el vacío, de nudos, escamas o arrugas que hacen rugosas las cortezas, de luces cuyo verde varía según el toldo de hojas más abundantes o más ralas, temblorosas a la primera sacudida del aire en sus pedúnculos, o movidas como velas cuando se curva el árbol»

Italo Calvino
Dice el propio Calvino que El barón rampante es «una aventura escrita como juego, pero a veces el juego parece complicarse, transformarse en algo distinto». Yo me alegro de haber leído sin duda algo distinto y de haber llegado finalmente a Calvino, a quien espero frecuentar ahora que sé que Ediciones Siruela ha editado las obras del escritor italiano en su propia Biblioteca Calvino.

P.D.- Y de Calvino a Modiano, otro de esos autores europeos a los que también, por fin, tacharé de la lista. Los dos son libros que compré en Librería Benedetti

12 marzo, 2012

«Sunset Park», la herida que no sana



Empiezo sin más rodeos por concluir que «Sunset Park» (Faber and Faber, 2010), de Paul Auster, es una buena novela, aunque creo  haber leído que no de las mejores del autor que vive en Brooklyn. Como todo es relativo lo mejor es comprobarlo por uno mismo. Auster pone en el centro a Miles Heller, un joven de veintiocho años atormentado por un hecho fatal ocurrido en su adolescencia, rodeado por sus padres y sus nuevas parejas con quien no se habla hace años; por su novia Pilar a quien conoce en Florida, y por los tres amigos con quienes ocupa la casa abandonada de Sunset Park. Con estos mimbres, y a través de los ojos de todos ellos, reconstruye Auster la historia de Miles -marcado por una herida interior que probablemente no sanará, que siente el dolor pero no lo dice a nadie, como nos cuenta el autor- en un momento agravado por la crisis, es el año 2008, cuando la vida de muchos jovenes no está tocada precisamente por la esperanza.

Leo «Sunset Park» en la lengua original en que está escrita, sabiendo que pierdo matices por el camino mientras gano también otros, y con la satisfacción de reconocer las mismas palabras y los mismos trazos que el escritor engendra en su cabeza y plasma después en el papel. Ahora que Paul Auster ha paseado recientemente por España su imagen de galán de cine para presentar su última novela -Diario de invierno-, leer su obra en inglés parece que te acerca incluso más a él. Cuando describe a Miles en palabras de uno de sus amigos, parece resonar con más fuerza su acento americano: «As far back as he can remember, Miles seemed different from everyone else, to possess some magnetic, animal force that changed the atmosphere whenever he walked into a room».

Sunset Park, Brooklyn (New York)
Esa es otra de las cosas que me gustan de Auster, el don recibido -o el talento tan bien trabajado- para describir a sus personajes y hacerlos no solo de carne y hueso sino tan cercanos en su forma de ser y comportarse que llegamos a conocerlos y quererlos. Curiosamente Auster habla de uno de los personajes, escritor como él, para hacernos ver en qué consiste su vida: «His whole life has been spent putting words and sentences together, paragraphs together, books together». Por eso volveré a Auster. Sin prisa, saboreando cada una de sus novelas, conservando como conservo pasajes y destellos literarios que me han cautivado de este escritor de 65 años recién cumplidos.
 

05 marzo, 2012

Con libros o sin ellos



"A veces me gustaría que los libros fueran como cassettes"
Raro es el día en que no leemos o escuchamos algo sobre ese tira y afloja que se traen el libro tradicional y el libro electrónico, sobre quién logrará llevarse el gato al agua, sobre qué modelo han de seguir los editores y los libreros para no perder comba, sobre qué precio debe de tener este último si ya no está hecho de papel ni tiene tapas, sobre si los lectores prefieren el olor del papel o las manchas de la tinta electrónica, en fin, sobre qué será de eso que hasta ahora conveníamos en llamar libro, y sobre lo que a nadie se le ocurría cuestionar su naturaleza.

Al fin y al cabo el libro, de papel o electrónico, está en el centro de toda este torbellino cuando realmente es lo único que separa -o bien lo que une- al autor y su lector. Estamos hablando, obviamente, del libo como objeto, pero no de la obra en sí misma, el relato o la historia -en el caso de la ficción- que ha salido de la cabeza de su autor. El escritor podría leer su obra en un teatro en voz alta, como un compositor interpreta su música en un escenario para que sea escuchada. ¿Cómo iba a esperar un Mozart o un Beethoven que su música sería escuchada algunos cientos de años después fuera de las salas de concierto, primero en un gramófono, después en un tocadiscos y en una cassette, más tarde en un compact-disc, luego en un reproductor mp3, en un ordenador y, finalmente, con unos auriculares conectados con cables o sin ellos a nuestro teléfono móvil? 

El reproductor está en nuestro cerebro
Imprenta de Gutemberg
Esta carrera desenfrenada en la evolución de los reproductores musicales ha sido sin embargo especialmente lenta, contada en varios siglos, en el caso de los reproductores de la palabra, básicamente uno solo -el libro con mayúsculas- gracias al increíble ingenio de Gutemberg. Es verdad que los copistas medievales ya componían libros preciosos, pero fue al alemán a quien se le ocurrió la forma de multiplicar casi hasta el infinito la obra escrita de un autor. Pero si me apuran más, incluso con la enorme ventaja que supuso la invención de la imprenta de tipos móviles, una diferencia fundamental con la música es que en el caso de la literatura, por ejemplo, -y sea cual sea el soporte físico- el reproductor está en nuestro cerebro para convertir letras y palabras -electrónicas o impresas en papel- en las imágenes, sentimientos y sensaciones que el escritor ha querido sugerir. 

Intentar adivinar el futuro del libro es complicado; nadie tiene la bola de cristal para saber cómo será o en qué tipo de soporte se convertirá en pocos o muchos años, pero de lo que no hay duda es de que seguirá habiendo gente con ganas de contar historias y mucha más gente con ganas de leerlas. Con libros o sin ellos siempre nos quedarán autores y lectores. Mientras llegue ese momento sigamos leyendo.

P.D.- «A veces me gustaría que los libros fueran como cassettes. Cartuchos que uno pudiera insertarse directamente al cráneo. No estoy hablando de audiolibros ni de evitar la lectura. Hablo de que ya habiendo leído el libro, poder cualquier jodido día, rememorar la sensación que el libro te dejó al terminarlo, pero en el tiempo que dura una canción». Es lo que dice Pierre, el autor de la ilustración que acompaña esta entrada, en su blog hueso hueso.

20 febrero, 2012

La esperanza oculta en «Daisy Sisters»



Me siento a escribir cuando no ha pasado media hora desde que he terminado de leer «Daisy Sisters» (Tusquets, 2011), de Henning Mankell, en este domingo soleado de febrero. En ese preciso momento en el que al pasar la última página uno queda noqueado -al menos así me siento yo ahora- queriendo saber cómo continuará la vida de Eivor, esa joven sueca que has conocido desde su nacimiento y que abandonas cuando ya tiene cuarenta años y tres hijos y de nuevo quiere volver a empezar, cuando comprende realmente que sólo podemos «morir después de un esfuerzo que haya tenido sentido».

Quise leer Daisy Sisters para aproximarme de una forma diferente a un escritor popular en todo el mundo por sus novelas policiacas del inspector Kurt Wallander, de las que yo no había leído ninguna. Y ahora, cuando cierro el libro, pienso que fue una decisión acertada aunque me sienta de alguna forma abandonado por el personaje de Eivor después del maratón de lectura de este fin de semana que me ha hecho meterme en la novela como no lo había conseguido hasta la mitad de sus páginas cuando sólo había podido leer a salto de mata vencido por el sueño cada noche. 

Por eso la lectura ha tenido dos partes bien diferenciadas: un arranque interesante pero intermitente al que siguió cierto rechazo por la forma en que escribe Mankell, desde una tercera persona fría y distante, como una sucesión de fotogramas exhibidos con aparente desinterés que van dando cuenta de la vida de Elna -una de las dos amigas adolescentes, las Daisy Sisters, que en 1941 quieren ver la guerra desde la frontera noruega- y, sobre todo, de su hija Eivor. En un segundo momento, ya inmerso de lleno en la lectura y por lo tanto más familiarizado con la narrativa de Mankell, vemos crecer a Eivor tropezando donde lo hizo su madre, su lucha por sobrevivir y soñar a pesar de los hombres que aparecen en su vida y sus reiterados fracasos. Una y otra vez se levanta reconociendo que «es imposible ir hacia atrás en el tiempo pensando que podemos recoger algo que hemos dejado olvidado», y buscando sin saberlo la felicidad, esa palabra que «siempre está flotando alrededor, fugaz como una pluma».

Henning Mankell ha querido si duda enviar un mensaje de esperanza a través de esta novela que nos habla de la amargura de la vida. Y consigue que, a través de la literatura, le creamos.

13 febrero, 2012

La teoría del descubrimiento lineal


Todos tenemos un escaner lector.
Plantarse delante de un cuadro en una galería de arte o en un museo significa descubrir la pintura en su totalidad de un solo vistazo. Después, inmediatamente -haciendo un barrido minucioso sobre la superficie con el escaner personal que todos llevamos dentro-, la mirada se detendrá en los detalles, en algún objeto concreto, en las tonalidades del color, la perspectiva, el efecto de la luz o en el rostro de algún personaje retratado. Así, tratamos de descifrar algunos significados, interpretar de la mejor forma posible lo que vemos hasta que nuestro cerebro se forma una idea precisa de lo que hemos visto. Entonces somos capaces de emitir un juicio: nos gusta o nos gusta; nos dice algo o no nos dice nada; nos emociona o nos defrauda; nos enamora o nos deja indiferentes.

Un buen comienzo
Este proceso -con más o menos matices- se repite en la pintura y en la fotografía, pero no así en la literatura -ni tampoco en el cine-, donde el descubrimiento de la obra no es inmediato, a primera vista, sino lineal. En este caso, y a donde quiero llegar, es que un buen comienzo resulta por lo tanto esencial. Puede ser una frase, un párrafo o la primera página, pero sin duda ayudará a que nos quedemos plantados delante del libro hasta que ese escaner maravilloso que tenemos en el cerebro que nos permite leer, imaginar e interpretar lo que no podemos ver nos permita descubrir la belleza que contiene el libro en su totalidad.

Siempre que pienso en estas cosas, que tampoco es todos los días ni a todas horas, recuerdo con verdadero asombro el comienzo de la novela de un escritor español de renombre que leí hace ya quince años. Así comienza el relato:

Se abrió la blusa...
«No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados. Cuando se oyó la detonación, unos cinco minutos después de que la niña hubiera abandonado la mesa, el padre no se levantó en seguida, sino que se quedó durante algunos segundos paralizado con la boca llena, sin atreverse a masticar ni a tragar ni menos aún a devolver el bocado al plato; y cuando por fin se alzó y corrió hacia el cuarto de baño, los que lo siguieron vieron cómo mientras descubría el cuerpo ensangrentado de su hija y se echaba las manos a la cabeza iba pasando el bocado de carne de un lado a otro de la boca, sin saber todavía qué hacer con él».

Ya sé que es un principio trágico y que puede resultar desagradable para alguien pero ¿de verdad que no dan ganas de continuar leyendo y descubrir qué sucedió después, qué hizó ese padre y por qué su hija se quitó la vida, o qué nos quiere hacer ver el autor?

P.D.- Pensaba haber dicho quién es el escritor pero prefiero no hacerlo por si alguno lo habéis leído y lo queréis compartir o por si, no habiéndolo leído, os atrevéis a sugerir un nombre. Después de elucubrar sobre la teoría del 'descubrimiento lineal', y ya que has llegado hasta aquí, estoy dispuesto a regalar la novela a quien lo descubra y lo comente.

06 febrero, 2012

A vueltas con la literatura y la calidad


Esta semana pasada -mientras avanzo a trancas y barrancas en la lectura del libro que me ocupa- he podido leer tres textos de distinta procedencia que, aunque desde ángulos distintos también, hablaban de literatura y calidad literaria. Se trata de una entrada (Alma, literatura y un lucio) de Bárbara, autora del blog Dame una tregua; del filósofo y escritor Fernando Savater, en su artículo publicado en El País (Defectos especiales), y de una columna de la escritora mexicana Cristina Rivera Garza (Contra la calidad literaria) en el periódico mexicano Milenio. Merece la pena leer los textos completos con atención pero me pareció interesante dejar aquí para vosotros un esbozo de lo que contienen.

Cierta forma de escritura en papel
Para empezar, un asunto interesante ese de tratar de definir lo que es literatura, como reconoce Bárbara: «La verdad es que esto de la literatura, sobre todo la que lleva MAYÚSCULAS, es un asunto espinoso, más espinoso que un lucio, y que deja así como un poco boquiabierto también». Sin embargo, Cristina Rivera Garza no tiene ninguna duda y aborda la cuestión desde una visión más crítica cuando afirma que la literatura «no es un sinónimo de buena escritura o de escritura de calidad. La literatura es el nombre que se la ha dado a una cierta forma de escritura que se publicó en papel, usualmente en la forma de libros, y que se constituyó en elemento hegemónico para la formación de cánones a lo largo del periodo moderno».

Savater no entra directamente a definir la literatura en su artículo pero nos dice algo muy interesante que también tiene que ver con los cánones de lo literario. En literatura, afirma, como ocurre también en otros muchos campos, «se hace admirar lo que cumple las pautas y se hace amar lo que las desafía». Lo explica de una forma maravillosa al inicio de su artículo: «¿Cuál es la diferencia entre un rostro bello y uno realmente atractivo? Pues que el bello omite los defectos y el atractivo los tiene, pero irresistibles. La perfección que respeta todas las normas clásicas merece el encomio gélido del museo, pero cuando la imperfección acierta nos la queremos llevar a casa y vivir con ella y para ella». Algo, la calidad, que Rivera Garza, autora de libros como Verde Shanghai, deja en las manos responsables del lector: «La calidad, definida como el conjunto de propiedades que permiten juzgar el valor de algo, no es, por otra parte, inherente al texto. No hay nada, de hecho, inherente al texto. No hay nada que venga del texto sin que esto haya sido invocado por el lector. Mejor dicho: lo único inherente al texto es su cualidad alterada».

Insignes kilos de sesos
En términos de calidad Fernando Savater, recordando el caso de Tolkien y otros como Graham Greene,-y para poner de manifiesto que para algunos ser un escritor popular es lo contrario a ser un buen escritor-, dice irónicamente que «¡Cuándo sus libros gustan a tantos algo debe ser de baja calidad, por lo menos la prosa!». Por eso cree que la concesión del Nobel es una anécdota que no debe magnificarse. «Quienes lo han ganado sin duda lo merecían, aunque otros tampoco hubiesen desentonado en su palmarés: Tolstoi, Proust, Joyce, Kafka, Baroja, Borges... Cada uno con su prosa y sus defectos especiales, que les censuran los académicos y tanto les agradecemos los lectores». Bárbara también tiene su propia opinión sobre los académicos, a quienes dedica un bonito calificativo: «Que la literatura es alma al fin y al cabo y que probablemente haya más verdad en un trocito de alma volátil e invisible que en varios tomos de historia de la literatura pergeñados por insignes kilos de sesos».

Cristina Rivera Garza
Rivera Garza introduce finalmente una variable muy interesante al hablar de lo literario -la tecnología- tan en boga en estos tiempos revueltos en  el mundo editorial: «¿Por qué habría de pedírsele a todo texto que parezca como si hubiera sido escrito con la tecnología y los estándares de conducta de sus congéneres del XIX? Pues porque una pequeña elite temerosa de perder los cotos de poder que refrenda su estética lo sigue argumentado aquí y allá en la plaza pública. Por mi parte, estoy convencida de que todo mundo tiene derecho a seguir escribiendo su versión propia del texto del XIX, ciertamente. Lo que esos neoconservadores no pueden hacer ya es esgrimir una noción de lo literario, que es histórica y contingente, como si se tratara de un estándar natural o intrínseco a toda forma de escritura. Seguiré siendo una admiradora de Dostoievsky hasta el último de mis días y, con seguridad, parte de mi trabajo seguirá produciéndose en papel, pero de la misma manera me entusiasman, y mucho, las posibilidades de acción que traen al oficio de escribir las transformaciones tecnológicas de hoy». 

P.D.- Ahora todos a leer, todos a disfrutar de un libro, todos a regodearnos con la literatura, con cualquier clase de literatura... ¡No hay literatura sin lectores!

30 enero, 2012

«La metamorfosis» de Borges, digo de Kafka...



Editorial Losada, 1967 (sexta edición)
El equívoco del título -imperdonable- se debe únicamente a que he leído una edición del relato del autor checo prologada por el argentino Jorge Luis Borges. Se trata de un pequeño librito que rondaba por casa -una edición de la Editorial Losada, de Buenos Aires, (Biblioteca Clásica y Contemporánea) de 1967 (sexta edición)- y que no sé decir de dónde ha salido. El papel tiene ya ese tono amarillento y el olor característico de los libros de hace más de 40 años. Pues bien, he leído «La metarmofosis» ahora, digamos ya en la madurez, cuando probablemente debiera haber sido una lectura de juventud. Tendré que apelar al "nunca es tarde..." para evitar cualquier lamento y afirmar que mereció la pena no sólo por conocer finalmente esta «terrible fábula de la incomunicación humana», sino algunas de las circunstancias del relato y de su autor.
 
Argumento y ambiente
La obra fue escrita en 1915 por Franz Kafka, nacido en el barrio judío de la ciudad de Praga en 1883. Borges afirma que «era enfermizo y hosco: íntimamente no dejó nunca de menospreciarlo su padre y hasta 1922 lo tiranizó. [...] De su juventud sabemos dos cosas: un amor contrariado y el gusto de las novelas de viajes». Kafka murió en 1924 en un sanatorio cerca de Viena. «Desoyendo la prohibición expresa del muerto -continúa Borges-, su amigo y albacea Max Brod publicó sus múltiples manuscritos. A esa desobediencia feliz debemos el conocimiento cabal de una de las obras más singulares de nuestro siglo». Quizá, casi cien años después de ser escrita, esa singularidad sea menor. Quiero pensar que el efecto que tuvo a principios del siglo XX el relato del bueno de Gregorio Samsa convertido en un «monstruoso insecto» sería muy distinto del que podría tener hoy, acostumbrados como estamos al absurdo en cualquiera de las disciplinas artísticas. Y aunque he podido leer numerosos enfoques sobre el posible significado de este sórdido relato, me quedo con la observación que propone el propio Borges: «El argumento y el ambiente son lo esencial: no las evoluciones de la fábula ni la penetración psicológica». Según el argentino «dos ideas -mejor dicho, dos obsesiones- rigen la obra de Franz Kafka. La subordinación es la primera de las dos; el infinito, la segunda». Algo sin duda más fácil de entender es a lo que nos referimos cuando hablamos de una «situación kafkiana», sobre todo después de leer el relato y explicar Borges que «la más indiscutible virtud de Kafka es la invención de situaciones intolerables».

Pero otro de los descubrimientos, aparte de la propia lectura, tiene que ver con la discusión sobre  la autoría de la primera traducción al español de «La metamorfosis». Al parecer atribuida al propio Borges, otros estudiosos confirman que fue traducida por primera vez al castellano en 1925 -adelantándose a las primeras traducciones inglesas y francesas de Kafka- posiblemente por Margarita Nelken para Revista de Occidente

Y como siempre, lo mejor, recomendar leer «La metamorfosis» si alguien no lo ha hecho todavía para conocer la obra y poder opinar. Y aunque es un relato muy breve, para quien prefiera una versión diferente, dejo aquí las dos partes de la adaptación de la obra de Kafka realizada por Hipotálamo Films.



« Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos ».



P.D.- Creo que después de este librito es hora ya de vencer ese jet-lag lector que me atenaza y embarcarme en nuevas y excitantes lecturas.

23 enero, 2012

La memoria subliminal de lo vivido



Paseando el otro día la mirada por la librería de casa (muchas veces es como volver a encontrarse con viejos amigos), me detuve en un libro del psiquiatra Enrique Rojas, «¿Quién eres? De la personalidad a la autoestima», publicado en 2011 por Temas de Hoy. Lo saqué de la estantería y pasando páginas y releyendo alguno de los subrayados de la lectura que hice entonces (hace ya más de 10 años) me encontré con algunas ideas a propósito de la cultura que me llamaron la atención. Venía al caso de que, al trazar un balance correcto sobre el conocimiento de uno mismo -afirma Enrique Rojas- «se deben considerar tanto los puntos positivos como los negativos de los distintos aspectos de la persona: físicos, psicológicos, de conducta, cognitivos, asertivos y culturales». 

Un valioso elemento de la autoestima
Respecto a estos últimos, los aspectos culturales,  anotaba lo suiguiente a pie de página:  «La cultura es un elemento muy valioso en la configuración de la autoestima. Significa conocimiento teórico y práctico para no perecer en la espesa selva de informaciones que hoy nos llegan ni en el infierno de hechos, comentarios, sucesos y cosas. La cultura es un salvavidas para no hundirse en el mar de la confusión que nos rodea. La cultura es la apologética de los grandes valores eternos, que nos ayuda a saber a qué atenernos. La cultura es la memoria subliminal de todo lo vivido, el subsuelo de lo que sabemos.

La lengua es uno de los vehículos principales de la cultura. Cada forma de hablar y de escribir constituye un modo de describir el paisaje y situarnos en un contexto. Yo entiendo la cultura como la artesanía del conocimiento, un saber de cinco estrellas que humaniza al hombre y lo mejora mediante dos promesas estelares: la ética y la estética; normas morales y belleza. Nunca puede ser un añadido meramente decorativo, brillante e insustancial. Si la cultura no hace más humano y más libre al hombre, no me sirve, no puede conservar su nombre.

Cuando alguien posee una buena dosis de cultura en la dirección que acabo de apuntar, tiene muchas posibilidades de experimentar en su interior la autoestima».

Sobre el libro, conservaba entre sus páginas la reseña que realizó Carmen Rodríguez Santos en ABC Cultural, donde señalaba que «con un lenguaje muy accesible y claridad expositiva, Enrique Rojas aborda los innumerables ángulos de la personalidad (basada en  tres factores: herencia, ambiente y experiencia de la propia trayectoria) y los transtornos que provocan su desestructuración e impiden su correcto desarrollo».

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