Pestañas

Mostrando entradas con la etiqueta Novela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Novela. Mostrar todas las entradas

25 junio, 2012

Lectura de amor y cólera en Nueva York


Portada de Arnoldo Mondadori Editori
Después de un Gabo enlacé con otro Gabo, así es como llegó el turno de leer «El amor en los tiempos del cólera» en una primera edición de Bruguera (Diciembre, 1985) de su colección Narradores de Hoy que, tengo que confesar, no sé de dónde salió.

"Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados", así comienza la novela que "refiere la epopeya sentimental de un amante repudiado que en el curso de su larga vida, desde el furioso incendio juvenil hasta las brasas crepusculares de la vejez, ha mantenido una infidelidad inquebrantable a la antigua novia". Así, de forma tan dramática, se resume en la solapa interior lo que uno encuentra en este libro de García Márquez. Y si a alguien le mueven a la curiosidad esas lineas lo mejor que puede hacer -yo lo recomiendo- es dejarse conmover por esta historia de amor en los tiempos del cólera. Hay muchas novedades en las librerías pero uno nunca se equivoca si prefiere dejarse seducir por el Nobel colombiano.

Algunas frases que subrayé mientras leía:

- "La miró de frente con los cinco sentidos para fijarla en su memoria como era en aquel instante: parecía un ídolo fluvial, impávida dentro del vestido negro, con los ojos de culebra y la rosa en la oreja".

- "... y tan cerca de ella que percibió las grietas de su respiración y el hálito floral con que había de identificarla por el resto de su vida".

- "Era todavía demasiado joven para saber que la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos...".

- Había una casa abajo, junto al estruendo de las olas desbaratándose contra los cantiles, donde el amor era más intenso porque tenía algo de naufragio".

- "... y sólo entonces descubrió que se le estaba pasando la vida. Lo estremeció un escalofrío de las vísceras que lo dejó sin luz...".

- "Sentía que el tiempo de la vejez no era un torrente horizontal, sino una cisterna desfondada por donde desaguaba la memoria".

P.D.- «El amor en los tiempos del cólera» ha sido mi última lectura en los años que he vivido en Nueva York. Terminé de leer la novela recostado en una farola de la calle 77 -buscando la luz que una noche del mes de junio me robaba-, en la esquina con Columbus Avenue, sorteando inmóvil a los transeúntes del paso de cebra y al lado de la bulliciosa terraza de Isabella's.

28 mayo, 2012

Sobre «Los funerales de la Mamá Grande»

Relatos publicados en 1962
Transitando esta astenia lectora que me atenaza fui a dar en la librería de casa con un pequeño volumen que no recordaba haber comprado. Una primera edición (febrero, 1980) de «Los funerales de la Mamá Grande», publicado por Editorial Bruguera en su colección Libro amigo, todavía con la etiqueta del precio en una moneda que ya no existe (P.V.P. 150 Ptas.). Pensé que debía leerlo,   primero como una forma de devolverlo a la vida de nuevo y segundo como el mejor homenaje posible (es una frase hecha pero no deja de ser verdad) a su autor -el bueno de Gabo- que este mismo año ha cumplido 85 primaveras. Un hito muy celebrado públicamente pero probablemente olvidado con una rapidez proporcional a la intensidad y emotividad de su celebración. Basta ver aquí a Carmen Balcells, la agente literaria de García Márquez, reconocer que no se imagina su vida sin Gabo.

Pero no fui yo sino Ana (doble homenaje) la primera en leer a esta Mamá Grande recuperada, que su autor dedica extrañamente -al menos para mí- "Al cocodrilo sagrado". Publicado en 1962, «en todos estos cuentos, el inolvidable creador de Cien años de soledad retorna a esa especie de submundo tropical que es Macondo». Esa es la impresión que uno tiene nada más leer la primera línea: «El tren salió del trepidante corredor de rocas bermejas, penetró en las plantaciones de banano, simétricas e interminables, y el aire se hizo húmedo y no se volvió a sentir la brisa del mar». Y a partir de aquí todo es García Márquez, la deliciosa narración de pequeñas historias de una enorme intimidad e intensidad al mismo tiempo, algunas de ellas más atractivas para mí que Los funerales de la Mamá Grande, el cuento que cierra e volumen y da título al conjunto. Por ejemplo la historia de Dámaso y Ana en En este pueblo no hay ladrones, o del constructor de jaulas en La prodigiosa tarde de Baltazar.

Ahora el pequeño librito de Gabo necesita otra vez reposo después de que sus páginas amarillentas se hayan abierto y despegado, quién sabe si por el calor y la humedad de Macondo, la fatiga de sus personajes o simplemente -después de 32 años- por el último roce de sus lectores. Pero también escondía otras sorpresas, dos restos del pasado: un antiguo billete de cartón amarillo de RENFE (El Escorial - Nuevos Ministerios) con fecha 14 NOV 82, y un pedacito de papel cuadriculado escrito en lápiz por mí: «EXTRATERRITORIAL Georges Steiner Ed. Barral». Puedo imaginar el porqué del billete de tren pero mucho menos del papelito que, como he curioseado después, hace referencia a un volumen de ensayos sobre literatura y revolución linguística. Los libros son sin duda esas 'cajas negras' que igual que dan pistas sobre sus lectores ocultan también multitud de secretos.

Algunas frases que subrayé mientras leía:

- «Tenía la serenidad escrupulosa de la gente acostumbrada a la pobreza».

- «Tenía una barba de dos semanas, un cabello corto, duro y parado como las crines de un mulo, y una expresión general de muchacho asustado».

- «Toda la bondad, los extravíos y los padecimientos del pueblo penetraron hasta su corazón cuando tragó la primera bocanada de aquel aire que era una humedad azul llena de gallos».

23 abril, 2012

«El verano sin hombres», de Siri Hustvedt

Reconozco que no me siento con el ánimo suficiente para hacer un comentario sobre «El verano sin hombres» (Anagrama, 2011), pero tampoco quería faltar a la cita del blog y dejar testimonio de que esta ha sido mi última lectura, la novela de la guapísima autora norteamericana Siri Hustvedt (Minnesota, 1955), esposa de Paul Auster. Creo que lo mejor que podéis hacer es leer el libro si algo os llama la atención. Sólo dejo algunas de las frases que subrayé mientras leía:

- «A diferencia de los jóvenes que vislumbran el fin de sus días de una manera remota y filosófica, aquellas mujeres sabían que la muerte no era una abstracción».

- «Al menos mis ruinas habían sido parcialmente reconstruidas y ya no gemía delante de ella».

- «No se puede vivir sin asentarse sobre tierra firme, sin sentir un espacio que no sólo es externo sino también interno: un espacio mental».

- «Envejecer no está mal. El único problema es que se te va cayendo el cuerpo a pedazos».

- «No sólo somos receptores del mundo que nos rodea, también somos sus activos creadores.

- «... en Nueva York, donde los nudistas, los locos y los estrafalarios se mezclan sin problemas con la gente normal...»

- «Todos nos estamos muriendo, uno a uno. Olemos a mortalidad y no podemos desprendernos de ese aroma».

P.D.- Por supuesto, feliz Día del Libro para todos.

16 abril, 2012

«Azul» mediterráneo


Gino Rossi, Marina - Douarnenez
No sé bien por qué -probablemente porque me gustó-, pero recuerdo con especial cariño la lectura de «Azul», la novela de la escritora catalana  Rosa Regás que obtuvo el premio Nadal en 1994 y que leí aquel mismo año en el Cok Hotel de Amsterdam. El propio título evoca ya el Mediterráneo, el color, el paisaje y el mar que impregna toda la novela. Traigo aquí también por su belleza la pintura del italiano Gino Rossi (1884 - 1947) que sirvió para ilustrar la portada del libro editado por Destino (colección Áncora y Delfín). Así empieza la novela:

    «La isla no tenía ningún atractivo especial como no fuera la gran mole de piedra roja que acumulaba el sol desde el amanecer. Por el este se abatía en picado sobre el puerto y por el oeste descendía menos abruptamente hasta formar un valle pedregoso y árido. Desde lejos se destacaba altiva como un vigía, como un faro natural amparando las breves laderas cubiertas de matorral reseco y espinoso.

    La mayor parte de la superficie y del litoral era tan rocosa que al cabo de los años, cuando ya no quedara rincón alguno del Mediterráneo sin explorar, sólo una pequeña playa de marga habría de salvar a sus escasos y derrotados habitantes del ostracismo turístico. Sin embargo era de difícil acceso porque no podía llegarse a ella más que por un estrecho camino que trepaba entre ruinas desde el muelle sur, descendía de nuevo y se borraba a veces, o burlaba al caminante y le llevaba por veredas sin retorno entre construcciones medio derruidas, sin techo, de ojos vacíos y suelos rellenos de cascotes, de cuyas ocultas entrañas brotaba a veces, solitaria y torturada, una higuera. Al retomar el camino, o lo que el desuso había dejado de él, ya podía verse a lo lejos el agua clara y los bajos fondos plagados de erizos, pero antes de llegar se desparramaba sin remedio por un terreno de marismas y una breve playa tosca, de arena roja y ardiente donde nacían yerbajos y matojos y se amontonaban los detritus.

    Exceptuando el puerto era la única salida al mar. En el resto de la costa no había más que rocas que se precipitaban en riscos sobre el agua, paredes de escollos donde batían sin descanso las olas aún con el mar en calma, tan verticales que al filo de mediodía el perímetro completo de la costa quedaba rodeado de un exiguo cinturón de sombra, un relieve sobre el azul opaco, aplastado por la luz, que luchaba por mantener una ínfima zona de frescor frente a la mole rocosa».

09 abril, 2012

«Nadie me verá llorar», de Cristina Rivera Garza



Nunca hubiera leído «Nadie me verá llorar» (Tusquets editores, Colección Andanzas, 2004) si antes no me hubiera encontrado -es un decir- con Cristina Rivera Garza, su autora, en las redes sociales, primero en Twitter (@criveragarza) y después en su blog. De ahí pasé a leer los artículos de su columna semanal en el periódico mexicano Milenio. Supe entonces que es una escritora mexicana, que tiene mi edad (bueno, es cierto, algo más jóven) y que es doctora en Historia. Si elegí esta novela, escrita en 1999, para conocer su narrativa fue quizá por un título con tanta fuerza. En cualquier caso creo estar en deuda con Twitter por haberme presentado a su autora.

Leída en los días de Semana Santa, entre Nueva York y Chicago -prácticamente entre el avión y el hotel-, de «Nadie me verá llorar» me quedo con el tormento de amor de la loca Matilda Burgos, interna en el maniconio de La Castañeda, en el México de principios del siglo XX. Una historia que Rivera Garza recrea libremente sobre la existencia real de una interna y sobre el ambiente del México en los albores de la post-revolución que ella misma analizó en su tesis de doctorado en historia latinoamericana. «Ahí, frente a él, sentada sobre el banquillo de los locos, vistiendo un uniforme azul, la mujer que debería haber estado inmóvil y asustada, con los ojos perdidos y una hilerilla de baba cayendo por la comisura de los labios, se comportaba en cambio con la socarronería y altivez de una señorita de alcurnia posando para su primera tarjeta de visita». Es también una novela sobre el desencanto. Uno de los personajes dice: «El  desencanto está en boga. Mencionarlo es un rasgo de inteligencia, el  sello de un espíritu refinado».

C. Rivera Garza (Matamoros, 1964)
Pero además de dejarme arrastrar por la historia de Matilda y el fotógrafo Joaquín Buitrago pensaba dónde Cristina Rivera Garza podía encontrar las palabras para evocar ciertos sentimientos: «El sonido invadió su cabeza todo el día y toda la noche. No era el monótono zumbido de una abeja, sino el estrépito de un vaso de cristal rompiéndose en la sangre». Y es que además de novela y relatos ha escrito también poesía. Se puede leer en la novela: «La luz, desde lejos, se confunde con el paso de una luciérnaga extraviada en el corazón del invierno. [...] Las palabras se habían vuelto vocablos sin razón, sonidos que, una vez articulados, se confundían con el aire. [...] ¿Quién no ha soñado frente a una taza de porcelana tatuada con las huellas del lápiz labial de una mujer?». 

Sí, es una lectura que requiere volver sobre las palabras y releer en ocasiones pero que por eso mismo se saborea mejor y no deja indiferente. Después de todo, me alegro mucho de poder tachar a Cristina Rivera Garza de mi Lista de Autores Desconocidos. ¿Por qué -me pregunto ahora- he tardado tanto en saber sobre ella? Pero también me pregunto por qué es necesario ilustrar la portada de la novela de un escritora mexicana con una pintura de otra artista mexicana: Frida Kahlo.

P.D.- Precisamente ahora que regreso a Madrid comienzo a leer a una escritora que vive en Brooklyn, Nueva York: Siri Hustvedt.

02 abril, 2012

«Claraboya», la primera-última novela de Saramago


Otra vez un avión ha servido como la mejor sala de lectura posible para leer, en esta ocasión, la primera y a la vez novela póstuma de José Saramago. Escrita hace 50 años, el después Premio Nobel de Literatura envió el manuscrito de «Claraboya» cuando tenía 31 años. Nunca recibió contestación hasta que en 1999 la editorial encontró el manuscrito: "Para la editorial sería un honor publicar el manuscrito encontrado en una mudanza de las instalaciones", pero Saramago no permitió su publicación mientras él viviera.

Quise leer «Claraboya» (Alfaguara, 2011) -"libro escrito en las horas nocturnas tras jornadas de trabajo en empleos que no eran fáciles"- porque nunca había leído a Saramago (otro escritor en la Lista de Autores Desconocidos) y porque me pareció un fantástica oportunidad comenzar precisamente por su primera novela de juventud, escrita cuando su nombre no significaba nada e intentaba dar sus primeros pasos como escritor.

El resultado me ha parecido inmejorable y me ha hecho pensar precisamente en las razones de la editorial para no publicarlo y, aún más, en la madurez, por algunos de los temas que aborda, de aquel joven de treinta años. "Claraboya es una novela de personajes -dice Pilar del Río, su viuda, en el prólogo-. Se sitúa en Lisboa, en los años cuarenta, cuando la Segunda Guerra ha terminado, no la dictadura salazarista, que aparece como una sombra o un silencio que todo lo envuelve", aunque no es en absoluto una novela política.

Sin duda es una novela de personajes, los vecinos de una misma casa, a quienes podemos observar a través del microscopio de su mirada y conocer sus deseos y miserias. No en balde Saramago hace toda una declaración de intenciones cuando comienza la novela -que dedica a la memoria de su abuelo- con una cita de Raul Brandâo:

«En toda las almas, como en todas las casas, además de fachada, hay un interior escondido».

Recordaré ese vuelo y recordaré esta novela con un buen sabor de boca, el que deja la buena literatura y la pasión por escribir de un escritor novel que llegaría a ser, con el paso de los años, premio Nobel.



Algunas frases que subrayé mientras leía:

- «El viejo reloj de la sala, que Justina heredó a la muerte de los padres, tocó nueve campanadas gangosas, tras un trajín de maquinaria cansada».

- «Luchaban, sin desfallecimiento, uno y otro, el sonido contra la obstinación de la desesperanza y la certeza de la muerte, el silencio contra el desdén de la eternidad».

- «El tiempo se deslizaba, incesante, con ese rumor sedoso que tiene la arena que cae de una esfera».

- «Lo que cada uno de nosotros tenga que ser en la vida, no lo será por las palabras que oye ni por los consejos que admite. Tendremos que recibir en la propia carne la cicatriz que nos transforma en verdaderos hombres».

- «¿Para esto vivimos? ¿Para hacer hijos y lanzarlos a la batalla? ¿Para construir ciudades y arrasarlas? ¿Para desear la paz y tener la guerra?»

P.D.- En el avión -además de Claraboya- también viajaron conmigo las novelas de otras dos mujeres: «Nadie me verá llorar», de Cristina Rivera Garza, y «El verano sin hombres», de Siri Hustvedt.

21 marzo, 2012

La aventura de «El barón rampante», de Italo Calvino



Hace mucho que Italo Calvino (nacido en Cuba en 1923 y fallecido en Siena en 1985) figuraba en mi Lista de Autores Desconocidos, esa que está compuesta por todos aquellos escritores que uno cree que debería haber leído hace tiempo pero que no ha leído todavía. Calvino era uno de ellos porque además de que la fama literaria le precede, sentía curiosidad por acercarme a otro de los autores italianos que, no sé exactamente por qué, siento tan cercanos. Empezando por los maravillosos relatos de Alberto Moravia y siguiendo por las novelas de Umberto Eco, Antonio Tabucchi  o  Melania G. Mazzuco, mientras que otro imprescindible -Cesare Pavese- continúa aún por descubrir.

Por tanto, leer «El barón rampante» (Ediciones Siruela, 2011; traducción de Esther Benítez) me ha permitido tachar a Italo Calvino de esa lista pero, mucho más, disfrutar de una deliciosa novela. Es un clásico del autor –publicada por primera vez en 1957- que algunos han calificado como novela de juventud, ideal para ser leída en la adolescencia, probablemente por el argumento y la edad del protagonista: «Cuando tenía doce años, Cosimo Piovasco, barón de Rondò, en un gesto de rebelión contra la tiranía familiar, se encaramó a una encina del jardín de la casa paterna […] y anunció su propósito de no bajar nunca de los árboles». Efectivamente esa es la trama, que transcurre entre finales del siglo XVIII y principios del XIX. Dicho todo lo cual, lo que pudiera parecer un cuento infantil no lo es en absoluto y nadie debería considerar su edad para decidirse a leer El barón rampante. Como el propio autor nos cuenta, es «un libro que rehuye cualquier definición precisa, tal y como el protagonista salta de una rama de acebo a la de un algarrobo y resulta más inaprensible que un animal selvático».

Italo Calvino nos cuenta las peripecias de Cosimo en la voz de su hermano menor, a través del cual conocemos su determinación y, sobre todo, su forma de observar el  mundo desde su atalaya de olivos, nogales, fresnos, plátanos, castaños, acebos, melocotoneros, almendros, cerezos o higueras. «Era el mundo lo que ya era distinto para él, hecho de estrechos y curvados puentes en el vacío, de nudos, escamas o arrugas que hacen rugosas las cortezas, de luces cuyo verde varía según el toldo de hojas más abundantes o más ralas, temblorosas a la primera sacudida del aire en sus pedúnculos, o movidas como velas cuando se curva el árbol»

Italo Calvino
Dice el propio Calvino que El barón rampante es «una aventura escrita como juego, pero a veces el juego parece complicarse, transformarse en algo distinto». Yo me alegro de haber leído sin duda algo distinto y de haber llegado finalmente a Calvino, a quien espero frecuentar ahora que sé que Ediciones Siruela ha editado las obras del escritor italiano en su propia Biblioteca Calvino.

P.D.- Y de Calvino a Modiano, otro de esos autores europeos a los que también, por fin, tacharé de la lista. Los dos son libros que compré en Librería Benedetti

12 marzo, 2012

«Sunset Park», la herida que no sana



Empiezo sin más rodeos por concluir que «Sunset Park» (Faber and Faber, 2010), de Paul Auster, es una buena novela, aunque creo  haber leído que no de las mejores del autor que vive en Brooklyn. Como todo es relativo lo mejor es comprobarlo por uno mismo. Auster pone en el centro a Miles Heller, un joven de veintiocho años atormentado por un hecho fatal ocurrido en su adolescencia, rodeado por sus padres y sus nuevas parejas con quien no se habla hace años; por su novia Pilar a quien conoce en Florida, y por los tres amigos con quienes ocupa la casa abandonada de Sunset Park. Con estos mimbres, y a través de los ojos de todos ellos, reconstruye Auster la historia de Miles -marcado por una herida interior que probablemente no sanará, que siente el dolor pero no lo dice a nadie, como nos cuenta el autor- en un momento agravado por la crisis, es el año 2008, cuando la vida de muchos jovenes no está tocada precisamente por la esperanza.

Leo «Sunset Park» en la lengua original en que está escrita, sabiendo que pierdo matices por el camino mientras gano también otros, y con la satisfacción de reconocer las mismas palabras y los mismos trazos que el escritor engendra en su cabeza y plasma después en el papel. Ahora que Paul Auster ha paseado recientemente por España su imagen de galán de cine para presentar su última novela -Diario de invierno-, leer su obra en inglés parece que te acerca incluso más a él. Cuando describe a Miles en palabras de uno de sus amigos, parece resonar con más fuerza su acento americano: «As far back as he can remember, Miles seemed different from everyone else, to possess some magnetic, animal force that changed the atmosphere whenever he walked into a room».

Sunset Park, Brooklyn (New York)
Esa es otra de las cosas que me gustan de Auster, el don recibido -o el talento tan bien trabajado- para describir a sus personajes y hacerlos no solo de carne y hueso sino tan cercanos en su forma de ser y comportarse que llegamos a conocerlos y quererlos. Curiosamente Auster habla de uno de los personajes, escritor como él, para hacernos ver en qué consiste su vida: «His whole life has been spent putting words and sentences together, paragraphs together, books together». Por eso volveré a Auster. Sin prisa, saboreando cada una de sus novelas, conservando como conservo pasajes y destellos literarios que me han cautivado de este escritor de 65 años recién cumplidos.
 

20 febrero, 2012

La esperanza oculta en «Daisy Sisters»



Me siento a escribir cuando no ha pasado media hora desde que he terminado de leer «Daisy Sisters» (Tusquets, 2011), de Henning Mankell, en este domingo soleado de febrero. En ese preciso momento en el que al pasar la última página uno queda noqueado -al menos así me siento yo ahora- queriendo saber cómo continuará la vida de Eivor, esa joven sueca que has conocido desde su nacimiento y que abandonas cuando ya tiene cuarenta años y tres hijos y de nuevo quiere volver a empezar, cuando comprende realmente que sólo podemos «morir después de un esfuerzo que haya tenido sentido».

Quise leer Daisy Sisters para aproximarme de una forma diferente a un escritor popular en todo el mundo por sus novelas policiacas del inspector Kurt Wallander, de las que yo no había leído ninguna. Y ahora, cuando cierro el libro, pienso que fue una decisión acertada aunque me sienta de alguna forma abandonado por el personaje de Eivor después del maratón de lectura de este fin de semana que me ha hecho meterme en la novela como no lo había conseguido hasta la mitad de sus páginas cuando sólo había podido leer a salto de mata vencido por el sueño cada noche. 

Por eso la lectura ha tenido dos partes bien diferenciadas: un arranque interesante pero intermitente al que siguió cierto rechazo por la forma en que escribe Mankell, desde una tercera persona fría y distante, como una sucesión de fotogramas exhibidos con aparente desinterés que van dando cuenta de la vida de Elna -una de las dos amigas adolescentes, las Daisy Sisters, que en 1941 quieren ver la guerra desde la frontera noruega- y, sobre todo, de su hija Eivor. En un segundo momento, ya inmerso de lleno en la lectura y por lo tanto más familiarizado con la narrativa de Mankell, vemos crecer a Eivor tropezando donde lo hizo su madre, su lucha por sobrevivir y soñar a pesar de los hombres que aparecen en su vida y sus reiterados fracasos. Una y otra vez se levanta reconociendo que «es imposible ir hacia atrás en el tiempo pensando que podemos recoger algo que hemos dejado olvidado», y buscando sin saberlo la felicidad, esa palabra que «siempre está flotando alrededor, fugaz como una pluma».

Henning Mankell ha querido si duda enviar un mensaje de esperanza a través de esta novela que nos habla de la amargura de la vida. Y consigue que, a través de la literatura, le creamos.

26 diciembre, 2011

26 libros y diez mil páginas

26 son los libros que he leído en 2011.
Termina este año 2011 y parece que es el momento de hacer balance de todo, incluso de lo que uno ha leído. Pero no lo haría yo si no hubiera sido porque hace pocas semanas descubrí que la aplicación que traslada mi librería al mundo virtual -Anobii- ya lo había hecho por mí. Por eso sé ahora que en 2011 he leído 26 libros, con un total de casi diez mil páginas, en concreto -por lo visto ni una más ni una menos- 9699 páginas. Pero también lo que leí un año antes: 14 libros y 4420 páginas. De esa forma se puede ver que prácticamente he doblado el número de libros  de 2010, algo que efectivamente ha sucedido en el caso del número de páginas leídas. Y puedo deducir, por tanto, que he leído de media poco más de dos libros al mes o, lo que es lo mismo, 808 páginas mensuales, o unas 27 páginas diarias.; y que cada uno de los 26 libros tenía una extensión media de 373 páginas. En definitiva, pura estadística de andar por casa. Pero ¿tiene sentido este tipo de análisis cuantitativo? Creo que ninguno, más allá de la curiosidad y del valor simbólico que cada uno le quiera otorgar.

Placer solitario
Todo este preámbulo me sirve para intentar responder a una pregunta: ¿leo mucho o leo poco? Me lo pregunto porque hay gente que me conoce, que sabe que me gusta leer y que escribo este blog sobre libros, y piensa que me paso todo el tiempo leyendo. Diez mil páginas en un año ¿son muchas o pocas?; 26 libros al año ¿son muchos o pocos?; leer 27 páginas al día ¿es mucho o es poco? La respuesta inmediata es que habrá gente que al cabo del año lea más o mucho más que yo y gente que lea menos o mucho menos que yo. Tampoco sé si la intensidad e la lectura debe medirse en términos de cantidad o de calidad.  En mi caso leo lo que quiero, al ritmo que quiero, lo que puedo y lo que me apetece, sin ningún objetivo predeterminado. Sé de algunos, sin embargo, que se fijan por ejemplo una meta de 50 libros al año, como si alcanzar esa cifra diera la justa medida de su voracidad lectora y conseguirlo les hiciera merecedores de la medalla al mérito lector. Yo entiendo la lectura como un placer solitario, lento y pausado, donde uno -si lo que lee le gusta o incluso le conmueve-, no tiene ninguna prisa por terminar.

Mis 26 libros de 2011
Por si a alguien le interesa, y a modo de resumen del año, estos son los 26 libros leídos en 2011 -en orden cronológico-, que he ido comentando en La Palabra Infinita (puedes hacer click sobre cada titulo para ver su correspondiente entrada):

1.- El arma de los invisibles (Jose Manuel García-Otero).
2.- Ojos de agua (Domingo Villar).
3.- El tiempo envejece deprisa (Antonio Tabucchi).
4.- La casa verde (Mario Vargas Llosa).
5.- Sukkan Island (David Vann).
6.- Érase una vez Manhattan (Mary Cantwell).
7.- La vieja sirena (José Luis Sampedro).
8.- La cuarta carabela de Colón (Carlos Oviedo).
9.- Lo que me queda por vivir (Elvira Lindo).
10.- El cementerio de Praga (Umberto Eco).
11.- Norte (Edmundo Paz Soldán).
12.- Ventanas de Manhattan (Antonio Muñoz Molina).
13.- El valor de educar (Fernando Savater).
14.- La playa de los ahogados (Domingo Villar).
15.- Vive como puedas (Joaquín Berges).
16.- El jinete del silencio (Gonzalo Giner).
17.- Los enamoramientos (Javier Marias).
18.- 1Q84 (Haruki Murakami).
19.- Un matrimonio feliz (Rafael Yglesias).
20.- Bestiario (Julio Cortázar).
21.- Hoy, Jupiter (Luis Landero).
22.- Emaús (Alessandro Baricco).
23.- Los detectives salvajes (Roberto Bolaño).
24.- Necrópolis (Santiago Gamboa).
25.- Desiertos de la luz (Antonio Colinas).
26.- Libertad (Jonathan Franzen).

Además, he seleccionado en negrita mi propia lista de los 10 libros que, por diferentes razones, más me han gustado, aunque me duela dejar fuera -por no sobrepasar la decena- las dos novelas policiacas de Domingo Villar. Lo que sí me hace alguna ilusión es que entre esta lista figuren el primer y segundo libro (Los enamoramientos y Libertad) de la lista de los 25 mejores libros de 2011 que publica El País. Por último,  algunas curiosidades: de los 26 dos fueron e-books (Sukkan Island y Los enamoramientos), que entre todos ellos solamente uno (Sukkan Island) lo leí en inglés, que uno era un ensayo (El valor de educar) y otro un libro de poesía (Desiertos de la luz).

P.D.- Confieso que en esta última semana del año probablemente tenga tiempo para leer otro libro, que haría el número 27, aunque prefiero no tenerlo en cuenta porque -llegados a este punto- descolocaría por entero la redacción de esta entrada.

14 noviembre, 2011

«Necrópolis», mi descubrimiento de Santiago Gamboa

Santiago Gamboa, con gafas redondas de pasta y el pelo ensortijado, era uno de los cuatro escritores reunidos entorno a una mesa para hablar sobre "Identity's dreams: sueños literarios de la nueva América Latina", en una de las sesiones literarias organizadas por Americas Society, en Nueva York. En la sede de esta institución -un palacete en Park Avenue que en otros tiempos fue embajada de la U.R.S.S.- Gamboa, nacido en Bogotá en 1965, estaba acompañado por otros tres escritores: Francisco Font acevedo (Chicago, 1970), Karla Suárez (La Habana, 1969) y Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977). 

En aquel encuentro, donde se habló en español sobre las ciudades de la literatura, donde la identidad es un problema de distancia, del concepto de desubicación (Neuman), de la imaginación como viaje interior o viaje inmóvil (Font) y de literatura sin pasaporte, es donde sentí el deseo de leer a Santiago Gamboa, periodista y escritor colombiano que estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid y que era, de los cuatro autores, quien me pareció que hablaba de forma más serena e interesante y quien, citando a Rodrigo Fresán, dijo que «la patria de un escritor es su biblioteca».

Así llegué a «Necrópolis» (Editorial Norma) y descubrí a Santiago Gamboa en esta novela que fue premio La otra orilla en 2009, pero que ya había publicado anteriormente otras obras, entre ellas la bien considerada por la crítica El síndrome de Ulises (Seix Barral). Después de haber leído a Edmundo Paz Soldán y más recientemente a Roberto Bolaño, diría que Gamboa es una continuación de ambos -que nadie se enfade si digo esto y suena excesivo-, al menos un reflejo pálido, quizá más por lo temas y los personajes que por la forma de escribir. Con la excusa de un congreso literario, Gamboa nos presenta las extrañas historias de varios de su personajes, unas más sólidas que otras, como las de los dos ajedrecistas amigos o la excéntrica actriz porno italiana. “Me gusta hacer los libros así, que sean de una lectura agradable, que se abra a historias diversas pero que estén hilvanadas por los temas importantes que debe tratar la literatura: la amistad, la muerte, la traición”, dice Gamboa en una entrevista en QuéLeer.

«Necrópolis» es una de esas novelas que uno lee disfrutando de lo que lee, y creo que no hay mejor recompensa precisamente para un lector. Eso sí, hay que advertirlo, a veces los pasajes sexuales, ni siquiera eróticos, subidos de tono -escritos con una asepsia deslumbrante-, podrían herir la sensibilidad del lector.

  • Algunas frases que subrayé mientras leía:

 - La vejez ama la juventud como el deterioro y la fealdad aman la belleza. 

- ... ahí tienes tu respuesta: escribo para poder ser otro.

- Entonces se dedicó a las cosas sencillas, que era un modo de decir: a la vida feliz.

- Fijate en la arena, está hecha de diminutas piedras y cristales. Cuando una de esas partículas se hunde es cubierta por otra, por otras diez, cien o mil, e igual nos ocurrirá a nosotros, ¿no crees?

- Las vidas son como las ciudades: si son limpias y ordenadas no tienen historia. Es en la desgracia y en la destrucción donde surgen las mejores.

Santiago Gamboa
- Yo me fui porque quería respirar otro aire y conocer el mundo, pero a medida que avanzaba el mundo se fue haciendo cada vez más grande y aún no he podido acabar de conocerlo, por eso sigo dando vueltas, me he ido quedando afuera sin otro motivo que ese...

- En la periferia de nuestros bellos países hay un aterrador mundo exterior repleto de vida, un sol negro que se extiende por varios continentes y que, tras el primer impacto, revela su belleza. Lo que se ve en la superficie es horrible y cruel, pero lentamente emerge la belleza; en nuestro mundo, en cambio, la superficie es hermosa y todo esplende, pero con el tiempo lo que se manifiesta es el horror.

  • [Vídeo] Santiago Gamboa habla sobre «Necrópolis», aquí. 

P.D.- Y ahora me sumergiré en las tranquilas aguas de la poesía de Antonio Colinas.

17 octubre, 2011

Sobre un poeta, un cepillo de dientes, la promoción de una escritora y dos nuevos libros

Arne Dedert (EFE)
Sigo leyendo con deleite a Bolaño y sus detectives salvajes. Por eso y porque el ocio y el trabajo me han robado estos últimos días el tiempo necesario para escribir no pude acudir a mi cita con el blog el lunes pasado.

Un poeta
Sin embargo, sucedieron cosas interesantes por el medio, por ejemplo, descubrir a Pedro Garfias en la propia novela de Bolaño: "Y estaba sentada en el wáter, con las polleras arremangadas, como dice el poema o la canción, leyendo esas poesías tan delicadas de Pedro Garfías", el poeta español que murió en Monterrey (México) en 1967. La curiosidad venció a mi ignorancia y descubrí con sorpresa que Garfias fue un poeta de la vanguardia perteneciente a la Generación del 27, autor del poema Asturias (Poesías de la guerra española, México, Minerva, 1941), cuyos versos sirvieron a Víctor Manuel para componer la bellísima canción que ahora es considerada como un segundo himno de Asturias.

Un cepillo de dientes
También estos días, que han visto celebrar LIBER (la feria española de la industria editorial), en Madrid, y la Feria del Libro de Frankfurt, donde se negocian los derechos de autores y libros para todo el mundo, me hicieron pensar algo mientras me cepillaba los dientes una noche: por qué -como algunas piensan o nos quieren hacer pensar- los nuevos libros digitales serán algo muy distinto de lo que ahora conocemos. Dicen que incorporarán vídeo, que conectarán con otros lectores que lean al mismo tiempo e incluso con el propio autor, con el que podremos dialogar; que incorporarán una versión en videojuego; que veremos fotografías y escucharemos las músicas de lugares y canciones que aparezcan en el texto y que, en definitiva, estaremos ante algo tan nuevo y diferente que ni siquiera podrá llamarse libro. Y aquí es donde yo pensé -cepillo en mano- que otras disciplinas, a pesar de los embates de la tecnología, apenas han cambiado su esencia. Al cine mudo sucedió la voz; al cine en blanco y negro el color; al cine de andar por casa los efectos especiales; al cine analógico el digital; al cine plano el 3D; al cine en las salas el DVD e Internet...

¿De verdad todas estas transformaciones han variado la esencia de una película, que no es otra -a mi juicio- que el contar una historia a los espectadores? Pues creo que lo mismo sucede con el libro. De papel o digital, con ilustraciones o con vídeos, su esencia, el núcleo central y lo que capture la atención del lector será la historia narrada.Y parte del valor del libro tradicional como ahora lo conocemos -formado por páginas de texto-, es lo que sugieren las palabras en la mente del lector, que sin ver ni tocar lo que se narra (no vemos los paisajes, ni los rostros de los personajes, ni las calles que transitan) es capaz de evocar y soñar con esos personajes y con los mundos que crea o recrea el autor. En la era de la imagen, no ver todo lo que se nos cuenta sigue siendo sin duda un valor inestimable.

La promoción de una escritora
La vida después
Pues en esas estaba cuando Marta Rivera de la Cruz (@MartaRiveraCruz) me invitaba en Twitter a visitar la web de su nueva novela www.lavidadespues.es de la que ya había leído el primer capítulo avanzado también por ella. En definitiva, labores y tácticas de promoción que yo entiendo perfectamente pues como si de cualquier otro oficio se tratara -y ella misma reconoce sin pudor en Twitter- "los libros hay que escribirlos, pero luego hay que venderlos". La escritora, nacida en Lugo en 1970, también señala con total sinceridad que "Necesito lectores. Muchos. Como el comer. Las novedades me amenazan, y Ruiz Zafón está a la vuelta de la esquina". Yo no he comprado el libro y no sé si lo haré porque al contrario de lo que le ocurre a un escritor, que centra todo sus esfuerzo y esperanzas en un libro concreto, la oferta para el lector tiende siempre al infinito, lo contrario de su capacidad de selección y sin duda de su presupuesto.

Dos nuevos libros
The Art of Fielding
Y hablando de libros, en estas dos semanas compré dos nuevas novelas en Amazon: la opera prima de Chad Harback, el amigo de unos amigos, que ha tardado diez años en escribir The Art of Fielding, y Necrópolis, publicada en 2009 por el escritor colombiano Santiago Gamboa (Bogotá, 1965). De la primera, el propio Jonathan Franzen, el afamado autor de Libertad, ha dicho: "Reading The Art od Fielding is like watching a hugely gifted young shortstop: you keep waiting for the errors, but there are no errors. First novels this complete and consuming come along very, very seldom". Sobre la segunda, tenía ganas de leerla desde que escuchara al escritor en una conferencia en Nueva York junto a otros tres escritores latinoamericanos.

P.D.- En el tiempo de ocio (Columbs Day nos regaló tres días), un viaje nos llevó hasta Washington (donde puse cara y voz a @eRomanMe), Baltimore y una granja Amish en Lancaster (Pennsylvania). El ticket de entrada a la granja ($8,50) me sirve ahora como marcapáginas en Los detectives salvajes de Roberto Bolaño.

03 octubre, 2011

«Emaús» según Alessandro Baricco

Comenzar un nuevo libro de un autor "no leído" hasta el momento siempre tiene un plus de interés, así que con esa sensación de leer algo especial me enfrenté a la lectura de «Emaús» (Anagrama, 2011), de Alessandro Baricco (Turín, 1958). También sabiendo que iba a ser una lectura breve en longitud, 150 páginas de letra amplia. Siempre había tenido a Baricco en la recámara de mi inconsciente lector por «Seda», que recuerdo hojeando varias veces en alguna librería y por la que es internacionalmente conocido. Al final nunca la compré y los azares de la vida llevaron primero hasta mis manos este Emaús, que toma su título del pasaje del Evangelio en el que dos discípulos camino de aquella ciudad se encuentran en el camino con Jesús pero no lo reconocen.

Tardé un tiempo en entrar en materia y en reconocer la forma de escribir de Baricco, pero una vez superada esa fase sentí crecer la historia y a sus personajes, cuatro amigos adolescentes -profundamente católicos- que se asoman al mundo donde una chica -Andre- es al mismo tiempo el epicentro de sus gozos y sus desdichas. Es una novela corta donde aparecen los temas que son propios de la juventud que abandona la adolescencia de una forma abrupta pero desde la original óptica de la religión.

No diré mucho sobre la trama porque lo mejor es leerlo pero Baricco crea una atmosfera y unos personajes que me gustaron, y Emaús es un libro corto que se saborea -como los mejores licores- despacio .

  • Algunas frases que subrayé mientras leía:
- Quien ha empezado a morir no deja ya de hacerlo.

- Estamos llenos de palabras cuyo verdadero significado no nos han enseñado, y una de ellas es la palabra dolor. Otra es la palabra muerte. No sabemos a qué se refiere, pero las utilizamos, y esto es un misterio.

- Tenía que decirle que había otro modo de estar en el mundo, y que nosostros creíamos que ese era el camino, la verdad y la vida.

- [Rezar] Me causaba verdadero alivio hacerlo de rodillas, durante larguísimo tiempo, en iglesias casuales, a la hora en que tan sólo hay el caminar lánguido de las viejecitas, el batir de las puertas, de vez en cuando. Estaba con Dios, sin pedir nada.

- La vida sexual de nuestros padres es, de hecho, una de las pocas cosas sobre las que no queremos saber nada. Nos gusta pensar que no existe y que no ha existido nunca. No sabríamos dónde meterla, en el seno de la idea que nos hemos hecho de ellos.

  • Entrevista [vídeo] con Alessandro Baricco sobre Emaús, aquí.

26 septiembre, 2011

«Hoy, Júpiter», la penúltima joya de Luis Landero

Fue en el escaparate de una pequeña librería de Béjar (Salamanca) donde este verano me topé literalmente  con esta novela, «Hoy, Júpiter» (Tusquets Editores, 2007), de Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948). Entré y compré aquella novela, la única que tenía el librero, la del escaparate. También compré por impulso en VIPS de la calle O'Donnell, de Madrid, su primera novela «Juegos de la edad tardía», hace ya la friolera de nueve años, sin conocer absolutamente nada sobre él, simplemente porque me llamó la atención que en la faja del libro se leía "Premio Nacional de Narrativa". Desde entonces me enamoré de este autor -del que después leí «Caballeros de fortuna»-, y desde entonces también conservaba las ganas de seguir leyéndolo hasta que el destino y la lista de los recados de este verano me hicieron pasar por delante de aquella librería.

Ha sido sólo ahora cuando he descubierto que la novela fue escrita después de un silencio de cinco años y que, tras ella, publicó en 2009 su última novela hasta ahora, «Retrato de un hombre inmaduro». Por eso me parece que Landero es un escritor fuera del circuito literario, probablemente por eso poco conocido, pero que sin embargo escribe con la paciencia y la precisión del orfebre que cada cierto tiempo -alejado de cualquier moda o influencia comercial- crea una pieza digna de admiración.

«Hoy, Júpiter» es, por tanto, la penúltima joya de Luis Landero que he leído (lo empecé un 11 de septiembre) con las mismas ganas e ilusión que brinda una amistad recuperada, y así he vuelto a disfrutar de la inconfundible narrativa de su autor, de su forma de escribir -de una hondura literaria- que a mí me apabulla, y de sus historias y personajes -grises y de hombres comunes- pero absolutamente reales al mismo tiempo.

La novela nos cuenta las vidas, aparentemente ajenas, de Dámaso Méndez y Tomás Montejo -marcadas una por el odio y la otra por el amor-, hasta que "los destinos de Dámaso y Tomás se cruzan para urdir un desenlace compartido". Por eso mismo la novela crece también en intensidad conforme avanza la peripecia de cada cual, hasta un punto en que uno no puede dejar de leer -como si de una novela policiaca se tratara- esperando a la resolución de tantos equívocos y tanto misterio.

Landero -profesor de literatura- es, además, un maestro del lenguaje, lo que me permitió descubrir un puñado de nuevas palabras como: zahareña, feraz, jayán, agarbado, zancajo, rebatiña, arranchar, senara o galbana, cuyos significados fui consultando en el diccionario de la Real Academia Española.

  • Algunas frases que subrayé mientras leía:
- La vida es sólo un soplo y un sueño, los años te atropellan, las edades vuelan, los imperios se desmoronan, cuando quieres darte cuenta hoy es ya mañana y mañana fue ayer.

- Estaba inmóvil, llevaba un vestido liviano de florecitas silvestres y el viento le movía el cabello y a veces le apuraba el viento el vestido y se lo ceñía tanto a la figura que por momentos parecía desnudarla.

- ..., y las plegarias se le hacían flanes en los labios.

- Hojas nuevas, senderos frescos de arena, rumor de frondas, temblorosas geometrías de sol bajo los árboles. Y el alto cielo azul.

Luis Landero
- Y una noche danzaré desnudo a la luz de la luna para celebrar mis esponsales con la soledad.

- ..., ni nadie venía a recordarle que el presente era sólo un tiempo de trámite hacia el porvenir y que uno no es tanto lo que es como lo que llegará a ser, un proyecto en marcha, un puñado esparcido de simiente, y la promesa de un futuro feraz.

- Y pasó el tiempo y vinieron las lluvias, las nieblas frías, el humo azul en los tejados, el olor a lumbre de leña y las noches hondas y cerradas, tan gustosas y largas de dormir.

- Fue por entonces cuando se aficionó a los libros y a la soledad. [...] al fin se animaba a abrir una novela y a aliviar sus pesares con la relación de los ajenos.

- Y así, a veces recordamos por ejemplo lo que sentimos ante un atardecer hace muchos años, pero no recordamos nada de aquel atardecer. Nada. Todo ha desaparecido menos la emoción. 

- Pero la memoria no hace pie en ese caudal de años anónimos, en esa escombrera de tiempo donde apenas hay hechos singulares que le den un sentido o una continuidad.

- Sobre el asfalto encendido de estelas luminosas por el reflejo de los neones de color sigue cayendo y cayendo la lluvia...

- -Te quiero -dice de pronto Teresa, la boca entreabierta, los ojos brillantes, como empapados de la misma lluvia que cae en la oscuridad de la calle desierta, más hermosa que nunca,...

- Sintió la humillación como algo físico. Un dardo en el costado, un vacío glacial en el estómago, un entristecimiento súbito de la carne y el alma.

  • Entrevista con Luis Landero sobre «Hoy, Júpiter» en Youtube

P.D.- Disfruté tanto, tanto... leyendo a Landero que no tardaré mucho -espero- en volver a hacerlo. Probablemente será su última joya, «Retrato de un hombre inmaduro». 

05 septiembre, 2011

La sorpresa de encontrarme con «Un matrimonio feliz»

Una de las últimas sorpresas en la cadena de lectura que uno construye libro a libro fue encontrarme con «Un matrimonio feliz», novela publicada por Libros del Asteroide, escrita en 2009 por el guionista y novelista norteamericano Rafael Yglesias (Nueva York, 1954). El título, pobre en mi opinión (A Happy Marriage, en su versión original), y engañoso -pareciera que lo que vas a leer es el texto dulzón y apasionado de una novela rosa, - oculta el verdadero mérito de esta deliciosa novela de 400 páginas (Premio Los Angeles Times 2009) que tiene como escenario la ciudad de Nueva York.

La sorpresa fue positiva, desde luego, y por dos razones principales. Por la valentía del escritor al tratar el tema de una "larga enfermedad" -escrito con la hondura y la belleza que sin duda ofrece una historia parcialmente autobiográfica-, y por la forma en que se estructura la narración: alternando los dos ejes de relación, principio y fin, de ese matrimonio feliz. Pero que no se me olvide, porque también es una razón muy importante: porque es una novela que conmueve, algo se revuelve dentro de ti mientras lees y no te deja indiferente cuando has terminado. A mí me pasó, y puede que les pase a muchos de quienes lo lean: reconoces el golpe de la enfermedad y la lucha de quien la sufre y de quienes le rodean.

Por eso hay dolor en esta novela, pero también humor y, por supuesto, mucho, muchísimo amor. No del rosa pero sí del auténtico; el de un matrimonio feliz: Margaret, "de ojos grandes y de un azul intenso [...] de una tersa blancura de helado de su piel con pecas [...] mezcla de ermitaño y mariposa social", y Enrique, guionista de cine perdidamente enamorado de Margaret.

Aunque no soy amigo de reproducir los textos de las cubiertas, lo hago en esta ocasión con uno de ellos porque me parece muy ilustrativo de lo que uno encuentra dentro: «La novela de Rafael Yglesias, pofunda y elegante, dolorosamente viva, trata sobre la vida, no sobre un matrimonio concreto [...] Es como un puñetazo en el estómago pero su agudeza nos obliga a mantener los ojos bien abiertos. Impresionante.» Ann Beattie.

  • Algunas frases que subrayé mientras leía:
- ... había algo sólidamente burgués en esa joven, algo adulto debajo de aquella apariencia de muchacha que le asustaba y le excitaba.

- Se hallaba en la ciudad donde había nacido, la ciudad de su infancia, la ciudad de su adolescencia, la ciudad de su ambición, y se sentía perdido.

- A lo mejor permaneceremos perdidos juntos para siempre.

- Su olor cálido y fragante perduraba en sus fosas nasales allí donde iba, una brisa de perpetua primavera en medio de la nieve fangosa de Manhattan del desabrido febrero...

- .. él había llegado no solo a necesitarla, sino a amarla más intensamente que nunca: no como un trofeo que hay que conquistar, no como un competidor a derrotar, no como un hábito demasiado continuado como para romperlo, sino como una pareja con todas las de la ley, que era piel de su piel, la cabeza de su corazón y el corazón de su alma.

P.D.- Aunque alguien piense que es un tema duro ("no estoy para leer historias tristes"), que nadie deje de leer esta novela.

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...