Pestañas

Mostrando entradas con la etiqueta lectura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta lectura. Mostrar todas las entradas

25 junio, 2012

Lectura de amor y cólera en Nueva York


Portada de Arnoldo Mondadori Editori
Después de un Gabo enlacé con otro Gabo, así es como llegó el turno de leer «El amor en los tiempos del cólera» en una primera edición de Bruguera (Diciembre, 1985) de su colección Narradores de Hoy que, tengo que confesar, no sé de dónde salió.

"Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados", así comienza la novela que "refiere la epopeya sentimental de un amante repudiado que en el curso de su larga vida, desde el furioso incendio juvenil hasta las brasas crepusculares de la vejez, ha mantenido una infidelidad inquebrantable a la antigua novia". Así, de forma tan dramática, se resume en la solapa interior lo que uno encuentra en este libro de García Márquez. Y si a alguien le mueven a la curiosidad esas lineas lo mejor que puede hacer -yo lo recomiendo- es dejarse conmover por esta historia de amor en los tiempos del cólera. Hay muchas novedades en las librerías pero uno nunca se equivoca si prefiere dejarse seducir por el Nobel colombiano.

Algunas frases que subrayé mientras leía:

- "La miró de frente con los cinco sentidos para fijarla en su memoria como era en aquel instante: parecía un ídolo fluvial, impávida dentro del vestido negro, con los ojos de culebra y la rosa en la oreja".

- "... y tan cerca de ella que percibió las grietas de su respiración y el hálito floral con que había de identificarla por el resto de su vida".

- "Era todavía demasiado joven para saber que la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos...".

- Había una casa abajo, junto al estruendo de las olas desbaratándose contra los cantiles, donde el amor era más intenso porque tenía algo de naufragio".

- "... y sólo entonces descubrió que se le estaba pasando la vida. Lo estremeció un escalofrío de las vísceras que lo dejó sin luz...".

- "Sentía que el tiempo de la vejez no era un torrente horizontal, sino una cisterna desfondada por donde desaguaba la memoria".

P.D.- «El amor en los tiempos del cólera» ha sido mi última lectura en los años que he vivido en Nueva York. Terminé de leer la novela recostado en una farola de la calle 77 -buscando la luz que una noche del mes de junio me robaba-, en la esquina con Columbus Avenue, sorteando inmóvil a los transeúntes del paso de cebra y al lado de la bulliciosa terraza de Isabella's.

05 marzo, 2012

Con libros o sin ellos



"A veces me gustaría que los libros fueran como cassettes"
Raro es el día en que no leemos o escuchamos algo sobre ese tira y afloja que se traen el libro tradicional y el libro electrónico, sobre quién logrará llevarse el gato al agua, sobre qué modelo han de seguir los editores y los libreros para no perder comba, sobre qué precio debe de tener este último si ya no está hecho de papel ni tiene tapas, sobre si los lectores prefieren el olor del papel o las manchas de la tinta electrónica, en fin, sobre qué será de eso que hasta ahora conveníamos en llamar libro, y sobre lo que a nadie se le ocurría cuestionar su naturaleza.

Al fin y al cabo el libro, de papel o electrónico, está en el centro de toda este torbellino cuando realmente es lo único que separa -o bien lo que une- al autor y su lector. Estamos hablando, obviamente, del libo como objeto, pero no de la obra en sí misma, el relato o la historia -en el caso de la ficción- que ha salido de la cabeza de su autor. El escritor podría leer su obra en un teatro en voz alta, como un compositor interpreta su música en un escenario para que sea escuchada. ¿Cómo iba a esperar un Mozart o un Beethoven que su música sería escuchada algunos cientos de años después fuera de las salas de concierto, primero en un gramófono, después en un tocadiscos y en una cassette, más tarde en un compact-disc, luego en un reproductor mp3, en un ordenador y, finalmente, con unos auriculares conectados con cables o sin ellos a nuestro teléfono móvil? 

El reproductor está en nuestro cerebro
Imprenta de Gutemberg
Esta carrera desenfrenada en la evolución de los reproductores musicales ha sido sin embargo especialmente lenta, contada en varios siglos, en el caso de los reproductores de la palabra, básicamente uno solo -el libro con mayúsculas- gracias al increíble ingenio de Gutemberg. Es verdad que los copistas medievales ya componían libros preciosos, pero fue al alemán a quien se le ocurrió la forma de multiplicar casi hasta el infinito la obra escrita de un autor. Pero si me apuran más, incluso con la enorme ventaja que supuso la invención de la imprenta de tipos móviles, una diferencia fundamental con la música es que en el caso de la literatura, por ejemplo, -y sea cual sea el soporte físico- el reproductor está en nuestro cerebro para convertir letras y palabras -electrónicas o impresas en papel- en las imágenes, sentimientos y sensaciones que el escritor ha querido sugerir. 

Intentar adivinar el futuro del libro es complicado; nadie tiene la bola de cristal para saber cómo será o en qué tipo de soporte se convertirá en pocos o muchos años, pero de lo que no hay duda es de que seguirá habiendo gente con ganas de contar historias y mucha más gente con ganas de leerlas. Con libros o sin ellos siempre nos quedarán autores y lectores. Mientras llegue ese momento sigamos leyendo.

P.D.- «A veces me gustaría que los libros fueran como cassettes. Cartuchos que uno pudiera insertarse directamente al cráneo. No estoy hablando de audiolibros ni de evitar la lectura. Hablo de que ya habiendo leído el libro, poder cualquier jodido día, rememorar la sensación que el libro te dejó al terminarlo, pero en el tiempo que dura una canción». Es lo que dice Pierre, el autor de la ilustración que acompaña esta entrada, en su blog hueso hueso.

13 febrero, 2012

La teoría del descubrimiento lineal


Todos tenemos un escaner lector.
Plantarse delante de un cuadro en una galería de arte o en un museo significa descubrir la pintura en su totalidad de un solo vistazo. Después, inmediatamente -haciendo un barrido minucioso sobre la superficie con el escaner personal que todos llevamos dentro-, la mirada se detendrá en los detalles, en algún objeto concreto, en las tonalidades del color, la perspectiva, el efecto de la luz o en el rostro de algún personaje retratado. Así, tratamos de descifrar algunos significados, interpretar de la mejor forma posible lo que vemos hasta que nuestro cerebro se forma una idea precisa de lo que hemos visto. Entonces somos capaces de emitir un juicio: nos gusta o nos gusta; nos dice algo o no nos dice nada; nos emociona o nos defrauda; nos enamora o nos deja indiferentes.

Un buen comienzo
Este proceso -con más o menos matices- se repite en la pintura y en la fotografía, pero no así en la literatura -ni tampoco en el cine-, donde el descubrimiento de la obra no es inmediato, a primera vista, sino lineal. En este caso, y a donde quiero llegar, es que un buen comienzo resulta por lo tanto esencial. Puede ser una frase, un párrafo o la primera página, pero sin duda ayudará a que nos quedemos plantados delante del libro hasta que ese escaner maravilloso que tenemos en el cerebro que nos permite leer, imaginar e interpretar lo que no podemos ver nos permita descubrir la belleza que contiene el libro en su totalidad.

Siempre que pienso en estas cosas, que tampoco es todos los días ni a todas horas, recuerdo con verdadero asombro el comienzo de la novela de un escritor español de renombre que leí hace ya quince años. Así comienza el relato:

Se abrió la blusa...
«No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados. Cuando se oyó la detonación, unos cinco minutos después de que la niña hubiera abandonado la mesa, el padre no se levantó en seguida, sino que se quedó durante algunos segundos paralizado con la boca llena, sin atreverse a masticar ni a tragar ni menos aún a devolver el bocado al plato; y cuando por fin se alzó y corrió hacia el cuarto de baño, los que lo siguieron vieron cómo mientras descubría el cuerpo ensangrentado de su hija y se echaba las manos a la cabeza iba pasando el bocado de carne de un lado a otro de la boca, sin saber todavía qué hacer con él».

Ya sé que es un principio trágico y que puede resultar desagradable para alguien pero ¿de verdad que no dan ganas de continuar leyendo y descubrir qué sucedió después, qué hizó ese padre y por qué su hija se quitó la vida, o qué nos quiere hacer ver el autor?

P.D.- Pensaba haber dicho quién es el escritor pero prefiero no hacerlo por si alguno lo habéis leído y lo queréis compartir o por si, no habiéndolo leído, os atrevéis a sugerir un nombre. Después de elucubrar sobre la teoría del 'descubrimiento lineal', y ya que has llegado hasta aquí, estoy dispuesto a regalar la novela a quien lo descubra y lo comente.

06 febrero, 2012

A vueltas con la literatura y la calidad


Esta semana pasada -mientras avanzo a trancas y barrancas en la lectura del libro que me ocupa- he podido leer tres textos de distinta procedencia que, aunque desde ángulos distintos también, hablaban de literatura y calidad literaria. Se trata de una entrada (Alma, literatura y un lucio) de Bárbara, autora del blog Dame una tregua; del filósofo y escritor Fernando Savater, en su artículo publicado en El País (Defectos especiales), y de una columna de la escritora mexicana Cristina Rivera Garza (Contra la calidad literaria) en el periódico mexicano Milenio. Merece la pena leer los textos completos con atención pero me pareció interesante dejar aquí para vosotros un esbozo de lo que contienen.

Cierta forma de escritura en papel
Para empezar, un asunto interesante ese de tratar de definir lo que es literatura, como reconoce Bárbara: «La verdad es que esto de la literatura, sobre todo la que lleva MAYÚSCULAS, es un asunto espinoso, más espinoso que un lucio, y que deja así como un poco boquiabierto también». Sin embargo, Cristina Rivera Garza no tiene ninguna duda y aborda la cuestión desde una visión más crítica cuando afirma que la literatura «no es un sinónimo de buena escritura o de escritura de calidad. La literatura es el nombre que se la ha dado a una cierta forma de escritura que se publicó en papel, usualmente en la forma de libros, y que se constituyó en elemento hegemónico para la formación de cánones a lo largo del periodo moderno».

Savater no entra directamente a definir la literatura en su artículo pero nos dice algo muy interesante que también tiene que ver con los cánones de lo literario. En literatura, afirma, como ocurre también en otros muchos campos, «se hace admirar lo que cumple las pautas y se hace amar lo que las desafía». Lo explica de una forma maravillosa al inicio de su artículo: «¿Cuál es la diferencia entre un rostro bello y uno realmente atractivo? Pues que el bello omite los defectos y el atractivo los tiene, pero irresistibles. La perfección que respeta todas las normas clásicas merece el encomio gélido del museo, pero cuando la imperfección acierta nos la queremos llevar a casa y vivir con ella y para ella». Algo, la calidad, que Rivera Garza, autora de libros como Verde Shanghai, deja en las manos responsables del lector: «La calidad, definida como el conjunto de propiedades que permiten juzgar el valor de algo, no es, por otra parte, inherente al texto. No hay nada, de hecho, inherente al texto. No hay nada que venga del texto sin que esto haya sido invocado por el lector. Mejor dicho: lo único inherente al texto es su cualidad alterada».

Insignes kilos de sesos
En términos de calidad Fernando Savater, recordando el caso de Tolkien y otros como Graham Greene,-y para poner de manifiesto que para algunos ser un escritor popular es lo contrario a ser un buen escritor-, dice irónicamente que «¡Cuándo sus libros gustan a tantos algo debe ser de baja calidad, por lo menos la prosa!». Por eso cree que la concesión del Nobel es una anécdota que no debe magnificarse. «Quienes lo han ganado sin duda lo merecían, aunque otros tampoco hubiesen desentonado en su palmarés: Tolstoi, Proust, Joyce, Kafka, Baroja, Borges... Cada uno con su prosa y sus defectos especiales, que les censuran los académicos y tanto les agradecemos los lectores». Bárbara también tiene su propia opinión sobre los académicos, a quienes dedica un bonito calificativo: «Que la literatura es alma al fin y al cabo y que probablemente haya más verdad en un trocito de alma volátil e invisible que en varios tomos de historia de la literatura pergeñados por insignes kilos de sesos».

Cristina Rivera Garza
Rivera Garza introduce finalmente una variable muy interesante al hablar de lo literario -la tecnología- tan en boga en estos tiempos revueltos en  el mundo editorial: «¿Por qué habría de pedírsele a todo texto que parezca como si hubiera sido escrito con la tecnología y los estándares de conducta de sus congéneres del XIX? Pues porque una pequeña elite temerosa de perder los cotos de poder que refrenda su estética lo sigue argumentado aquí y allá en la plaza pública. Por mi parte, estoy convencida de que todo mundo tiene derecho a seguir escribiendo su versión propia del texto del XIX, ciertamente. Lo que esos neoconservadores no pueden hacer ya es esgrimir una noción de lo literario, que es histórica y contingente, como si se tratara de un estándar natural o intrínseco a toda forma de escritura. Seguiré siendo una admiradora de Dostoievsky hasta el último de mis días y, con seguridad, parte de mi trabajo seguirá produciéndose en papel, pero de la misma manera me entusiasman, y mucho, las posibilidades de acción que traen al oficio de escribir las transformaciones tecnológicas de hoy». 

P.D.- Ahora todos a leer, todos a disfrutar de un libro, todos a regodearnos con la literatura, con cualquier clase de literatura... ¡No hay literatura sin lectores!

16 enero, 2012

Yo quiero ser editor



© Cherry clockwise
Lo de ser lector aficionado está muy bien pero le convierte a uno en un sujeto pasivo, un parásito que  vive la vida de miles de personajes instalado en  la comodidad de su propia butaca. Aparte del disfrute que obtiene del hecho de leer, el lector únicamente es dueño de su poder de elección sobre qué leer y cuándo hacerlo. Sin embargo, si te gusta leer pero también te gusta el mundo de los libros en general y quieres dar un paso más, aventurarte en otros vericuetos relacionados con ese objeto que utiliza el lector, lo mejor es abandonar la butaca y pasar a la acción. Y para ello se me ocurre que se pueden tomar varios caminos: el primero, el más comprometido quizá, es convertirse en escritor, pero  otras opciones (¿más sencillas?) son también convertirse en editor, en librero o en crítico. Todos esos sujetos  a los que  Enrique Redel, editor de Impedimenta, se refiere como "las gentes del libro" en una entrada del blog Papeles Perdidos, Avatares de un editor en el Parque del Retiro: «Las gentes del libro, para el lector de a pie (para cierto lector) somos todos una masa homogénea de autores, editores, traductores y vendedores, intercambiables, fungibles, sustituibles». Entre las gentes que yo mencionaba (es cierto, había olvidado -como casi siempre sucede- a los traductores), cada uno tiene obviamente su papel. Simplificando mucho: uno ha de escribir el texto, el otro ha de cuidar su presentación y convertirlo en un libro; el tercero,ha de vender el producto y, el último, realizar una crítica o comentario sobre el mismo. 

Sobre todo un buen lector
Entre todos ellos, y descartando al escritor, pues realizar bien su tarea me parece más un don otorgado por la divinidad que el resultado de una destreza humana (no confundir escribir con redactar), es el trabajo del editor el que más atractivo tiene para mí. Por descartar: el librero tradicional es, en definitiva, un comerciante que a pesar de su vocación y el amor que pueda demostrar por la materia que vende, al final tiene que hacer balance  entre lo que vende y lo que ingresa. Y el del crítico es un papel muy poco agradecido, siempre haciendo de malo, siempre sujeto -a pesar de su pericia- al error cuando como el árbitro de fútbol enseña su tarjeta amarilla o roja al autor y su novela y, sin embargo, la afición -los lectores- no entienden su decisión. En cualquier caso, tampoco conviene olvidar la opinión de T. S. Elliot: «Algunos editores son escritores fracasados, cosa que también se puede decir de la mayoría de escritores».

Aún así me quedo con el papel del editor, en principio de más glamour, aunque no sé muy bien qué pensar después de lo que dice un editor, otra vez Enrique Redel, sobre sus condiciones de trabajo: «Nuestro hábitat es el oscuro despacho, la polvorienta biblioteca, la pacífica cola de la oficina de correos». Y después, también, de que algunos autores piensen que internet les permitirá encontrar lectores directamente sin pasar por un editor. En este punto me consuela lo que leía estos días en el blog de Jordi Puntí (Solo de Underwood) en una entrada titulada precisamente La edición sin editores: «La lógica dice que debería ser al contrario: a fuerza de leer textos abstrusos y sin calidad, pronto nos daremos cuenta de que el editor de texto es esencial para distinguir entre literatura e incontinencia verbal». Claro, también yo me refiero a un editor literario, no a un editor de libros de texto o de catálogos de viajes, que tienen todo mi respeto, aunque aquí Puntí echa un jarro de agua fría cuando afirma que «cada vez es menos cierto ese axioma que definía la edición literaria: un buen editor es sobre todo un buen lector».

El sexto mandamiento y la felicidad
Dicho todo lo cual, a mí me gustaría leer un texto inédito y poder decidir su publicación; intercambiar ideas y puntos de vista con el autor; elegir una tipografía determinada y decidir una portada con el diseñador; quizá crear una nueva colección de títulos; plantear una estrategia de lanzamiento para un libro; calcular la tirada adecuada; asistir a una presentación acompañando al autor; recibir una buena crítica en los suplementos literarios; ver el libro en los escaparates de las librerías, a un lector leyendo ese mismo libro en el metro y leer sus comentarios favorables en algunos blogs literarios. En definitiva, realizar un trabajo creativo con la materia que te gusta -las letras, los libros, la literatura- de principio a fin. Seguro que no es esta la mejor descripción del trabajo de un editor pero es lo que uno imagina que más se le parece. Me quedo con el sexto mandamiento de Manuel Borrás en su Monólogo del editor: «respetar escrupulosamente a autores y lectores, un mandamiento que proviene del anterior, sentir un respeto casi religioso por la cultura escrita».

Hablando de mandamientos, "yo confieso", como diría Jaume Cabré, que en mi próxima reencarnación quiero ser editor, porque dice Jacobo Siruela en la Revista Ñ que «la tarea del editor del siglo XXI es recuperar la felicidad de editar».

P.D.- Si tengo la fortuna de que algún editor lea esta entrada quizá le haría pensar en organizar una actividad del tipo «24 horas en la vida de un editor». Si es así, yo me apunto. 

09 enero, 2012

Razones para elegir un libro y leer



Ando despistado. En el ámbito de la lectura, me refiero. No sé si es por el cambio de ciudad, de trabajo, de año, por el barullo de las fiestas de Navidad o por todo al mismo tiempo, pero el caso es que no tengo claro todavía cuál será el itinerario de mis próximas lecturas.

Pero, ¿qué debería leer? ¿cuáles son los libros a los que dedicaré mi tiempo, poco o mucho? A propósito de esta pregunta he leído estos días en varios lugares algunas razones -expresadas mucho mejor de lo que yo lo haría- sobre lo que nos mueve a los lectores a la hora de elegir nuestras proximas lecturas. Primero fue en la reseña escrita por Juan Francisco Uriarte en el blog Luchalibro sobre «Cuentos reunidos», del noruego Kjell Askildsen:

«¿Cómo elegir un libro? ¿Cómo decidir a quién entregar nuestras horas de lectura? ¿Cómo zambullirmos en el mundo de un escritor desconocido? Las respuestas a estas dudas pueden ser infinitas, pero entre las más frecuentes podríamos situar las recomendaciones de algún amigo, las críticas de un medio reconocido y respetado, o la llana absorción de un nombre impuesto por las trompetas de la industria editorial. Otro caso, casi siempre fructífero y con final feliz, suele ser seguir la opinión y los gustos de los escritores que nos apasionan. Pasar las páginas que ellos recorrieron para ser lo que son, rastrear sus huellas lectoras con vocación de sabueso».

Probablemente no son estas todas las razones posibles a la hora de elegir un libro per sí las más comunes. Supongo que todos hemos elegido alguna de ellas en alguna ocasión, incluida -al menos es mi caso- el sonido agudo y estridente de las trompetas de la industria editorial. Sin embargo los libreros dirán también, con toda razón, que ellos también son agentes principales a la hora de la prescripción. Y el azar, se me ocurre. ¿Quién no se ha topado con un libro que nunca hubiera sospechado elegir y sin embargo resultó convertirse en un encontronazo feliz?

Precisamente esta forma casual, «...vagando aburrido entre libros en busca de lectura, como el borracho que brujulea por los bares mendigando la invitación de un trago», es la que encontré después en un artículo de Sergio Campos Cacho (Un whisky para don Gonzalo) sobre Torrente Ballester en la revista cultural Jot Down. Reconozco que me hizo sonreír pues así me encuentro ahora, despistado y mendicante de lectura. Otros menos dados a la casualidad piensan, como Alfredo Álamo en el blog de Lecturalia (¿Es todavía necesaria la crítica literaria?), que «la mayoría de la gente, hoy por hoy, busca la prescripción literaria. Quiere que alguien le diga si un libro es bueno o malo, si le gustará o no, si merece la pena perder unas cuantas horas, días o incluso meses, con una historia que puede elegir entre cientos de otras novedades». 

Otra pregunta diferente que podemos hacernos es la que formula Forges en la ilustración de esta entrada: por qué leemos. J. Ernesto Ayala-Dip, en un buen artículo en El País (¿Quién teme a los lectores?), se preguntaba lo mismo y responde: «¿Sabemos todos para qué tenemos que leer? ¿Tenemos que hacerlo para formar parte de un reducido club? No creo que sea para eso. Para cualquier propósito, menos para ese. Pero sí creo que es necesario hacerlo para ganarnos el derecho a una mayor calidad estética, ética y lúdica en nuestras vidas». Cualquiera que sean las razones por las que uno lee y sea cual sea nuestra elección, finalmente, concluye, «cada uno es responsable de lo que lee». Y yo no puedo estar más de acuerdo.

P.D.- Por caridad, tanto si eres conocido, amigo, crítico literario o trompetero de la industria editorial, ¿tienes alguna recomendación para leer? Dios te lo pague.

26 diciembre, 2011

26 libros y diez mil páginas

26 son los libros que he leído en 2011.
Termina este año 2011 y parece que es el momento de hacer balance de todo, incluso de lo que uno ha leído. Pero no lo haría yo si no hubiera sido porque hace pocas semanas descubrí que la aplicación que traslada mi librería al mundo virtual -Anobii- ya lo había hecho por mí. Por eso sé ahora que en 2011 he leído 26 libros, con un total de casi diez mil páginas, en concreto -por lo visto ni una más ni una menos- 9699 páginas. Pero también lo que leí un año antes: 14 libros y 4420 páginas. De esa forma se puede ver que prácticamente he doblado el número de libros  de 2010, algo que efectivamente ha sucedido en el caso del número de páginas leídas. Y puedo deducir, por tanto, que he leído de media poco más de dos libros al mes o, lo que es lo mismo, 808 páginas mensuales, o unas 27 páginas diarias.; y que cada uno de los 26 libros tenía una extensión media de 373 páginas. En definitiva, pura estadística de andar por casa. Pero ¿tiene sentido este tipo de análisis cuantitativo? Creo que ninguno, más allá de la curiosidad y del valor simbólico que cada uno le quiera otorgar.

Placer solitario
Todo este preámbulo me sirve para intentar responder a una pregunta: ¿leo mucho o leo poco? Me lo pregunto porque hay gente que me conoce, que sabe que me gusta leer y que escribo este blog sobre libros, y piensa que me paso todo el tiempo leyendo. Diez mil páginas en un año ¿son muchas o pocas?; 26 libros al año ¿son muchos o pocos?; leer 27 páginas al día ¿es mucho o es poco? La respuesta inmediata es que habrá gente que al cabo del año lea más o mucho más que yo y gente que lea menos o mucho menos que yo. Tampoco sé si la intensidad e la lectura debe medirse en términos de cantidad o de calidad.  En mi caso leo lo que quiero, al ritmo que quiero, lo que puedo y lo que me apetece, sin ningún objetivo predeterminado. Sé de algunos, sin embargo, que se fijan por ejemplo una meta de 50 libros al año, como si alcanzar esa cifra diera la justa medida de su voracidad lectora y conseguirlo les hiciera merecedores de la medalla al mérito lector. Yo entiendo la lectura como un placer solitario, lento y pausado, donde uno -si lo que lee le gusta o incluso le conmueve-, no tiene ninguna prisa por terminar.

Mis 26 libros de 2011
Por si a alguien le interesa, y a modo de resumen del año, estos son los 26 libros leídos en 2011 -en orden cronológico-, que he ido comentando en La Palabra Infinita (puedes hacer click sobre cada titulo para ver su correspondiente entrada):

1.- El arma de los invisibles (Jose Manuel García-Otero).
2.- Ojos de agua (Domingo Villar).
3.- El tiempo envejece deprisa (Antonio Tabucchi).
4.- La casa verde (Mario Vargas Llosa).
5.- Sukkan Island (David Vann).
6.- Érase una vez Manhattan (Mary Cantwell).
7.- La vieja sirena (José Luis Sampedro).
8.- La cuarta carabela de Colón (Carlos Oviedo).
9.- Lo que me queda por vivir (Elvira Lindo).
10.- El cementerio de Praga (Umberto Eco).
11.- Norte (Edmundo Paz Soldán).
12.- Ventanas de Manhattan (Antonio Muñoz Molina).
13.- El valor de educar (Fernando Savater).
14.- La playa de los ahogados (Domingo Villar).
15.- Vive como puedas (Joaquín Berges).
16.- El jinete del silencio (Gonzalo Giner).
17.- Los enamoramientos (Javier Marias).
18.- 1Q84 (Haruki Murakami).
19.- Un matrimonio feliz (Rafael Yglesias).
20.- Bestiario (Julio Cortázar).
21.- Hoy, Jupiter (Luis Landero).
22.- Emaús (Alessandro Baricco).
23.- Los detectives salvajes (Roberto Bolaño).
24.- Necrópolis (Santiago Gamboa).
25.- Desiertos de la luz (Antonio Colinas).
26.- Libertad (Jonathan Franzen).

Además, he seleccionado en negrita mi propia lista de los 10 libros que, por diferentes razones, más me han gustado, aunque me duela dejar fuera -por no sobrepasar la decena- las dos novelas policiacas de Domingo Villar. Lo que sí me hace alguna ilusión es que entre esta lista figuren el primer y segundo libro (Los enamoramientos y Libertad) de la lista de los 25 mejores libros de 2011 que publica El País. Por último,  algunas curiosidades: de los 26 dos fueron e-books (Sukkan Island y Los enamoramientos), que entre todos ellos solamente uno (Sukkan Island) lo leí en inglés, que uno era un ensayo (El valor de educar) y otro un libro de poesía (Desiertos de la luz).

P.D.- Confieso que en esta última semana del año probablemente tenga tiempo para leer otro libro, que haría el número 27, aunque prefiero no tenerlo en cuenta porque -llegados a este punto- descolocaría por entero la redacción de esta entrada.

05 diciembre, 2011

Modos de leer y derechos del lector

La lectora (G. M. Ceballos)
Esta semana me he encontrado con dos textos que hablan sobre la lectura y los lectores, dos partes de la misma ecuación. El primero  de ellos -sobre el modo de leer- en ojosdepapel.com Se trata de una reseña de hace ya varios años sobre una biografía de Borges escrita por Fernando Savater, «Jorge Luis Borges, la ironía metafísica» (Ediciones Omega, Barcelona 2002). El segundo -sobre los derechos del lector- en una entrada en El Taller Literario-Blog para escritores, titulada Los 10 derechos imprescriptibles del lector de Daniel Pennac, de quien después he sabido que es un escritor francés.

Aunque recomiendo leer ambos textos, me permito transcribir aquí alguna de las partes que más me llamaron la atención en cada uno de ellos: 

¿Qué significa tener todos los libros leídos?
«Leer todos los libros no es especializarse perezosamente en una competencia para así agotar los volúmenes de esa materia; leer todos los libros no es aherrojarse, no es contentarse con un plan o un itinerario de obras y de textos, parejos y comunes, no es marcarse los ejemplares en un orden sucesivo y previsible para evitar decepciones y sorpresas. El mejor modo de leer, aquel en el que acto es formativo hasta volverse propiamente un arte, es el del riesgo, la indisciplina, la intuición errabunda, la reconstrucción tentativa de un camino, de los atajos y senderos. No hay un plan, hay un tanteo que nos lleva a la gran literatura sin orden, en un continuo vaivén, buscando que aquel libro posterior fertilice la lectura del anterior, buscando que las referencias múltiples y contradictorias nos llenen el interior. Ése era el modo paradójico de lectura que proponía Borges.

[...] Leer desordenadamente es hedonismo, es entusiasmo y es placer, es buscar resonancias, es acceder a las obras para dejarse sorprender, para hallar a nuestros interlocutores, para hacer y rehacer nuestros modelos de excelencia y de deleite»

Los derechos del lector
«Como cualquier enumeración de derechos que se respete, la de los derechos a la lectura debería empezar por el derecho a no hacer uso de ellos —y en este caso con el derecho a no leer—, sin lo cual no se trataría de una lista de derechos sino de una trampa viciosa. Para comenzar, la mayoría de los lectores se conceden a diario el derecho a no leer. Mal que le pese a nuestra reputación, entre un buen libro y una mala película de televisión, la segunda sale ganando con más frecuencia de lo que nos gustaría confesar».

P.D.- Ya he entrado en la recta final de «Libertad», de Jonathan Franzen. 

17 octubre, 2011

Sobre un poeta, un cepillo de dientes, la promoción de una escritora y dos nuevos libros

Arne Dedert (EFE)
Sigo leyendo con deleite a Bolaño y sus detectives salvajes. Por eso y porque el ocio y el trabajo me han robado estos últimos días el tiempo necesario para escribir no pude acudir a mi cita con el blog el lunes pasado.

Un poeta
Sin embargo, sucedieron cosas interesantes por el medio, por ejemplo, descubrir a Pedro Garfias en la propia novela de Bolaño: "Y estaba sentada en el wáter, con las polleras arremangadas, como dice el poema o la canción, leyendo esas poesías tan delicadas de Pedro Garfías", el poeta español que murió en Monterrey (México) en 1967. La curiosidad venció a mi ignorancia y descubrí con sorpresa que Garfias fue un poeta de la vanguardia perteneciente a la Generación del 27, autor del poema Asturias (Poesías de la guerra española, México, Minerva, 1941), cuyos versos sirvieron a Víctor Manuel para componer la bellísima canción que ahora es considerada como un segundo himno de Asturias.

Un cepillo de dientes
También estos días, que han visto celebrar LIBER (la feria española de la industria editorial), en Madrid, y la Feria del Libro de Frankfurt, donde se negocian los derechos de autores y libros para todo el mundo, me hicieron pensar algo mientras me cepillaba los dientes una noche: por qué -como algunas piensan o nos quieren hacer pensar- los nuevos libros digitales serán algo muy distinto de lo que ahora conocemos. Dicen que incorporarán vídeo, que conectarán con otros lectores que lean al mismo tiempo e incluso con el propio autor, con el que podremos dialogar; que incorporarán una versión en videojuego; que veremos fotografías y escucharemos las músicas de lugares y canciones que aparezcan en el texto y que, en definitiva, estaremos ante algo tan nuevo y diferente que ni siquiera podrá llamarse libro. Y aquí es donde yo pensé -cepillo en mano- que otras disciplinas, a pesar de los embates de la tecnología, apenas han cambiado su esencia. Al cine mudo sucedió la voz; al cine en blanco y negro el color; al cine de andar por casa los efectos especiales; al cine analógico el digital; al cine plano el 3D; al cine en las salas el DVD e Internet...

¿De verdad todas estas transformaciones han variado la esencia de una película, que no es otra -a mi juicio- que el contar una historia a los espectadores? Pues creo que lo mismo sucede con el libro. De papel o digital, con ilustraciones o con vídeos, su esencia, el núcleo central y lo que capture la atención del lector será la historia narrada.Y parte del valor del libro tradicional como ahora lo conocemos -formado por páginas de texto-, es lo que sugieren las palabras en la mente del lector, que sin ver ni tocar lo que se narra (no vemos los paisajes, ni los rostros de los personajes, ni las calles que transitan) es capaz de evocar y soñar con esos personajes y con los mundos que crea o recrea el autor. En la era de la imagen, no ver todo lo que se nos cuenta sigue siendo sin duda un valor inestimable.

La promoción de una escritora
La vida después
Pues en esas estaba cuando Marta Rivera de la Cruz (@MartaRiveraCruz) me invitaba en Twitter a visitar la web de su nueva novela www.lavidadespues.es de la que ya había leído el primer capítulo avanzado también por ella. En definitiva, labores y tácticas de promoción que yo entiendo perfectamente pues como si de cualquier otro oficio se tratara -y ella misma reconoce sin pudor en Twitter- "los libros hay que escribirlos, pero luego hay que venderlos". La escritora, nacida en Lugo en 1970, también señala con total sinceridad que "Necesito lectores. Muchos. Como el comer. Las novedades me amenazan, y Ruiz Zafón está a la vuelta de la esquina". Yo no he comprado el libro y no sé si lo haré porque al contrario de lo que le ocurre a un escritor, que centra todo sus esfuerzo y esperanzas en un libro concreto, la oferta para el lector tiende siempre al infinito, lo contrario de su capacidad de selección y sin duda de su presupuesto.

Dos nuevos libros
The Art of Fielding
Y hablando de libros, en estas dos semanas compré dos nuevas novelas en Amazon: la opera prima de Chad Harback, el amigo de unos amigos, que ha tardado diez años en escribir The Art of Fielding, y Necrópolis, publicada en 2009 por el escritor colombiano Santiago Gamboa (Bogotá, 1965). De la primera, el propio Jonathan Franzen, el afamado autor de Libertad, ha dicho: "Reading The Art od Fielding is like watching a hugely gifted young shortstop: you keep waiting for the errors, but there are no errors. First novels this complete and consuming come along very, very seldom". Sobre la segunda, tenía ganas de leerla desde que escuchara al escritor en una conferencia en Nueva York junto a otros tres escritores latinoamericanos.

P.D.- En el tiempo de ocio (Columbs Day nos regaló tres días), un viaje nos llevó hasta Washington (donde puse cara y voz a @eRomanMe), Baltimore y una granja Amish en Lancaster (Pennsylvania). El ticket de entrada a la granja ($8,50) me sirve ahora como marcapáginas en Los detectives salvajes de Roberto Bolaño.

09 mayo, 2011

La cadena de lectura

Eslabones de la cadena
Preguntar por qué leemos (entendiendo leer por devoción, no por obligación) tiene muchas respuestas y todas -salvo para algún erudito en la materia- bastante simples. Sin embargo, preguntarse por qué leemos los libros que leemos no sea probablemente tan sencillo de responder. No es que haya pocas respuestas, sino que las razones que demos sean mucho más dispares. Las habrá sin duda en ambos extremos: aquellos que simplemente se dejen llevar por la casualidad sin aplicar criterio alguno -y lean cualquier cosa que caiga en sus manos-, y aquellos otros que lo tengan tan claro que no se salgan jamás del guión de su preferencia.

Pero lo normal, al menos para una inmensa mayoría de lectores, es que nos dejemos influenciar por algo o por alguien a la hora de elegir el libro que nos llevaremos a la mesilla de noche. Y eso es algo que desde hace algún tiempo me llama la atención: qué es lo que determina el rumbo de nuestras lecturas y, sobre todo, qué nos lleva de una a otra a lo largo de nuestra vida como lectores.

Antes no era algo que me preocupara especialmente. Un libro tenía vida propia pero no estaba relacionado en ningún caso ni con el anterior ni con el posterior. Ahora sin embargo observo que hay -no sé cómo llamarlo- una fuerza, un código, una fórmula secreta que va uniendo unos libros a otros como eslabones de una larga cadena de lectura, como un hilo fino e invisible que los hilvanara a todos ellos.

Bueno, debo decir que es únicamente la expresión apenas esbozada de una teoría fantástica (en todos los sentidos). Aquí queda la reflexión por si a alguien le hace pensar y encuentra la razón que guía sus pasos como lector e identifica cómo construye su cadena y con qué tipo de eslabones. Estos pueden ser, a su vez, tradicionales eslabones de papel -muy resistentes-, o nuevos eslabones electrónicos, muy recomendables por su poco peso.

Pero eso ya es harina de otro costal.

11 abril, 2011

«La vieja sirena», un viejo 'bestseller' literario

Publicada en 1990


Leer «La vieja sirena» (Ediciones Destino), de José Luis Sampedro, es recorrer un camino de casi 700 páginas a través de un episodio de la historia de Alejandría cuando la ciudad egipcia formaba parte del Imperio Romano, allá por el siglo III. Pero es al mismo tiempo un camino que se hace ligero y delicioso por la historia de amor y pasión que relata -un amor poético pero lleno de sensualidad- que tiene por protagonistas a un navegante de Alejandría y a su esclava.

Cuando comencé el libro no tenía ninguna referencia sobre lo que iba a leer -en una especie de cata a ciegas pues ni siquiera acostumbro a leer las solapas-: ni sobre el tema, la época o el estilo. Y ante mi sorpresa me encontré con una "novela histórica", pero a la vez tan actual por los temas que describe, que te atrapa desde las primeras páginas y te arrastra hasta su final. Aunque como explica Sampedro en el apéndice "nunca pretendí hacer historia, sino comprender mejor el amor y el poder, esas dos grandes pasiones de todos los tiempos". Sin duda estaba leyendo un bestseller, pensé. Un libro publicado hace ya 20 años, del que yo no sabía nada pero que, sin embargo, podría estar hoy en las mesas de novedades de las librerías y vender miles de ejemplares. Quizá ese era el objeto de esta reedición de 2009.

Digo que pensé en un bestseller porque reúne todos los ingredientes: además de amor y poder, una aventura de intriga y pasión con el trasfondo de una época histórica muy atractiva. En este sentido, para Sergio Vila-Sanjuán, como leía hace unos días, la palabra bestseller tiene dos acepciones: "la de libro que ha vendido mucho, y por otra parte la que designa un género literario, básicamente una novela larga, muy entretenida, en la que suceden muchas cosas y que tiene poca calidad literaria”. No sé cuántos ejemplares ha vendido La vieja sirena desde su publicación pero sí que, desde luego, se trata de una novela larga y entretenida a la que sin embargo no le falta ninguna calidad literaria sino al contrario, pues podemos encontrar páginas muy interesantes tanto por la descripción de paisajes, personajes y sentimientos como por el lenguaje con el que están escritas. El propio Vila-Sanjuán admite también la existencia de este otro tipo de bestseller literario.

No diré más de la novela sino animar a su lectura, muy recomendable además para el tiempo de verano que se avecina. Y que espero volver a Sampedro, un escritor reconocido por sus obras sobre economía y otras novelas como La sombra de los días (publicada en 1994), La sonrisa etrusca (1985) o El amante lesbiano (2000).

  • Algunas frases que subrayé mientras leía: 

José Luis Sampedro (1917)
- "El tiempo es el viento más implacable: todo lo desgasta, lo erosiona, lo aniquila".

- "Vivimos en un tiempo en que se desea ser deslumbrado cuando lo que importa es que nos iluminen. Se valora más la técnica que la sabiduría..."

- "Porque es tocando fondo, aunque sea en la amargura y la degradación, donde uno llega a saber quién es, y donde entonces empieza a pisar firme".

- "La vida: no algo que se posee, sino que se es; cuando se pierde no somos".

- "De pronto sentí el rayo: tu mano no era tuya, tu brazo de plomo quebraba mi cintura, tu pecho no era ritmo sino piedra, tu sonrisa detenida para siempre aunque en tus pupilas aún lucía el horizonte".

- "Altísimo cedro abatido por el rayo, pero todavía unido a sus raíces".   

28 febrero, 2011

Libros con encanto

Hotel Aultre Naray, Asturias
Lo dije hace algunas semanas, que volvería sobre «Sostiene Pereira», la novela de Antonio Tabucchi que leí "en un tiempo y un lugar para mí inolvidables". Y aquí estoy para cumplir mi palabra.

Hace unos diez años que Ana y yo pasamos unos días en un pequeño hotel rural en Peruyes (Cangas de Onís), una localidad en la sierra de la Enclava, en Asturias, a los pies de los Picos de Europa.

Uno de esos lugares donde uno piensa que podría haber estado el paraíso, como un lienzo pintado en tonos verdes y grises sobre el que descansar la vista y el espíritu. Pero cuando llegamos a la perplejidad ante el paisaje se unió la sorpresa por el encanto del alojamiento. El Hotel Aultre Naray fue precisamente el origen de la denominación que luego se ha hecho tan familiar en España de "hoteles con encanto", que popularizaron Isabel Llorens y Carlota Mateos al crear el sello de calidad 'Rusticae' y crear una red con este tipo de hoteles diferentes.

Pero de aquel hotel recuerdo con especial cariño su pequeña biblioteca. Allí elegí para leer un libro fino y amarillo de Anagrama: Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi. Después de nuestras excursiones y paseos volvíamos a descansar en las butacas de aquel confortable salón con un libro en la mano. Era nuestra hora de leer.

Ha pasado tanto tiempo que apenas recuerdo algunos retazos de la historia de Tabucchi, pero lo que no puedo olvidar es el gozo con el que leí y disfruté de aquellas páginas, eso que ahora en otros ámbitos alguno llamaría pomposamente la "experiencia de usuario" del lector. Porque descubrí a un gran escritor y porque aquella novela siempre quedará unida al recuerdo de un espacio y un momento muy especiales, totalmente distinto y probablemente superior al que hubiera tenido leyéndolo en circunstancias normales. Por eso creo que no sólo es importante lo que leemos, sino dónde y cuándo lo hacemos, pues el poso que deja en nosotros la lectura puede variar como cambia un paisaje del día a la noche.

Aquella novela de Tabucchi será siempre para mí un libro con encanto, inseparable de la vista del salón que se abría a los Picos de Europa, de los panecillos caseros del desayuno, de los paseos por la playa de Ribadesella y de sus casas de indiano, de nuestra absoluta entrega al queso de Cabrales y la sidra, o del verde de los pastos y el gris de las nubes que acompañaban al rumor del río Sella.

PD.- Este fue el mío, pero también me encantaría saber dónde y cuándo leíste tu propio libro con encanto.

14 febrero, 2011

Libros en el camino

Libros en el camino
Hace tiempo escribí una entrada en este mismo blog que titulaba 'No consigo que lean'. Me refería a mis hijos y básicamente a mi rendición incondicional en el intento de que se aficionaran a la lectura y mi decisión de no volver a insistir: cuanto más se empeña uno en una cosa mayor rechazo produce, sobre todo a ciertas edades.

Han pasado algunos años y la situación no ha mejorado. A pesar de que nos han visto leer, de que siempre ha habido muchos libros en casa y de que, sin habernos podido morder del todo la lengua, de vez en cuando hemos insinuado con algún comentario las bondades de la lectura, el hábito de leer no ha arraigado en ellos.

Sin embargo, hace unos días que la espera ha dado, aparentemente, sus frutos. Decía yo entonces que "igual que se busca una novia y no se encuentra hasta un día en que, sin saber cómo ni por qué, se cruza en tu camino, así sucederá también -cuando menos lo busquen y lo esperen- con el libro que se cruce en sus vidas". Pues algo así ha debido suceder cuando se han topado con tres libros: El tiempo entre costuras, de María Dueñas, y Ojos de agua y La playa de los ahogados, de Domingo Villar; una novela histórico-romántica y dos novelas policíacas. La primera la leyó una de mis hijas y las otras, mi hijo. Lo más interesante fue el descubrimiento de mi hija, que creía estar viendo una película en la que ella misma ponía imágenes y cara a los actores, además de que estaba deseando retomar la lectura a cada poco.

Proceso mental
Hablando de imágenes, hay que decir que estos son tiempos difíciles para la lectura, especialmente para los jóvenes, acostumbrados a obtener la información a través de soportes audiovisuales. Decía el profesor Ramón Sarmiento, catedrático de Lengua de la Universidad Rey Juan Carlos, en el artículo '¿Qué leen los jóvenes?', (La Vanguardia), que "leer conlleva un proceso mental más costoso que visualizar imágenes, porque éstas pueden almacenarse pero no requieren de procesamiento y reflexión; por eso, la máxima 'una imagen vale más que mil palabras' es incierta; porque una imagen por sí misma es información ambigua, que no significa nada, ni requiere del pensamiento".

Sin duda es difícil, mucho, luchar contra la competencia de la televisión, los videojuegos, el ordenador, el deporte, la música y otra multitud de actividades seguramente más "sexys" para los jóvenes que la lectura.

Por lo tanto no puedo cantar victoria. Uno puede poner toda la ilusión en plantar una mata, abonar la maceta, ponerla entre sol y sombra, regar a poquitos, quitar las hojas malas, realizar todos los cuidados que cita el manual de jardinería; todo eso no valdrá de nada si la planta decide que no está cómoda y que no tiene intención de crecer. Quizá lo que he visto haya sido entonces un pequeño brote en la superficie, aunque espero que lo que realmente haya crecido hayan sido las raíces, que no se ven pero hacen a la planta más firme y robusta.

PD.- Gracias a María Dueñas y a Domingo Villar.

07 febrero, 2011

Ladrones de tiempo y la hora de leer

En la novela se encuentran siempre dos extraños.
No es fácil encontrar el momento adecuado para leer, más ahora cuando la vida, en muchos sentidos, es un torbellino en el que pararse puede significar ser arrollado por las circunstancias.

En el caso de la lectura, otras actividades como la televisión y el mundo de Internet y las redes sociales nos apartan con frecuencia de los libros. Incluso en esos espacios, la brevedad es una norma tácita. Mensajes de 140 caracteres, apenas una fotografía o un post de un párrafo que enlaza a otra cosa en un blog deben ser suficientes para decir todo lo que queremos decir; más allá de eso no tenemos tiempo para detenernos, hay que pasar al siguiente mensaje, al siguiente texto o a la siguiente fotografía en una carrera desesperada para abarcar todo aquello que se sucede delante de nosotros a velocidad de vértigo.

Igual que en Internet y en la gastronomía, donde ahora lo que se lleva es el menú degustación y el tapeo (un poquito de cada pero no mucho de nada), en la lectura se ha impuesto también lo breve: microrrelatos, haikus y otras textos mínimos están a la orden del día.

La inmediatez, ese sentido de urgencia, no tiene nada que ver con el libro, al menos con la novela. Cada vez tenemos menos tiempo para un texto largo, para los capítulos que se suceden hasta conformar una historia. Y curiosamente, en vez de reservar un paréntesis de media, una o dos horas en nuestra agenda diaria, lo que hacemos es robarle tiempo a otras actividades. Por eso vemos a tanta gente leyendo a trompicones en el metro, en el autobús o en el tren mientras va a trabajar; o lee mientras come o, como es muy habitual, en la cama antes de dormir. Pero en todos esos casos somos ladrones de tiempo, robando horas de sueño, horas de desplazamiento, horas a la comida. La lectura no es, habitualmente, una actividad que merezca por sí misma un tiempo exclusivo como el que reservamos para hacer la compra, ir al gimnasio, planchar, salir a cenar o ver la televisión. Se ha convertido en una actividad suplente, como un deportista que se sienta en el banquillo a la espera de su oportunidad.

¿Por qué no, entonces, crear la hora de leer, un momento dedicado exclusivamente a la lectura? Sin la distracción de la televisión, el ordenador o el teléfono móvil... Simple y llanamente un tiempo y un espacio dedicado a la lectura. Sí, es cierto, suele ser el objetivo que nos fijamos para el verano, cuando lejos de la rutina y sin agenda no sabemos qué hacer y entonces no hay necesidad de robarle el tiempo a ninguna otra actividad. ¿Por qué no intentar llevar ese momento a cualquier otra época del año? Media hora tumbados en el sofá o una hora sentados en una butaca orejera, sin otra compañía que una novela, ¿es mucho pedir?

Paul Auster se refirió de alguna forma a ese momento y a ese espacio en su discurso al recibir el premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2006:

"La novela es una colaboración a partes iguales entre el escritor y el lector, y constituye el único lugar del mundo donde dos extraños pueden encontrarse en condiciones de absoluta intimidad".

16 enero, 2011

«El arma de los invisibles»

José Manuel García-Otero (Sevilla, 1955) es el autor de «El arma de los invisibles» (Punto Rojo Libros, 2010). Y sevillanos también los amigos que me regalaron esta primera novela del veterano periodista local al que “siempre le gustó escribir y contar historias”.

En este caso la historia de Horacio, uno de esos seres invisibles que, “sumergido en el anonimato, tiene un sueño legítimo, que es vivir la vida y ser feliz. Busca el amor, aunque el día que lo encontró se lo arrebataron y no tuvo valor para recuperarlo. O sí”.

Fue la primera lectura de 2011 que terminé otra vez, después de varias horas, a bordo de un avión. Una novela mezcla de género policiaco, búsqueda personal e historia de amor que va de menos a más en argumento y en intensidad, como una fiesta en la que a uno le cuesta entrar pero de la que luego le cuesta marcharse porque es cuando más está disfrutando. 

Sólo le pongo un pero y es que, en ocasiones, el lenguaje se vuelve demasiado denso, con frases muy largas y adjetivadas, imagino que consecuencia de los inicios del autor en la poesía.

Reconozco que nunca hubiera comprado El arma de los invisibles –entre otras cosas gracias al pésimo gusto del editor a la hora de elegir el motivo de la portada- pero me alegro de haberlo leído y haber disfrutado del mejor regalo posible que te pueden hacer unos buenos amigos, que siempre es un buen libro.

Y hablando de amistades, me gustó la cita de Francisco de Quevedo que abre el libro:

"El amigo ha de ser como la sangre, que acude luego a la herida sin esperar que le llamen". 

06 enero, 2011

Ocho kilos de libros (o de berenjenas)

Nunca he comprado libros al peso, y esta vez tampoco. Sin embargo, y porque la Navidad es época de regalos y porque vivo en Nueva York, hice acopio en Madrid de algunos de los libros que leeré durante el año.

Viajar en avión con libros -libros que pesan y abultan- no es una tarea sencilla. Busqué una maleta pequeña donde cupieran y que pudiera subir al avión como equipaje de mano. Pero antes me asaltó la curiosidad de saber cuánto pesaban. Así que, ni corto ni perezoso, me fui con ellos a la frutería del supermercado y los apilé en la balanza donde la gente normalmente pesa los tomates, las zanahorias, los plátanos o las chirimollas. En la pantallita digital de la balanza apareció una cifra: 7,600. Es decir, casi ocho kilos en libros.

Quería tener la etiqueta impresa con el peso y, a falta de la tecla para pesar libros -obviamente sólo hay teclas para frutas y hortalizas- apreté un número al azar. La balanza escupió la etiqueta adhesiva con el peso (7,600 K.) y un precio: 21,66€. Había marcado la tecla de las berenjenas, cuyo precio es de 2,85 €/Kilo.

Sobra decir que no pasé por caja ni volví la vista atrás. Lo hice de prisa, esperando no ser visto para evitar explicaciones y el sonrojo de ser descubierto con las manos en la masa.

Ahora, y después de cruzar el océano, los libros que vuelan descansan ya en casa esperando que cualquiera los lea. Algunos fueron regalos, pero la mayoría comprados a un precio superior al kilo de berenjenas.

Quizá algún día los ebooks resuelvan el problema del volumen, el peso y el precio de los libros, pero no a día de hoy, donde en español todavía no hay oferta -ni en cantidad ni en calidad- comparable con la edición tradicional en papel. 

Quizá en el próximo viaje...

PD.- Iré dando cuenta de la lectura de los libros, sin prisa pero sin pausa, en este mismo cuaderno digital que es La Palabra Infinita.

10 noviembre, 2010

El lector voyeur

¿Quién es un voyeur -un mirón- sino aquel que oculto en la distancia o la oscuridad busca sorprender la intimidad de otra persona totalmente ajena a su observador?

El lector voyeur, sin embargo, no es aquel que parapetado tras el libro abierto espía los movimientos de otras personas a su alrededor, sino aquel que con la mirada fija en sus páginas atisba la vida de los personajes que pululan en la ficción.

Así, el lector se sienta cómodamente en su butaca o bajo la sombra fresca de un árbol para seguir al milímetro -aunque no siempre necesariamente- la peripecia de sus protagonistas. Y no sólo mientras se desnudan o realizan otras tareas que normalmente no conocemos sobre otras personas en la vida real, como sucede en muchos casos, sino también para llegar a conocer hasta lo más recóndito de sus pensamientos y emociones. El lector no necesita ocultarse tras ninguna cortina, pero sí utilizar el catalejo del escritor, el instrumento que enfoca y ajusta nuestra visión sobre los personajes. Es el escritor, a través de su escritura (el catalejo que pone a disposición del lector) quien nos permite descubrir más o menos detalles sobre el personaje; contemplar una espalda desnuda en todo su esplendor o entrever apenas un reflejo en el cabello, mostrar una única palabra o la angustia sofocante de una larga pesadilla.

Al menos yo, en muchas ocasiones, me he visto a mí mismo oculto tras la ventana indiscreta de un libro, absorto en la vida de personajes de ficción que he sentido de carne y hueso, y cuyo reflejo ha permanecido en mi retina aún mucho tiempo después de cerrar la última página.

- La ilustración pertenece a un cuadro de Edward Hopper (1882-1967) pintado en 1928: "Nights windows"
- Para ver los 7 primeros minutos de La ventana indiscreta (Rear window, 1954) de Alfred Hitchcock, pincha aquí.

27 marzo, 2010

Libros que vuelan: «Invisible»

Ahora sé que los libros vuelan, y con ellos las historias y los personajes que les dan vida. Y además de volar viajan en el tiempo.

Compro libros en las librerías de esta ciudad, entre las estanterías abarrotadas sorteando los pies de quienes se refugian en la lectura gratuita y placentera sobre la moqueta verde oscuro. Leo los libros de la biblioteca pública, palabras prestadas que luego me duele devolver. Compro libros desde el teclado del ordenador que llegan a casa en su cofre de cartón. Recojo también los libros que otros abandonan en la calle, en el frío de las aceras y en los cubos de basura para reciclar.

Pero cuando no encuentro, o la lengua de los libros o los autores que espero es la mía, entonces, cruzo el Atlántico con los títulos apuntados en la memoria de mi teléfono móvil -más segura que la mía- en el apartado que dice BOOKS.

Al regreso, acomodado en mi butaca y con el seatbelt abrochado, apenas el rugir de los motores se suaviza y los edificios en tierra se pierden en el trazado de un mapa enorme y distante, busco la primera página y anoto con mi lápiz Grav Von Faber Castell, de capuchón plateado, la fecha y el número de vuelo: <March 12, 2010 MADRID - NEW YORK IB6253>. Y subrayo la primera frase: "Le estreché la mano por primera vez en la primavera de 1967".

Cuando comienza el desfile de las azafatas por los estrechos pasillos del avión y el comandante nos da la bienvenida con una voz metálica y cansina, yo me introduzco en la vida del protagonista de "Invisible" (Anagrama, 2009), la última novela de Paul Auster, un estudiante de Columbia, a treinta manzanas (blocks) de donde vivo, adonde ahora voy.

Sobre el Atlántico, volviendo atrás en el tiempo (seis horas separan el reloj entre Madrid y Nueva York) devoro las páginas con la historia de Adam Walker y Margot, tan reales como la sonrisa de la azafata que me ofrece algo de beber a 20.000 pies de altura.

"Por aquella época [Walker] tendía a evitar las grandes congregaciones de gente, harto del barullo de la multitud que habla mucho y dice poco, azorado por la timidez que me sobrevenía en presencia de personas desconocidas".

"En cuanto a Margot, permanecía quieta sin mover un músculo, mirando al vacío, como si la misión principal de su vida fuer la de parecer aburrida. Pero interesante, muy atractiva para mis veinte años, con su pelo negro, suéter negro de cuello vuelto, minifalda negra, botas de cuero negro, y espeso maquillaje oscuro en torno a sus grandes ojos verdes. No era una beldad, quizá, sino una representación de la belleza, como si encarnara algún ideal femenino de la época con su apariencia de estudiado estilo".

"Sin maquillaje, Margot era más tierna y sencilla que la mujer que parecía en público. Sin ropa, resultó ser flaca, casi descarnada, con pechos menudos de adolescente, caderas estrechas, y piernas y brazos vigorosos. Labios llenos, vientre plano con un ombligo ligeramente protuberante, manos suaves, un áspero nido de vello púbico, nalgas firmes y una piel sumamente blanca que era más suave que ninguna otra que hubiera acariciado jamás. Los detalles de un cuerpo, intrascendentes y preciosos".

Vuelo hacia Nueva York, donde vive el autor, la ciudad donde habitan Walker y Margot, una ciudad "que a ella le parecía sucia y deprimente". "Un apartamento de dos habitaciones en un edificio de la calle Ciento siete Oeste, entre Broadway y Amsterdam Avenue" y "en un edificio de Morningside Drive, al término de la calle Ciento dieciséis". Lugares que puedo imaginar, que ahora puedo reconocer y pasear. Donde ahora viven otros walkers y otras margots esperando entrelazar sus vidas.

Llego cansado y dejo "Invisible" sobre la mesilla de mi dormitorio.

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...