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| Libros en el camino |
Han pasado algunos años y la situación no ha mejorado. A pesar de que nos han visto leer, de que siempre ha habido muchos libros en casa y de que, sin habernos podido morder del todo la lengua, de vez en cuando hemos insinuado con algún comentario las bondades de la lectura, el hábito de leer no ha arraigado en ellos.
Sin embargo, hace unos días que la espera ha dado, aparentemente, sus frutos. Decía yo entonces que "igual que se busca una novia y no se encuentra hasta un día en que, sin saber cómo ni por qué, se cruza en tu camino, así sucederá también -cuando menos lo busquen y lo esperen- con el libro que se cruce en sus vidas". Pues algo así ha debido suceder cuando se han topado con tres libros: El tiempo entre costuras, de María Dueñas, y Ojos de agua y La playa de los ahogados, de Domingo Villar; una novela histórico-romántica y dos novelas policíacas. La primera la leyó una de mis hijas y las otras, mi hijo. Lo más interesante fue el descubrimiento de mi hija, que creía estar viendo una película en la que ella misma ponía imágenes y cara a los actores, además de que estaba deseando retomar la lectura a cada poco.
Proceso mental
Hablando de imágenes, hay que decir que estos son tiempos difíciles para la lectura, especialmente para los jóvenes, acostumbrados a obtener la información a través de soportes audiovisuales. Decía el profesor Ramón Sarmiento, catedrático de Lengua de la Universidad Rey Juan Carlos, en el artículo '¿Qué leen los jóvenes?', (La Vanguardia), que "leer conlleva un proceso mental más costoso que visualizar imágenes, porque éstas pueden almacenarse pero no requieren de procesamiento y reflexión; por eso, la máxima 'una imagen vale más que mil palabras' es incierta; porque una imagen por sí misma es información ambigua, que no significa nada, ni requiere del pensamiento".
Sin duda es difícil, mucho, luchar contra la competencia de la televisión, los videojuegos, el ordenador, el deporte, la música y otra multitud de actividades seguramente más "sexys" para los jóvenes que la lectura.
Por lo tanto no puedo cantar victoria. Uno puede poner toda la ilusión en plantar una mata, abonar la maceta, ponerla entre sol y sombra, regar a poquitos, quitar las hojas malas, realizar todos los cuidados que cita el manual de jardinería; todo eso no valdrá de nada si la planta decide que no está cómoda y que no tiene intención de crecer. Quizá lo que he visto haya sido entonces un pequeño brote en la superficie, aunque espero que lo que realmente haya crecido hayan sido las raíces, que no se ven pero hacen a la planta más firme y robusta.
PD.- Gracias a María Dueñas y a Domingo Villar.
