Pestañas

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21 mayo, 2012

La trampa de leer «84, Charing Cross Road»



Igual que es necesario comer para vivir, así necesito yo leer para sentirme vivo. Sin embargo hay ocasiones en que uno, sin saber por qué, pierde un poco el apetito y lo que otras veces gozaba con una buena comida ahora le cuesta incluso sentarse a la mesa. Algo parecido me ha sucedido a mí, que las complicaciones de la vida cotidiana me han tenido apartado de los libros y distraido de la lectura.

Dicho todo lo cual, el último bocado que me llevé a la boca fue la lectura de «84, Charing Cross Road», (traducción de Javier Calzada para Anagrama) la novela de la norteamericana Helene Hanff (1918-1997), que resultó ser un libro con trampa. Aunque recomendado por varios lados, no conocía nada de su argumento ni de su autora, y por eso hablo de trampa entre comillas, porque no sabía las circunstancias de cómo fue escrito ni publicado, algo que sólo al final descubre el lector inadvertido como yo en el Post Scriptum incluido en el texto. Comienza el libro con una breve carta escrita en Nueva York en octubre de 1949, y lo que me pareció un recurso para el inicio se convierte en la estructura de toda la novela (si se puede llamar así), una sucesión de cartas cruzadas durante 20 años entre la autora y varios de los personajes que trabajan en Marks & CO., una librería de Londres donde Helen Hanff encarga los libros que no puede conseguir en otro lugar.

84, Charing Cross Road (Londres)
La relación epistolar tiene como protagonista principal, además de a la autora, a Frank Doel, encargado de Marks & Co., que se desvive por atender las peticiones de Hannf a pesar del tono que emplea en sus cartas, que pasa del respeto a la ironía y a un lenguaje desabrido por su propia espontaneidad, creándose entre ellos una especial complicidad. A lo largo de tantos años, entre ambos y algunos otros empleados de la librería se crean unos lazos de amistad forjados en la distancia a través del amor por los libros y por el deseo de que Helene Hanff viaje finalmente a Londres.

No diré que quedé decepcionado al saber que el libro es el resultado de una historia y una correspondencia real, pero como siempre ocurre cuando alguien pone demasiadas expectativas en algo es fácil sentirse defraudado. Creo que eso fue lo que me sucedió con la lectura de «84, Charing Cross Road». Así supe después que fue el libro que dió a conocer a su autora y que tuvo su versión cinematográfica en 1987 -al decir de algunos una de esas películas que supera al libro en el que se basa- protagonizada por Anthony Hopkins en el papel de Frank Doel y Anne Bancroft como Helene Hanff (en español titulada La carta final) y que fue llevada también al teatro, en el caso de España por Isabel Coixet hace algunos años.



La propia Helene Hanff no escapa a la sorpresa: "He pasado veinte años escribiendo piezas teatrales que nadie ha querido producir nunca, y he aquí que, en el momento en que estoy a punto de retirarme, alguien crea de pronto un espectáculo a partir de una correspondencia que inicié hace ahora treinta años". 

A la salida del estreno de la película en 1987, un periodista de la revista Newsweek declaró: "84, Charing Cross Road es uno de esos libros de culto que los amigos se prestan unos a otros y que transforman a sus lectores en otros tantos miembros de una misma sociedad secreta".

P.D.- Mis últimas lecturas han sido de obras publicadas por Anagrama en su colección Panorama de narrativas, pero he de decir en mi descargo que toda relación con la editorial es pura coincidencia. 

09 abril, 2012

«Nadie me verá llorar», de Cristina Rivera Garza



Nunca hubiera leído «Nadie me verá llorar» (Tusquets editores, Colección Andanzas, 2004) si antes no me hubiera encontrado -es un decir- con Cristina Rivera Garza, su autora, en las redes sociales, primero en Twitter (@criveragarza) y después en su blog. De ahí pasé a leer los artículos de su columna semanal en el periódico mexicano Milenio. Supe entonces que es una escritora mexicana, que tiene mi edad (bueno, es cierto, algo más jóven) y que es doctora en Historia. Si elegí esta novela, escrita en 1999, para conocer su narrativa fue quizá por un título con tanta fuerza. En cualquier caso creo estar en deuda con Twitter por haberme presentado a su autora.

Leída en los días de Semana Santa, entre Nueva York y Chicago -prácticamente entre el avión y el hotel-, de «Nadie me verá llorar» me quedo con el tormento de amor de la loca Matilda Burgos, interna en el maniconio de La Castañeda, en el México de principios del siglo XX. Una historia que Rivera Garza recrea libremente sobre la existencia real de una interna y sobre el ambiente del México en los albores de la post-revolución que ella misma analizó en su tesis de doctorado en historia latinoamericana. «Ahí, frente a él, sentada sobre el banquillo de los locos, vistiendo un uniforme azul, la mujer que debería haber estado inmóvil y asustada, con los ojos perdidos y una hilerilla de baba cayendo por la comisura de los labios, se comportaba en cambio con la socarronería y altivez de una señorita de alcurnia posando para su primera tarjeta de visita». Es también una novela sobre el desencanto. Uno de los personajes dice: «El  desencanto está en boga. Mencionarlo es un rasgo de inteligencia, el  sello de un espíritu refinado».

C. Rivera Garza (Matamoros, 1964)
Pero además de dejarme arrastrar por la historia de Matilda y el fotógrafo Joaquín Buitrago pensaba dónde Cristina Rivera Garza podía encontrar las palabras para evocar ciertos sentimientos: «El sonido invadió su cabeza todo el día y toda la noche. No era el monótono zumbido de una abeja, sino el estrépito de un vaso de cristal rompiéndose en la sangre». Y es que además de novela y relatos ha escrito también poesía. Se puede leer en la novela: «La luz, desde lejos, se confunde con el paso de una luciérnaga extraviada en el corazón del invierno. [...] Las palabras se habían vuelto vocablos sin razón, sonidos que, una vez articulados, se confundían con el aire. [...] ¿Quién no ha soñado frente a una taza de porcelana tatuada con las huellas del lápiz labial de una mujer?». 

Sí, es una lectura que requiere volver sobre las palabras y releer en ocasiones pero que por eso mismo se saborea mejor y no deja indiferente. Después de todo, me alegro mucho de poder tachar a Cristina Rivera Garza de mi Lista de Autores Desconocidos. ¿Por qué -me pregunto ahora- he tardado tanto en saber sobre ella? Pero también me pregunto por qué es necesario ilustrar la portada de la novela de un escritora mexicana con una pintura de otra artista mexicana: Frida Kahlo.

P.D.- Precisamente ahora que regreso a Madrid comienzo a leer a una escritora que vive en Brooklyn, Nueva York: Siri Hustvedt.

26 marzo, 2012

Una chica frágil «En el café de la juventud perdida», de Patrick Modiano




Escribo en esta tarde de domingo con la tristeza de saber que ha muerto  en Lisboa Antonio Tabucchi, del que hablaba -sin saber de su enfermedad- en la entrada anterior de este mismo cuaderno digital. Me queda la tristeza de su pérdida pero también sus novelas y, en especial, ese libro con encanto que fue para mí «Sostiene Pereira», en un momento y un lugar muy señalados.

Aquel era un libro amarillo de Anagrama, igual que este cuya lectura termino esta semana, «En el café de la juventud perdida», del francés Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945), publicada en España en 2007. Curiosamente ambas novelas tienen a dos ciudades por escenario, jugando un papel como de esos actores secundarios sin los cuales la película nunca sería la misma. En el caso de Tabucchi era Lisboa, la ciudad donde precisamente ha dejado de latir su corazón y, en el caso de Modiano, París, con las calles de las zonas neutras, como dice uno de los personajes: «Las zonas neutras tienen, al menos, esta ventaja: no son sino un punto de partida y, antes o después, nos vamos de ellas». 

Después de leer «En el café de la juventud perdida» -cuyo descubrimiento y recomendación debo a @karostra- Patrick Modiano es, por lo tanto, otro de los escritores a quien debo tachar de la Lista de Autores Desconocidos. Es una novela corta cuyo cierre, por lo sorprendente, me ha hecho pensar en un cuento largo cuyo título no engaña. Nos habla Modiano del café parisino donde se reunen -en la década de los 60- varios jóvenes de entre 19 y 25 años: «En Le Condé nunca nos hacíamos unos a otros preguntas acerca de nuestros orígenes. Éramos demasiado jóvenes, no teníamos pasado alguno que desvelar, vivíamos en el presente. [...] Le Condé era para mí un refugio contra todo lo que preveía que traería la grisura de la vida».

«En esa vida que, a veces, nos parece como un gran solar sin postes indicadores, en medio de todas las líneas de fuga y de los horizontes perdidos, nos gustaría dar con puntos de referencia, hacer algo así como un catastro para no tener ya esa impresión de navegar a la aventura. Y entonces creamos vínculos, intentamos que sean más estables los encuentros azarosos».

Patrick Modiano
En el centro de la escena está Louki, una joven frágil y en contínua búsqueda de la que Modiano apenas ofrece alguna descripción («con el busto erguido, ademanes lentos y armoniosos y sonrisa casi imperceptible, aguantaba estupendamente el alcohol»), sino que nos dice únicamente que era diferente de los demás. Es ella misma quien nos da algunas pistas reveladoras: «Noté esa sensación de angustia que se apoderaba de mí, muchas veces, de noche, y que era aún más fuerte que el miedo, esa sensación de que en adelante sólo iba a poder contar conmigo misma, sin recurrir a nadie [...] No era de verdad yo misma más que mientras escapaba. No tengo más recuerdos buenos que los de huida o evasión». Otro personaje nos dice además que «Quería evadirse, huir cada vez más lejos, romper bruscamente con la vida vulgar para respirar el aire libre».

Me ha gustado la forma en que Modiano construye el relato, incluyendo retazos de misterio y dando voz a cada uno de los personajes principales en diferentes capítulos de forma que vamos atando cabos sobre Jacqueline Delanque, aquella chica que todos conocen como Louki. Una pequeña novela para leer con calma, sin prisa, para saborear la escritura de Modiano y volver a sentir la incertidumbre de ser joven.

«A mitad de la verdadera vida,
nos rodeaba una adusta melancolía,
que expresaron tantas palabras burlonas y tristes,
en el café de la juventud perdida» 
GUY DEBORD

P.D.- Esta semana he tomado la decisión -libre y responsable- de incluir en mi Lista de Autores Desconocidos a dos escritores noveles y, por tanto, doblemente desconocidos: Gonzalo Garrido, que publicará en las próximas semanas «Las flores de Baudelaire» (Editorial Alrevés), y Pablo Cerezal, con «Los cuadernos del Hafa» (Ediciones Carena), su primera novela también. Leeré y contaré.

05 marzo, 2012

Con libros o sin ellos



"A veces me gustaría que los libros fueran como cassettes"
Raro es el día en que no leemos o escuchamos algo sobre ese tira y afloja que se traen el libro tradicional y el libro electrónico, sobre quién logrará llevarse el gato al agua, sobre qué modelo han de seguir los editores y los libreros para no perder comba, sobre qué precio debe de tener este último si ya no está hecho de papel ni tiene tapas, sobre si los lectores prefieren el olor del papel o las manchas de la tinta electrónica, en fin, sobre qué será de eso que hasta ahora conveníamos en llamar libro, y sobre lo que a nadie se le ocurría cuestionar su naturaleza.

Al fin y al cabo el libro, de papel o electrónico, está en el centro de toda este torbellino cuando realmente es lo único que separa -o bien lo que une- al autor y su lector. Estamos hablando, obviamente, del libo como objeto, pero no de la obra en sí misma, el relato o la historia -en el caso de la ficción- que ha salido de la cabeza de su autor. El escritor podría leer su obra en un teatro en voz alta, como un compositor interpreta su música en un escenario para que sea escuchada. ¿Cómo iba a esperar un Mozart o un Beethoven que su música sería escuchada algunos cientos de años después fuera de las salas de concierto, primero en un gramófono, después en un tocadiscos y en una cassette, más tarde en un compact-disc, luego en un reproductor mp3, en un ordenador y, finalmente, con unos auriculares conectados con cables o sin ellos a nuestro teléfono móvil? 

El reproductor está en nuestro cerebro
Imprenta de Gutemberg
Esta carrera desenfrenada en la evolución de los reproductores musicales ha sido sin embargo especialmente lenta, contada en varios siglos, en el caso de los reproductores de la palabra, básicamente uno solo -el libro con mayúsculas- gracias al increíble ingenio de Gutemberg. Es verdad que los copistas medievales ya componían libros preciosos, pero fue al alemán a quien se le ocurrió la forma de multiplicar casi hasta el infinito la obra escrita de un autor. Pero si me apuran más, incluso con la enorme ventaja que supuso la invención de la imprenta de tipos móviles, una diferencia fundamental con la música es que en el caso de la literatura, por ejemplo, -y sea cual sea el soporte físico- el reproductor está en nuestro cerebro para convertir letras y palabras -electrónicas o impresas en papel- en las imágenes, sentimientos y sensaciones que el escritor ha querido sugerir. 

Intentar adivinar el futuro del libro es complicado; nadie tiene la bola de cristal para saber cómo será o en qué tipo de soporte se convertirá en pocos o muchos años, pero de lo que no hay duda es de que seguirá habiendo gente con ganas de contar historias y mucha más gente con ganas de leerlas. Con libros o sin ellos siempre nos quedarán autores y lectores. Mientras llegue ese momento sigamos leyendo.

P.D.- «A veces me gustaría que los libros fueran como cassettes. Cartuchos que uno pudiera insertarse directamente al cráneo. No estoy hablando de audiolibros ni de evitar la lectura. Hablo de que ya habiendo leído el libro, poder cualquier jodido día, rememorar la sensación que el libro te dejó al terminarlo, pero en el tiempo que dura una canción». Es lo que dice Pierre, el autor de la ilustración que acompaña esta entrada, en su blog hueso hueso.

13 febrero, 2012

La teoría del descubrimiento lineal


Todos tenemos un escaner lector.
Plantarse delante de un cuadro en una galería de arte o en un museo significa descubrir la pintura en su totalidad de un solo vistazo. Después, inmediatamente -haciendo un barrido minucioso sobre la superficie con el escaner personal que todos llevamos dentro-, la mirada se detendrá en los detalles, en algún objeto concreto, en las tonalidades del color, la perspectiva, el efecto de la luz o en el rostro de algún personaje retratado. Así, tratamos de descifrar algunos significados, interpretar de la mejor forma posible lo que vemos hasta que nuestro cerebro se forma una idea precisa de lo que hemos visto. Entonces somos capaces de emitir un juicio: nos gusta o nos gusta; nos dice algo o no nos dice nada; nos emociona o nos defrauda; nos enamora o nos deja indiferentes.

Un buen comienzo
Este proceso -con más o menos matices- se repite en la pintura y en la fotografía, pero no así en la literatura -ni tampoco en el cine-, donde el descubrimiento de la obra no es inmediato, a primera vista, sino lineal. En este caso, y a donde quiero llegar, es que un buen comienzo resulta por lo tanto esencial. Puede ser una frase, un párrafo o la primera página, pero sin duda ayudará a que nos quedemos plantados delante del libro hasta que ese escaner maravilloso que tenemos en el cerebro que nos permite leer, imaginar e interpretar lo que no podemos ver nos permita descubrir la belleza que contiene el libro en su totalidad.

Siempre que pienso en estas cosas, que tampoco es todos los días ni a todas horas, recuerdo con verdadero asombro el comienzo de la novela de un escritor español de renombre que leí hace ya quince años. Así comienza el relato:

Se abrió la blusa...
«No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados. Cuando se oyó la detonación, unos cinco minutos después de que la niña hubiera abandonado la mesa, el padre no se levantó en seguida, sino que se quedó durante algunos segundos paralizado con la boca llena, sin atreverse a masticar ni a tragar ni menos aún a devolver el bocado al plato; y cuando por fin se alzó y corrió hacia el cuarto de baño, los que lo siguieron vieron cómo mientras descubría el cuerpo ensangrentado de su hija y se echaba las manos a la cabeza iba pasando el bocado de carne de un lado a otro de la boca, sin saber todavía qué hacer con él».

Ya sé que es un principio trágico y que puede resultar desagradable para alguien pero ¿de verdad que no dan ganas de continuar leyendo y descubrir qué sucedió después, qué hizó ese padre y por qué su hija se quitó la vida, o qué nos quiere hacer ver el autor?

P.D.- Pensaba haber dicho quién es el escritor pero prefiero no hacerlo por si alguno lo habéis leído y lo queréis compartir o por si, no habiéndolo leído, os atrevéis a sugerir un nombre. Después de elucubrar sobre la teoría del 'descubrimiento lineal', y ya que has llegado hasta aquí, estoy dispuesto a regalar la novela a quien lo descubra y lo comente.

30 enero, 2012

«La metamorfosis» de Borges, digo de Kafka...



Editorial Losada, 1967 (sexta edición)
El equívoco del título -imperdonable- se debe únicamente a que he leído una edición del relato del autor checo prologada por el argentino Jorge Luis Borges. Se trata de un pequeño librito que rondaba por casa -una edición de la Editorial Losada, de Buenos Aires, (Biblioteca Clásica y Contemporánea) de 1967 (sexta edición)- y que no sé decir de dónde ha salido. El papel tiene ya ese tono amarillento y el olor característico de los libros de hace más de 40 años. Pues bien, he leído «La metarmofosis» ahora, digamos ya en la madurez, cuando probablemente debiera haber sido una lectura de juventud. Tendré que apelar al "nunca es tarde..." para evitar cualquier lamento y afirmar que mereció la pena no sólo por conocer finalmente esta «terrible fábula de la incomunicación humana», sino algunas de las circunstancias del relato y de su autor.
 
Argumento y ambiente
La obra fue escrita en 1915 por Franz Kafka, nacido en el barrio judío de la ciudad de Praga en 1883. Borges afirma que «era enfermizo y hosco: íntimamente no dejó nunca de menospreciarlo su padre y hasta 1922 lo tiranizó. [...] De su juventud sabemos dos cosas: un amor contrariado y el gusto de las novelas de viajes». Kafka murió en 1924 en un sanatorio cerca de Viena. «Desoyendo la prohibición expresa del muerto -continúa Borges-, su amigo y albacea Max Brod publicó sus múltiples manuscritos. A esa desobediencia feliz debemos el conocimiento cabal de una de las obras más singulares de nuestro siglo». Quizá, casi cien años después de ser escrita, esa singularidad sea menor. Quiero pensar que el efecto que tuvo a principios del siglo XX el relato del bueno de Gregorio Samsa convertido en un «monstruoso insecto» sería muy distinto del que podría tener hoy, acostumbrados como estamos al absurdo en cualquiera de las disciplinas artísticas. Y aunque he podido leer numerosos enfoques sobre el posible significado de este sórdido relato, me quedo con la observación que propone el propio Borges: «El argumento y el ambiente son lo esencial: no las evoluciones de la fábula ni la penetración psicológica». Según el argentino «dos ideas -mejor dicho, dos obsesiones- rigen la obra de Franz Kafka. La subordinación es la primera de las dos; el infinito, la segunda». Algo sin duda más fácil de entender es a lo que nos referimos cuando hablamos de una «situación kafkiana», sobre todo después de leer el relato y explicar Borges que «la más indiscutible virtud de Kafka es la invención de situaciones intolerables».

Pero otro de los descubrimientos, aparte de la propia lectura, tiene que ver con la discusión sobre  la autoría de la primera traducción al español de «La metamorfosis». Al parecer atribuida al propio Borges, otros estudiosos confirman que fue traducida por primera vez al castellano en 1925 -adelantándose a las primeras traducciones inglesas y francesas de Kafka- posiblemente por Margarita Nelken para Revista de Occidente

Y como siempre, lo mejor, recomendar leer «La metamorfosis» si alguien no lo ha hecho todavía para conocer la obra y poder opinar. Y aunque es un relato muy breve, para quien prefiera una versión diferente, dejo aquí las dos partes de la adaptación de la obra de Kafka realizada por Hipotálamo Films.



« Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos ».



P.D.- Creo que después de este librito es hora ya de vencer ese jet-lag lector que me atenaza y embarcarme en nuevas y excitantes lecturas.

09 enero, 2012

Razones para elegir un libro y leer



Ando despistado. En el ámbito de la lectura, me refiero. No sé si es por el cambio de ciudad, de trabajo, de año, por el barullo de las fiestas de Navidad o por todo al mismo tiempo, pero el caso es que no tengo claro todavía cuál será el itinerario de mis próximas lecturas.

Pero, ¿qué debería leer? ¿cuáles son los libros a los que dedicaré mi tiempo, poco o mucho? A propósito de esta pregunta he leído estos días en varios lugares algunas razones -expresadas mucho mejor de lo que yo lo haría- sobre lo que nos mueve a los lectores a la hora de elegir nuestras proximas lecturas. Primero fue en la reseña escrita por Juan Francisco Uriarte en el blog Luchalibro sobre «Cuentos reunidos», del noruego Kjell Askildsen:

«¿Cómo elegir un libro? ¿Cómo decidir a quién entregar nuestras horas de lectura? ¿Cómo zambullirmos en el mundo de un escritor desconocido? Las respuestas a estas dudas pueden ser infinitas, pero entre las más frecuentes podríamos situar las recomendaciones de algún amigo, las críticas de un medio reconocido y respetado, o la llana absorción de un nombre impuesto por las trompetas de la industria editorial. Otro caso, casi siempre fructífero y con final feliz, suele ser seguir la opinión y los gustos de los escritores que nos apasionan. Pasar las páginas que ellos recorrieron para ser lo que son, rastrear sus huellas lectoras con vocación de sabueso».

Probablemente no son estas todas las razones posibles a la hora de elegir un libro per sí las más comunes. Supongo que todos hemos elegido alguna de ellas en alguna ocasión, incluida -al menos es mi caso- el sonido agudo y estridente de las trompetas de la industria editorial. Sin embargo los libreros dirán también, con toda razón, que ellos también son agentes principales a la hora de la prescripción. Y el azar, se me ocurre. ¿Quién no se ha topado con un libro que nunca hubiera sospechado elegir y sin embargo resultó convertirse en un encontronazo feliz?

Precisamente esta forma casual, «...vagando aburrido entre libros en busca de lectura, como el borracho que brujulea por los bares mendigando la invitación de un trago», es la que encontré después en un artículo de Sergio Campos Cacho (Un whisky para don Gonzalo) sobre Torrente Ballester en la revista cultural Jot Down. Reconozco que me hizo sonreír pues así me encuentro ahora, despistado y mendicante de lectura. Otros menos dados a la casualidad piensan, como Alfredo Álamo en el blog de Lecturalia (¿Es todavía necesaria la crítica literaria?), que «la mayoría de la gente, hoy por hoy, busca la prescripción literaria. Quiere que alguien le diga si un libro es bueno o malo, si le gustará o no, si merece la pena perder unas cuantas horas, días o incluso meses, con una historia que puede elegir entre cientos de otras novedades». 

Otra pregunta diferente que podemos hacernos es la que formula Forges en la ilustración de esta entrada: por qué leemos. J. Ernesto Ayala-Dip, en un buen artículo en El País (¿Quién teme a los lectores?), se preguntaba lo mismo y responde: «¿Sabemos todos para qué tenemos que leer? ¿Tenemos que hacerlo para formar parte de un reducido club? No creo que sea para eso. Para cualquier propósito, menos para ese. Pero sí creo que es necesario hacerlo para ganarnos el derecho a una mayor calidad estética, ética y lúdica en nuestras vidas». Cualquiera que sean las razones por las que uno lee y sea cual sea nuestra elección, finalmente, concluye, «cada uno es responsable de lo que lee». Y yo no puedo estar más de acuerdo.

P.D.- Por caridad, tanto si eres conocido, amigo, crítico literario o trompetero de la industria editorial, ¿tienes alguna recomendación para leer? Dios te lo pague.

17 octubre, 2011

Sobre un poeta, un cepillo de dientes, la promoción de una escritora y dos nuevos libros

Arne Dedert (EFE)
Sigo leyendo con deleite a Bolaño y sus detectives salvajes. Por eso y porque el ocio y el trabajo me han robado estos últimos días el tiempo necesario para escribir no pude acudir a mi cita con el blog el lunes pasado.

Un poeta
Sin embargo, sucedieron cosas interesantes por el medio, por ejemplo, descubrir a Pedro Garfias en la propia novela de Bolaño: "Y estaba sentada en el wáter, con las polleras arremangadas, como dice el poema o la canción, leyendo esas poesías tan delicadas de Pedro Garfías", el poeta español que murió en Monterrey (México) en 1967. La curiosidad venció a mi ignorancia y descubrí con sorpresa que Garfias fue un poeta de la vanguardia perteneciente a la Generación del 27, autor del poema Asturias (Poesías de la guerra española, México, Minerva, 1941), cuyos versos sirvieron a Víctor Manuel para componer la bellísima canción que ahora es considerada como un segundo himno de Asturias.

Un cepillo de dientes
También estos días, que han visto celebrar LIBER (la feria española de la industria editorial), en Madrid, y la Feria del Libro de Frankfurt, donde se negocian los derechos de autores y libros para todo el mundo, me hicieron pensar algo mientras me cepillaba los dientes una noche: por qué -como algunas piensan o nos quieren hacer pensar- los nuevos libros digitales serán algo muy distinto de lo que ahora conocemos. Dicen que incorporarán vídeo, que conectarán con otros lectores que lean al mismo tiempo e incluso con el propio autor, con el que podremos dialogar; que incorporarán una versión en videojuego; que veremos fotografías y escucharemos las músicas de lugares y canciones que aparezcan en el texto y que, en definitiva, estaremos ante algo tan nuevo y diferente que ni siquiera podrá llamarse libro. Y aquí es donde yo pensé -cepillo en mano- que otras disciplinas, a pesar de los embates de la tecnología, apenas han cambiado su esencia. Al cine mudo sucedió la voz; al cine en blanco y negro el color; al cine de andar por casa los efectos especiales; al cine analógico el digital; al cine plano el 3D; al cine en las salas el DVD e Internet...

¿De verdad todas estas transformaciones han variado la esencia de una película, que no es otra -a mi juicio- que el contar una historia a los espectadores? Pues creo que lo mismo sucede con el libro. De papel o digital, con ilustraciones o con vídeos, su esencia, el núcleo central y lo que capture la atención del lector será la historia narrada.Y parte del valor del libro tradicional como ahora lo conocemos -formado por páginas de texto-, es lo que sugieren las palabras en la mente del lector, que sin ver ni tocar lo que se narra (no vemos los paisajes, ni los rostros de los personajes, ni las calles que transitan) es capaz de evocar y soñar con esos personajes y con los mundos que crea o recrea el autor. En la era de la imagen, no ver todo lo que se nos cuenta sigue siendo sin duda un valor inestimable.

La promoción de una escritora
La vida después
Pues en esas estaba cuando Marta Rivera de la Cruz (@MartaRiveraCruz) me invitaba en Twitter a visitar la web de su nueva novela www.lavidadespues.es de la que ya había leído el primer capítulo avanzado también por ella. En definitiva, labores y tácticas de promoción que yo entiendo perfectamente pues como si de cualquier otro oficio se tratara -y ella misma reconoce sin pudor en Twitter- "los libros hay que escribirlos, pero luego hay que venderlos". La escritora, nacida en Lugo en 1970, también señala con total sinceridad que "Necesito lectores. Muchos. Como el comer. Las novedades me amenazan, y Ruiz Zafón está a la vuelta de la esquina". Yo no he comprado el libro y no sé si lo haré porque al contrario de lo que le ocurre a un escritor, que centra todo sus esfuerzo y esperanzas en un libro concreto, la oferta para el lector tiende siempre al infinito, lo contrario de su capacidad de selección y sin duda de su presupuesto.

Dos nuevos libros
The Art of Fielding
Y hablando de libros, en estas dos semanas compré dos nuevas novelas en Amazon: la opera prima de Chad Harback, el amigo de unos amigos, que ha tardado diez años en escribir The Art of Fielding, y Necrópolis, publicada en 2009 por el escritor colombiano Santiago Gamboa (Bogotá, 1965). De la primera, el propio Jonathan Franzen, el afamado autor de Libertad, ha dicho: "Reading The Art od Fielding is like watching a hugely gifted young shortstop: you keep waiting for the errors, but there are no errors. First novels this complete and consuming come along very, very seldom". Sobre la segunda, tenía ganas de leerla desde que escuchara al escritor en una conferencia en Nueva York junto a otros tres escritores latinoamericanos.

P.D.- En el tiempo de ocio (Columbs Day nos regaló tres días), un viaje nos llevó hasta Washington (donde puse cara y voz a @eRomanMe), Baltimore y una granja Amish en Lancaster (Pennsylvania). El ticket de entrada a la granja ($8,50) me sirve ahora como marcapáginas en Los detectives salvajes de Roberto Bolaño.

18 julio, 2011

Humor y ternura en «Vive como puedas»

Nunca busqué la diversión en la lectura de un libro. Sí el entretenimiento, pero no la evasión a través del humor, no por desprecio sino simplemente por gusto y jerarquía a la hora de elegir el rumbo de las propias lecturas. Pues aún asi, y porque se coló practicamente de rondón, me encontré leyendo «Vive como puedas» (Tusquets, 2011), la novela de Joaquín Berges (Zaragoza, 1965) que toma su título como réplica de la película de Frank Capra 'Vive como quieras'. Y reconozco que no sólo me divirtió sino que en ocasiones me encontré riendo en voz alta sin poder evitarlo.

Berges relata la vida y circunstancia de Luis, ingeniero y padre de familia de cuarenta y tres años que ve cómo su vida se complica hasta decir basta. Él es el centro de las situaciones más disparatadas y que tienen como protagonistas principales a los miembros de su familia. Me ha parecido una novela divertida y enormemente tierna a la vez, muy bien escrita, con buenísimos diálogos y, lo mejor, con unos personajes muy bien construidos. Pero además de lo hilarante de la historia, se intuye también en Berges -acompañando a esa ternura- cierto ánimo didáctico, la intención de enseñar algo al lector, de dejar su propia moraleja acerca de las vidas desenfrenadas que vivimos, como si en el fondo se tratase de un libro de autoayuda sobre la felicidad. 

Ana compró la novela en un aeropuerto antes de volar porque "tenía el tamaño adecuado y me apetecía leer algo diferente". Y es cierto que es diferente. Vive como puedas es quizá un libro menor pero no es un libro cualquiera. De vez en cuando merece la pena leer algo diferente.

  • Algunas frases que subrayé mientras leía aunque no son, precisamente, las más divertidas:
- Los ojos de Lucía se apagan, como si en efecto se hubiera ocasionado un corte en el suministro eléctrico de su mirada.

- -Yo, en cambio, cumplo estrictamente mi jornada laboral. Gano menos dinero que ellos pero soy más feliz. Y lo único que he hecho ha sido prescindir de algunos caprichos y sustituirlos por actividades baratas, casi gratuitas, como pasear, disfrutar de un café en una terraza o ir a la biblioteca pública, tomar prestado un libro y salir al jardín a leerlo, como hago todas las tardes desde hace cinco años.

- Supongo que estoy afectado por la nostalgia del futuro, esa amable promesa que durante toda mi vida ha sido más larga que el recuerdo del pasado y que ahora -indefectible, cruelmente- comienza a ser más corta.

- ... evitando que su existencia sea un desierto sin más horizonte que una línea recta para separar la tierra del cielo, la vida de la muerte.

- Las lágrimas pueden ser las palabras de una lengua universal que no requiere traducción, como el esperanto o la bioquímica, porque es inherente a todos los seres humanos. Nadie es ajeno a su comprensión.

26 junio, 2011

El jinete, de Madrid a Nueva York

Gonzalo Giner
Hace varios días, al volver a casa después de trabajar, había llegado un paquete a mi nombre. Nada más ver el remite sabía que lo que había dentro era «El jinete del silencio», el nuevo libro de mi amigo -y compañero de quinta- Gonzalo Giner. Él mismo lo enviaba dedicado desde Madrid. Espero leerlo enseguida en cuanto Ana, mi mujer -que me lo ha quitado por la mano-, lo termine. Ojalá tenga tanto éxito como tuvo El sanador de caballos o al menos tanto como ilusión ha puesto Gonzalo en escribirlo.


Gonzalo Giner debutó en el mundo literario en 2004 con el libro La cuarta alianza, pero fue la novela El sanador de caballos, su proyecto más personal, la que alcanzó cotas de crítica y público más elevadas. Desde entonces su autor se ha convertido en un referente dentro de la literatura popular.

Veterinario de profesión, con aquel título quiso investigar el origen de su oficio; con su nueva obra, El jinete del silencio, el autor nos descubre los antecedentes de la creación de la raza española de caballos durante el siglo XVI. Dotada de una gran emotividad gracias a la presencia de un protagonista inolvidable como Yago, que verá mejorar sus trastornos de conducta a través de los caballos. El jinete del silencio es un bello homenaje al caballo y a nuestro pasado.

09 mayo, 2011

La cadena de lectura

Eslabones de la cadena
Preguntar por qué leemos (entendiendo leer por devoción, no por obligación) tiene muchas respuestas y todas -salvo para algún erudito en la materia- bastante simples. Sin embargo, preguntarse por qué leemos los libros que leemos no sea probablemente tan sencillo de responder. No es que haya pocas respuestas, sino que las razones que demos sean mucho más dispares. Las habrá sin duda en ambos extremos: aquellos que simplemente se dejen llevar por la casualidad sin aplicar criterio alguno -y lean cualquier cosa que caiga en sus manos-, y aquellos otros que lo tengan tan claro que no se salgan jamás del guión de su preferencia.

Pero lo normal, al menos para una inmensa mayoría de lectores, es que nos dejemos influenciar por algo o por alguien a la hora de elegir el libro que nos llevaremos a la mesilla de noche. Y eso es algo que desde hace algún tiempo me llama la atención: qué es lo que determina el rumbo de nuestras lecturas y, sobre todo, qué nos lleva de una a otra a lo largo de nuestra vida como lectores.

Antes no era algo que me preocupara especialmente. Un libro tenía vida propia pero no estaba relacionado en ningún caso ni con el anterior ni con el posterior. Ahora sin embargo observo que hay -no sé cómo llamarlo- una fuerza, un código, una fórmula secreta que va uniendo unos libros a otros como eslabones de una larga cadena de lectura, como un hilo fino e invisible que los hilvanara a todos ellos.

Bueno, debo decir que es únicamente la expresión apenas esbozada de una teoría fantástica (en todos los sentidos). Aquí queda la reflexión por si a alguien le hace pensar y encuentra la razón que guía sus pasos como lector e identifica cómo construye su cadena y con qué tipo de eslabones. Estos pueden ser, a su vez, tradicionales eslabones de papel -muy resistentes-, o nuevos eslabones electrónicos, muy recomendables por su poco peso.

Pero eso ya es harina de otro costal.

28 marzo, 2011

«Fortunate Sons», una historia para la ficción

La historia real de 120 niños chinos
La realidad ha sido siempre el caldo de cultivo natural para las obras de ficción, y la propia Historia -con mayúsculas- el marco adecuado donde los autores pueden situar la trama y a los personajes de sus relatos. Este es el caso de las denominadas "novelas históricas", libros que en la mayoría de los casos suelen asociarse a la categoría de best-seller, pues reúnen al mismo tiempo todos los ingredientes de este género: pasión, ambición, amor, intriga y acción frenética en un contexto histórico donde los personajes pueden ser o no reales pero donde un suceso o toda una época sirven de trasfondo temporal. 

Viene todo esto a cuento de la presentación de un libro a la que asistí hace unas semanas en la librería Barnes & Noble del Upper West Side de Nueva York, precisamente la única que queda desde que a principios de año, y por problemas económicos, cerrara la de Lincoln Center para dar paso, tristemente, a una tienda de ropa.

«Fortunate Sons»
Pero no era la presentación de una novela histórica sino del libro que narra una historia verdadera acaecida a finales del siglo XIX. Sus autores son Liel Leibovitz y Matthew Miller, dos escritores -el primero también profesor de universidad- que residen Nueva York. Lo que han escrito es «Fortunate Sons» (Hijos afortunados), la historia real de "120 niños chinos que llegaron a América, fueron al colegio y revolucionaron una antigua civilización".

Liel Leibovitz
El origen del libro está en las imágenes de televisión que ambos vieron en Beijing (Pekín) donde se mostraban las fotografías amarillentas de aquellos niños chinos que vestían pesados ropajes de seda en medio del austero paisaje de Nueva Inglaterra. Los niños fueron enviados a Estados Unidos en 1872, durante el ocaso del Imperio Quing, con la esperanza de que unos años en los mejores colegios y universidades produciría un grupo de líderes capaces de sacar a China de su retraso tecnológico y militar. En los colegios y universidades de Connecticut, Massachusetts, New Jersey y New York los hijos de los supervivientes del Viejo Mundo y los hijos de una joven república, se encontraron, jugaron e intercambiaron ideas.

Esta es la historia que de forma apasionada, y como sólo los americanos saben hacer (el arte y la técnica de hablar en público se enseña en los colegios), nos contó Leibovitz al grupo de unas cuarenta personas que nos reunimos allí, incluido el descendiente americano de uno de los jóvenes chinos.

Todavía tengo que leer el libro que nos dedicó Leibovitz ("this book is primarily a work of history"), pero ya pienso que bien merece igualmente un relato basado en aquellos hechos para recrear en formato de ficción la peripecia personal de los niños y mostrar el choque de culturas, el enorme contraste de costumbres y creencias que sin duda debió de suponer. Igual que creo que las imágenes de aquella singular aventura, el desembarco de los niños en San Francisco, su viaje y estancia en familias de Nueva Inglaterra y su regreso a China, podrían ser sin duda objeto de un excelente guión y una cuidada ambientación para una superproducción de Hollywood.

Es en estas ocasiones cuando la realidad supera la ficción; cuando una historia verdadera debe aprovecharse de los recursos que la ficción le brinda para descubrirla en su totalidad y superarla, para presentárnosla bajo el encantamiento y el poder de su atractivo original.

- Puedes leer la reseña sobre el libro en The New York Times haciendo clic aquí.

28 febrero, 2011

Libros con encanto

Hotel Aultre Naray, Asturias
Lo dije hace algunas semanas, que volvería sobre «Sostiene Pereira», la novela de Antonio Tabucchi que leí "en un tiempo y un lugar para mí inolvidables". Y aquí estoy para cumplir mi palabra.

Hace unos diez años que Ana y yo pasamos unos días en un pequeño hotel rural en Peruyes (Cangas de Onís), una localidad en la sierra de la Enclava, en Asturias, a los pies de los Picos de Europa.

Uno de esos lugares donde uno piensa que podría haber estado el paraíso, como un lienzo pintado en tonos verdes y grises sobre el que descansar la vista y el espíritu. Pero cuando llegamos a la perplejidad ante el paisaje se unió la sorpresa por el encanto del alojamiento. El Hotel Aultre Naray fue precisamente el origen de la denominación que luego se ha hecho tan familiar en España de "hoteles con encanto", que popularizaron Isabel Llorens y Carlota Mateos al crear el sello de calidad 'Rusticae' y crear una red con este tipo de hoteles diferentes.

Pero de aquel hotel recuerdo con especial cariño su pequeña biblioteca. Allí elegí para leer un libro fino y amarillo de Anagrama: Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi. Después de nuestras excursiones y paseos volvíamos a descansar en las butacas de aquel confortable salón con un libro en la mano. Era nuestra hora de leer.

Ha pasado tanto tiempo que apenas recuerdo algunos retazos de la historia de Tabucchi, pero lo que no puedo olvidar es el gozo con el que leí y disfruté de aquellas páginas, eso que ahora en otros ámbitos alguno llamaría pomposamente la "experiencia de usuario" del lector. Porque descubrí a un gran escritor y porque aquella novela siempre quedará unida al recuerdo de un espacio y un momento muy especiales, totalmente distinto y probablemente superior al que hubiera tenido leyéndolo en circunstancias normales. Por eso creo que no sólo es importante lo que leemos, sino dónde y cuándo lo hacemos, pues el poso que deja en nosotros la lectura puede variar como cambia un paisaje del día a la noche.

Aquella novela de Tabucchi será siempre para mí un libro con encanto, inseparable de la vista del salón que se abría a los Picos de Europa, de los panecillos caseros del desayuno, de los paseos por la playa de Ribadesella y de sus casas de indiano, de nuestra absoluta entrega al queso de Cabrales y la sidra, o del verde de los pastos y el gris de las nubes que acompañaban al rumor del río Sella.

PD.- Este fue el mío, pero también me encantaría saber dónde y cuándo leíste tu propio libro con encanto.

16 enero, 2011

«El arma de los invisibles»

José Manuel García-Otero (Sevilla, 1955) es el autor de «El arma de los invisibles» (Punto Rojo Libros, 2010). Y sevillanos también los amigos que me regalaron esta primera novela del veterano periodista local al que “siempre le gustó escribir y contar historias”.

En este caso la historia de Horacio, uno de esos seres invisibles que, “sumergido en el anonimato, tiene un sueño legítimo, que es vivir la vida y ser feliz. Busca el amor, aunque el día que lo encontró se lo arrebataron y no tuvo valor para recuperarlo. O sí”.

Fue la primera lectura de 2011 que terminé otra vez, después de varias horas, a bordo de un avión. Una novela mezcla de género policiaco, búsqueda personal e historia de amor que va de menos a más en argumento y en intensidad, como una fiesta en la que a uno le cuesta entrar pero de la que luego le cuesta marcharse porque es cuando más está disfrutando. 

Sólo le pongo un pero y es que, en ocasiones, el lenguaje se vuelve demasiado denso, con frases muy largas y adjetivadas, imagino que consecuencia de los inicios del autor en la poesía.

Reconozco que nunca hubiera comprado El arma de los invisibles –entre otras cosas gracias al pésimo gusto del editor a la hora de elegir el motivo de la portada- pero me alegro de haberlo leído y haber disfrutado del mejor regalo posible que te pueden hacer unos buenos amigos, que siempre es un buen libro.

Y hablando de amistades, me gustó la cita de Francisco de Quevedo que abre el libro:

"El amigo ha de ser como la sangre, que acude luego a la herida sin esperar que le llamen". 

10 enero, 2011

«Arráncame la vida»

 Ángeles Mastretta. 1986.  
Housing Works es la organización que en Nueva York cuida de las personas afectadas por el VIH/SIDA y por los que no tienen hogar. Disponen de varias tiendas donde los ciudadanos pueden donar los objetos que después ponen a la venta o subastan con el fin de obtener fondos. En una de ellas, Housing Works Bookstore Cafe, situada en el SOHO, encontré este libro de Ángeles Mastretta (Puebla, México. 1949), «Arráncame la vida», publicado en Nueva York por Vintage Español (una división de Random House, Inc.), en 1997.

Fue en ese café-librería -un lugar para visitar si te acercas por Nueva York- donde por cuatro dólares rescaté esta novela publicada en 1986 y abandonada ahora a su suerte entre la única media docena de libros que componían la oferta en español. Hace años había leído «Mal de amores», su segunda novela, que supuso el salto a la popularidad de la escritora mexicana en el ámbito de la narrativa latinoamericana

Puedo decir que mereció la pena y que para mí fue una especie de bálsamo en el devenir de otras lecturas. Un amor interesado y no correspondido, el coraje de una mujer joven en una sociedad machista y la pasión de nuevos amores con el paisaje de fondo del convulso México revolucionario, son elementos suficientes para urdir una historia que te atrapa fácilmente.

Y me gustó mucho ese lenguaje español-mexicano con el que está escrita, que pone una banda sonora distinta a la lectura con giros y expresiones tan ricas y llamativas para los que no vivimos en América Latina. La escritura de Mastretta, que emplea buenos diálogos y mantiene un ritmo narrativo muy ágil, hace muy fácil y atractiva su lectura.

En 2008 apareció la versión cinematográfica que confieso que me gustaría ver. La película, con gran acierto en mi opinión, estaba promocionada con el siguiente slogan: "El corazón no se gobierna". Puedes ver el trailer de la película haciendo click aquí.

El título de la novela, que también me fascina, corresponde a una canción mexicana que aparece citada en la propia obra:

«Arráncame la vida.
Arráncala, toma mi corazón.
Arráncame la vida, y si acaso te hiere el dolor,
ha de ser de no verme porque al fin tus ojos me los llevo yo».

La ilustración de la cubierta, de una gran sensualidad, es "Brandy con naranja", de Nazario, que pertenece a la colección de arte que posee el Consejo Regulador de la Denominación Específica "Brandy de Jerez", que la cedió para la edición del libro .

La novela comienza así:

Ese año pasaron muchas cosas en este país. Entre otras, Andrés y yo nos casamos.
Lo conocí en una café de los portales. En qué otra parte iba a ser si en Puebla todo pasaba en los portales: desde los noviazgos hasta los asesinatos, como si no hubiera otro lugar.
Entonces el tenía más de treinta años y yo menos de quince.

06 enero, 2011

Ocho kilos de libros (o de berenjenas)

Nunca he comprado libros al peso, y esta vez tampoco. Sin embargo, y porque la Navidad es época de regalos y porque vivo en Nueva York, hice acopio en Madrid de algunos de los libros que leeré durante el año.

Viajar en avión con libros -libros que pesan y abultan- no es una tarea sencilla. Busqué una maleta pequeña donde cupieran y que pudiera subir al avión como equipaje de mano. Pero antes me asaltó la curiosidad de saber cuánto pesaban. Así que, ni corto ni perezoso, me fui con ellos a la frutería del supermercado y los apilé en la balanza donde la gente normalmente pesa los tomates, las zanahorias, los plátanos o las chirimollas. En la pantallita digital de la balanza apareció una cifra: 7,600. Es decir, casi ocho kilos en libros.

Quería tener la etiqueta impresa con el peso y, a falta de la tecla para pesar libros -obviamente sólo hay teclas para frutas y hortalizas- apreté un número al azar. La balanza escupió la etiqueta adhesiva con el peso (7,600 K.) y un precio: 21,66€. Había marcado la tecla de las berenjenas, cuyo precio es de 2,85 €/Kilo.

Sobra decir que no pasé por caja ni volví la vista atrás. Lo hice de prisa, esperando no ser visto para evitar explicaciones y el sonrojo de ser descubierto con las manos en la masa.

Ahora, y después de cruzar el océano, los libros que vuelan descansan ya en casa esperando que cualquiera los lea. Algunos fueron regalos, pero la mayoría comprados a un precio superior al kilo de berenjenas.

Quizá algún día los ebooks resuelvan el problema del volumen, el peso y el precio de los libros, pero no a día de hoy, donde en español todavía no hay oferta -ni en cantidad ni en calidad- comparable con la edición tradicional en papel. 

Quizá en el próximo viaje...

PD.- Iré dando cuenta de la lectura de los libros, sin prisa pero sin pausa, en este mismo cuaderno digital que es La Palabra Infinita.

01 noviembre, 2010

Lectura en versión original (V.O.): «Eat, Pray, Love.»

Normalmente, cuando se utilizan las siglas V.O. (versión original) se entiende que nos estamos refiriendo a una película en su lengua originaria, es decir, que no está doblada a otro idioma distinto al que fue creada. En algunos países, tanto en las salas de cine como en la televisión, las películas se ven en versión original. En otros, todas ellas están dobladas y para poder ver alguna en versión original hay que acudir a una sala donde figure el aviso V.O.

Pero, ¿qué sucede en el mundo de los libros? En este caso, lo habitual es que los lectores acudan a las ediciones traducidas de las obras originales, ya sean ficción, ensayo, poesía o cualquier otro género. Parece asumido en el mundo editorial que la forma de acercarse a cualquier obra escrita sea a través de su traducción. Existen traductores y existen editoriales que, en mayor o menos medida, cuidan las traducciones. De otra forma, fuera de los idiomas internacionales más comunes -español, inglés, francés y quizá el alemán- sería impensable acceder a la obra de autores reconocidos como Kafka, Murakami, Pamuk, Tolstoi, Mahfuz, Larsson o cientos de otros naturales de cualquier geografía.

Pero todo esto viene a propósito de un experimento no premeditado que realizamos mi mujer y yo hace unos días mientras coincidimos leyendo el mismo libro: 'Eat, Pray, Love' de Elizabeth Gilbert. Con dos diferencias fundamentales. Mientras ella lo hacía en español y en formato papel (libro tradicional), yo lo leía en inglés (V.O.) en formato digital (e-book en un iPad).

La historia de esta neoyorkina -la propia autora- que viaja a tres países (Italia, India e Indonesia) en busca de sí misma es, obviamente, idéntica en ambos casos. Sin embargo, mientras avanzábamos en su lectura y comparábamos frases y expresiones, en algunos casos nos dimos cuenta de que hay matices que son muy importantes a la hora de entender ciertas situaciones, que pueden resultar más creíbles o suenan más auténticas. Y eso sucede siempre en la lengua original. Quizá es una cuestión de 'sonido', de cómo fluyen las palabras en su propio idioma, no sólo cómo suenan en nuestros oídos sino cómo se representan en nuestro cerebro.

Si algunos reclaman para el cine poder escuchar la voz de los propios actores como una forma de respeto a la fidelidad de la obra y, por lo tanto apoyan el fomento de su exhibición en versión original, lo mismo podría decirse de la literatura. En este punto, sin embargo, entraríamos todavía más de lleno en el pantanoso terreno de la enseñanza de los idiomas en la escuela. Y eso daría para mucho rato.

Sobre la lectura en V.O., especialmente en un iPad, he de decir que hay una ventaja que en mi opinión se ha comentado poco hasta ahora cuando se habla de las diferencias -o más bien ventajas e inconvenientes- entre los nuevos soportes y el libro tradicional. En un iPad es posible acudir al diccionario cuando desconocemos el significado de una palabra. Basta señalarla con el dedo y marcar la opción diccionario. ¿No es eso un avance importante en la comprensión de cualquier texto y en el aprendizaje de cualquier idioma? Es como si debajo de tu libro tuvieras escondido el diccionario. No hay que tenerlo al lado, no hay que buscar el término ni la página, basta con señalarlo con tu dedo. Después puedes crear una nota con su significado o con cualquier cosa que te interese, una especie de Post-it que puedes recuperar en cualquier momento. Y subrayar líneas o párrafos enteros también lo puedes hacer en cualquiera de los colores de los subrayadores habituales.


'Eat, Pray, Love', calificado como libro de no-ficción es, sin embargo, un relato novelado de la peripecia personal de la autora. Escrito con un fino sentido del humor, logra captar de forma inteligente el interés de quien se involucra con ella en la historia. La historia de una joven norteamericana en proceso de divorcio y estresada por el ritmo de una vida de fortuna en Nueva York. Se lee muy fácil, es entretenido y tiene un componente de reflexión que hacen agitar un poco el pensamiento.

PD.- No, no he visto la película basada en el libro que protagoniza Julia Roberts junto a Javier Bardem, pero confieso que espero poder hacerlo como simple curiosidad intelectual.

- Reseña de 'Eat, Pray, Love' en The New York Times, aquí.
- Citas de Elizabeth Gilbert en el libro, aquí.

22 julio, 2010

Tres autores en Nueva York

El Instituto Cervantes de Nueva York reunió hace algunas semanas a varios escritores españoles en una mesa redonda, más bien rectangular, para hablar de literatura o casi de cualquier cosa. Estas son algunas de las opiniones e ideas expresadas por Elvira Lindo, Antonio Muñoz Molina o Eduardo Mendoza que recogí en mi cuaderno de notas.

Elvira Lindo afirmó que "el interés por la cultura española en Estados Unidos es desolador. De todo lo que se publica en Estados Unidos sólo se traduce un 4%, y no sé si es por falta de interés o porque no vendemos bien".

Antonio Muñoz Molina habló sobre "la condición transfronteriza del idioma" respecto del español con el inglés y con las demás variantes del español. "Eso se nota en Estados Unidos cuando hablamos el mismo idioma, un idioma reconocible. A los españoles nos recuerda que no somos los dueños del idioma y que el español no es la lengua de la Guardia Civil de los años 40".

También se refirió Muñoz Molina al libro literario, del que dijo que "es incompatible con el ecosistema de las grandes superficies. Desaparecen las librerías independientes y las grandes editoriales alquilan espacios en las Barnes & Noble de turno, donde los libros son cada vez más grandes y de colores más llamativos, como los papagayos".

Eduardo Mendoza señaló que es muy difícil traducir libros españoles al inglés "porque no hay tradición de traducción en el mundo de habla inglesa, donde sólo se traducen obras muy importantes. Además -señaló con sorna- los ingleses no saben qué hacer con el subjuntivo".

Sin embargo reconoció que "nunca como ahora una obra literaria ha tenido tanta difusión y tantos lectores. Eso sí -puntualizó- dejar que la tribu explote el petróleo es muy raro".

07 junio, 2010

Viaje al silencio

Me gusta el silencio. Quizá por eso prefiero escuchar antes que hablar; leer y escribir antes que hablar. Y por fin llegué a la lectura de 'Viaje al silencio' de Sara Maitland (Alba Editorial. Barcelona, 2010), un libro del que ya conocía algunas cosas. Titulado en versión original 'A Book of Silence', Maitland aborda las formas del silencio y su búsqueda.

Y mientras lo leía se hacía cada vez más vivo mi recuerdo de la lectura de 'De los intentos de permanecer quieto" de Jenny Diski. Por muchas similitudes: porque ambas son mujeres, porque ambas viajan a lugares remotos, porque ambas se alejan de lo establecido como correcto y marchan en busca de su grial personal.

'Viaje al silencio' no es una novela, más bien un ensayo autobiográfico de peripecia personal con tintes de literatura de viajes. El único pero, por poner alguno es que, precisamente lo personal es a veces lo que más interesa y lo que Sara Maitland hurta al que lo lee. Ella estudia tanto su silencio como el de otros que han relatado sus impresiones, por ejemplo ermitaños, anacoretas y eremitas, aunque se ocupa de aclarar que "no soy de los que abogan por la 'vuelta a la naturaleza' y a la vida de subsistencia. [...] Lo que quiero es vivir en el mayor silencio posible en este momento de la historia."

Muy pronto explica lo que hoy en día entendemos como silencio: "Empecé a darme cuenta de que el silencio se percibe hoy mayoritariamente como carencia o ausencia de palabras o de sonido: es decir, como una condidión esencialmente negativa." Para afirmar más tarde cuál es su ideario sobre el silencio: "Estoy convencida de que, como sociedad, estamos perdiendo algo muy valioso al fomentar esa cultura que evita el silencio, y creo que el silencio, sea lo que sea, debe conservarse, cultivarse y recuperarse."

Sus objetivos son muy claros: "Quiero rezar mis oraciones, escribir algunos cuentos, leer algunos libros y subir la colina que está detrás de mi casa para contemplar el mar en los días claros." ¿No es una deliciosa definición de la felicidad? Diré que para mí sí.

Sara Maitland vive en la actualidad en Galloway (Escocia), en una vieja cabaña de pastores que descubrió: "Aquella era mi casa, mi ermita, mi hogar".

"No quería estar encajada al pie de un monte, ni encerrada en un bosque, sino expuesta a los vientos. Tampoco es mi paisaje el de las cumbres desafiantes. Es un espacio gigantesco y silencioso de turberas, hierbas, helechos, cercas de piedra derruidas que no delimitan campo alguno, y el áspero grito del zarapito en pleno vuelo."

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