Pestañas

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25 junio, 2012

Lectura de amor y cólera en Nueva York


Portada de Arnoldo Mondadori Editori
Después de un Gabo enlacé con otro Gabo, así es como llegó el turno de leer «El amor en los tiempos del cólera» en una primera edición de Bruguera (Diciembre, 1985) de su colección Narradores de Hoy que, tengo que confesar, no sé de dónde salió.

"Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados", así comienza la novela que "refiere la epopeya sentimental de un amante repudiado que en el curso de su larga vida, desde el furioso incendio juvenil hasta las brasas crepusculares de la vejez, ha mantenido una infidelidad inquebrantable a la antigua novia". Así, de forma tan dramática, se resume en la solapa interior lo que uno encuentra en este libro de García Márquez. Y si a alguien le mueven a la curiosidad esas lineas lo mejor que puede hacer -yo lo recomiendo- es dejarse conmover por esta historia de amor en los tiempos del cólera. Hay muchas novedades en las librerías pero uno nunca se equivoca si prefiere dejarse seducir por el Nobel colombiano.

Algunas frases que subrayé mientras leía:

- "La miró de frente con los cinco sentidos para fijarla en su memoria como era en aquel instante: parecía un ídolo fluvial, impávida dentro del vestido negro, con los ojos de culebra y la rosa en la oreja".

- "... y tan cerca de ella que percibió las grietas de su respiración y el hálito floral con que había de identificarla por el resto de su vida".

- "Era todavía demasiado joven para saber que la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos...".

- Había una casa abajo, junto al estruendo de las olas desbaratándose contra los cantiles, donde el amor era más intenso porque tenía algo de naufragio".

- "... y sólo entonces descubrió que se le estaba pasando la vida. Lo estremeció un escalofrío de las vísceras que lo dejó sin luz...".

- "Sentía que el tiempo de la vejez no era un torrente horizontal, sino una cisterna desfondada por donde desaguaba la memoria".

P.D.- «El amor en los tiempos del cólera» ha sido mi última lectura en los años que he vivido en Nueva York. Terminé de leer la novela recostado en una farola de la calle 77 -buscando la luz que una noche del mes de junio me robaba-, en la esquina con Columbus Avenue, sorteando inmóvil a los transeúntes del paso de cebra y al lado de la bulliciosa terraza de Isabella's.

04 junio, 2012

Literatura por un dólar

Mientras leo «El amor en los tiempos del cólera», y antes «Los funerales de la Mamá Grande», ambos del colombiano García Márquez, la casualidad o el destino ha querido que aquí en Nueva York vuelva a encontrarme con él. Ha sido en un puesto de naderías y baratijas en el mercadillo de Columbus Avenue y en forma de revista literaria -The Paris Review- que compré por un dólar. Se trata del número 82, que corresponde a la edición de invierno de 1981. Y allí, en la portada, estaban anunciadas las entrevistas con Carlos Fuentes y García Márquez, además de un relato de Cortázar (Feuilletons from A Certain Lucas).

Respecto a la entrevista con García Márquez es curioso pensar que está realizada cuando aún el colombiano no había recibido el Premio Nobel, lo que sucedería al año siguiente, en 1982. Y muy curiosa su respuesta a la primera pregunta del entrevistador sobre cómo se siente frente a la grabadora. La entrevista con Carlos Fuentes, recientemente fallecido, fue realizada en su casa de Princeton, New Jersey.

Tener a García Márquez, Carlos Fuentes y Cortázar juntos en un pequeño volumen, por un dólar, me parece un lujo, y más cuando después he sabido que su precio ahora es $40. Aún así, Internet y la propia revista hacen posible compartir ambas entrevistas. La de García Márquez se puede leer aquí, y la de Carlos Fuentes aquí. No he tenido tiempo de leerlas todavía pero no tardaré en hacerlo. 

              
Página 44
Página 140

P.D.- Creo que este ha debido ser el premio a varios años de ausencia forzada de las ferias del Libro y del Libro Antiguo de Madrid. 

28 mayo, 2012

Sobre «Los funerales de la Mamá Grande»

Relatos publicados en 1962
Transitando esta astenia lectora que me atenaza fui a dar en la librería de casa con un pequeño volumen que no recordaba haber comprado. Una primera edición (febrero, 1980) de «Los funerales de la Mamá Grande», publicado por Editorial Bruguera en su colección Libro amigo, todavía con la etiqueta del precio en una moneda que ya no existe (P.V.P. 150 Ptas.). Pensé que debía leerlo,   primero como una forma de devolverlo a la vida de nuevo y segundo como el mejor homenaje posible (es una frase hecha pero no deja de ser verdad) a su autor -el bueno de Gabo- que este mismo año ha cumplido 85 primaveras. Un hito muy celebrado públicamente pero probablemente olvidado con una rapidez proporcional a la intensidad y emotividad de su celebración. Basta ver aquí a Carmen Balcells, la agente literaria de García Márquez, reconocer que no se imagina su vida sin Gabo.

Pero no fui yo sino Ana (doble homenaje) la primera en leer a esta Mamá Grande recuperada, que su autor dedica extrañamente -al menos para mí- "Al cocodrilo sagrado". Publicado en 1962, «en todos estos cuentos, el inolvidable creador de Cien años de soledad retorna a esa especie de submundo tropical que es Macondo». Esa es la impresión que uno tiene nada más leer la primera línea: «El tren salió del trepidante corredor de rocas bermejas, penetró en las plantaciones de banano, simétricas e interminables, y el aire se hizo húmedo y no se volvió a sentir la brisa del mar». Y a partir de aquí todo es García Márquez, la deliciosa narración de pequeñas historias de una enorme intimidad e intensidad al mismo tiempo, algunas de ellas más atractivas para mí que Los funerales de la Mamá Grande, el cuento que cierra e volumen y da título al conjunto. Por ejemplo la historia de Dámaso y Ana en En este pueblo no hay ladrones, o del constructor de jaulas en La prodigiosa tarde de Baltazar.

Ahora el pequeño librito de Gabo necesita otra vez reposo después de que sus páginas amarillentas se hayan abierto y despegado, quién sabe si por el calor y la humedad de Macondo, la fatiga de sus personajes o simplemente -después de 32 años- por el último roce de sus lectores. Pero también escondía otras sorpresas, dos restos del pasado: un antiguo billete de cartón amarillo de RENFE (El Escorial - Nuevos Ministerios) con fecha 14 NOV 82, y un pedacito de papel cuadriculado escrito en lápiz por mí: «EXTRATERRITORIAL Georges Steiner Ed. Barral». Puedo imaginar el porqué del billete de tren pero mucho menos del papelito que, como he curioseado después, hace referencia a un volumen de ensayos sobre literatura y revolución linguística. Los libros son sin duda esas 'cajas negras' que igual que dan pistas sobre sus lectores ocultan también multitud de secretos.

Algunas frases que subrayé mientras leía:

- «Tenía la serenidad escrupulosa de la gente acostumbrada a la pobreza».

- «Tenía una barba de dos semanas, un cabello corto, duro y parado como las crines de un mulo, y una expresión general de muchacho asustado».

- «Toda la bondad, los extravíos y los padecimientos del pueblo penetraron hasta su corazón cuando tragó la primera bocanada de aquel aire que era una humedad azul llena de gallos».

16 abril, 2012

«Azul» mediterráneo


Gino Rossi, Marina - Douarnenez
No sé bien por qué -probablemente porque me gustó-, pero recuerdo con especial cariño la lectura de «Azul», la novela de la escritora catalana  Rosa Regás que obtuvo el premio Nadal en 1994 y que leí aquel mismo año en el Cok Hotel de Amsterdam. El propio título evoca ya el Mediterráneo, el color, el paisaje y el mar que impregna toda la novela. Traigo aquí también por su belleza la pintura del italiano Gino Rossi (1884 - 1947) que sirvió para ilustrar la portada del libro editado por Destino (colección Áncora y Delfín). Así empieza la novela:

    «La isla no tenía ningún atractivo especial como no fuera la gran mole de piedra roja que acumulaba el sol desde el amanecer. Por el este se abatía en picado sobre el puerto y por el oeste descendía menos abruptamente hasta formar un valle pedregoso y árido. Desde lejos se destacaba altiva como un vigía, como un faro natural amparando las breves laderas cubiertas de matorral reseco y espinoso.

    La mayor parte de la superficie y del litoral era tan rocosa que al cabo de los años, cuando ya no quedara rincón alguno del Mediterráneo sin explorar, sólo una pequeña playa de marga habría de salvar a sus escasos y derrotados habitantes del ostracismo turístico. Sin embargo era de difícil acceso porque no podía llegarse a ella más que por un estrecho camino que trepaba entre ruinas desde el muelle sur, descendía de nuevo y se borraba a veces, o burlaba al caminante y le llevaba por veredas sin retorno entre construcciones medio derruidas, sin techo, de ojos vacíos y suelos rellenos de cascotes, de cuyas ocultas entrañas brotaba a veces, solitaria y torturada, una higuera. Al retomar el camino, o lo que el desuso había dejado de él, ya podía verse a lo lejos el agua clara y los bajos fondos plagados de erizos, pero antes de llegar se desparramaba sin remedio por un terreno de marismas y una breve playa tosca, de arena roja y ardiente donde nacían yerbajos y matojos y se amontonaban los detritus.

    Exceptuando el puerto era la única salida al mar. En el resto de la costa no había más que rocas que se precipitaban en riscos sobre el agua, paredes de escollos donde batían sin descanso las olas aún con el mar en calma, tan verticales que al filo de mediodía el perímetro completo de la costa quedaba rodeado de un exiguo cinturón de sombra, un relieve sobre el azul opaco, aplastado por la luz, que luchaba por mantener una ínfima zona de frescor frente a la mole rocosa».

09 abril, 2012

«Nadie me verá llorar», de Cristina Rivera Garza



Nunca hubiera leído «Nadie me verá llorar» (Tusquets editores, Colección Andanzas, 2004) si antes no me hubiera encontrado -es un decir- con Cristina Rivera Garza, su autora, en las redes sociales, primero en Twitter (@criveragarza) y después en su blog. De ahí pasé a leer los artículos de su columna semanal en el periódico mexicano Milenio. Supe entonces que es una escritora mexicana, que tiene mi edad (bueno, es cierto, algo más jóven) y que es doctora en Historia. Si elegí esta novela, escrita en 1999, para conocer su narrativa fue quizá por un título con tanta fuerza. En cualquier caso creo estar en deuda con Twitter por haberme presentado a su autora.

Leída en los días de Semana Santa, entre Nueva York y Chicago -prácticamente entre el avión y el hotel-, de «Nadie me verá llorar» me quedo con el tormento de amor de la loca Matilda Burgos, interna en el maniconio de La Castañeda, en el México de principios del siglo XX. Una historia que Rivera Garza recrea libremente sobre la existencia real de una interna y sobre el ambiente del México en los albores de la post-revolución que ella misma analizó en su tesis de doctorado en historia latinoamericana. «Ahí, frente a él, sentada sobre el banquillo de los locos, vistiendo un uniforme azul, la mujer que debería haber estado inmóvil y asustada, con los ojos perdidos y una hilerilla de baba cayendo por la comisura de los labios, se comportaba en cambio con la socarronería y altivez de una señorita de alcurnia posando para su primera tarjeta de visita». Es también una novela sobre el desencanto. Uno de los personajes dice: «El  desencanto está en boga. Mencionarlo es un rasgo de inteligencia, el  sello de un espíritu refinado».

C. Rivera Garza (Matamoros, 1964)
Pero además de dejarme arrastrar por la historia de Matilda y el fotógrafo Joaquín Buitrago pensaba dónde Cristina Rivera Garza podía encontrar las palabras para evocar ciertos sentimientos: «El sonido invadió su cabeza todo el día y toda la noche. No era el monótono zumbido de una abeja, sino el estrépito de un vaso de cristal rompiéndose en la sangre». Y es que además de novela y relatos ha escrito también poesía. Se puede leer en la novela: «La luz, desde lejos, se confunde con el paso de una luciérnaga extraviada en el corazón del invierno. [...] Las palabras se habían vuelto vocablos sin razón, sonidos que, una vez articulados, se confundían con el aire. [...] ¿Quién no ha soñado frente a una taza de porcelana tatuada con las huellas del lápiz labial de una mujer?». 

Sí, es una lectura que requiere volver sobre las palabras y releer en ocasiones pero que por eso mismo se saborea mejor y no deja indiferente. Después de todo, me alegro mucho de poder tachar a Cristina Rivera Garza de mi Lista de Autores Desconocidos. ¿Por qué -me pregunto ahora- he tardado tanto en saber sobre ella? Pero también me pregunto por qué es necesario ilustrar la portada de la novela de un escritora mexicana con una pintura de otra artista mexicana: Frida Kahlo.

P.D.- Precisamente ahora que regreso a Madrid comienzo a leer a una escritora que vive en Brooklyn, Nueva York: Siri Hustvedt.

05 marzo, 2012

Con libros o sin ellos



"A veces me gustaría que los libros fueran como cassettes"
Raro es el día en que no leemos o escuchamos algo sobre ese tira y afloja que se traen el libro tradicional y el libro electrónico, sobre quién logrará llevarse el gato al agua, sobre qué modelo han de seguir los editores y los libreros para no perder comba, sobre qué precio debe de tener este último si ya no está hecho de papel ni tiene tapas, sobre si los lectores prefieren el olor del papel o las manchas de la tinta electrónica, en fin, sobre qué será de eso que hasta ahora conveníamos en llamar libro, y sobre lo que a nadie se le ocurría cuestionar su naturaleza.

Al fin y al cabo el libro, de papel o electrónico, está en el centro de toda este torbellino cuando realmente es lo único que separa -o bien lo que une- al autor y su lector. Estamos hablando, obviamente, del libo como objeto, pero no de la obra en sí misma, el relato o la historia -en el caso de la ficción- que ha salido de la cabeza de su autor. El escritor podría leer su obra en un teatro en voz alta, como un compositor interpreta su música en un escenario para que sea escuchada. ¿Cómo iba a esperar un Mozart o un Beethoven que su música sería escuchada algunos cientos de años después fuera de las salas de concierto, primero en un gramófono, después en un tocadiscos y en una cassette, más tarde en un compact-disc, luego en un reproductor mp3, en un ordenador y, finalmente, con unos auriculares conectados con cables o sin ellos a nuestro teléfono móvil? 

El reproductor está en nuestro cerebro
Imprenta de Gutemberg
Esta carrera desenfrenada en la evolución de los reproductores musicales ha sido sin embargo especialmente lenta, contada en varios siglos, en el caso de los reproductores de la palabra, básicamente uno solo -el libro con mayúsculas- gracias al increíble ingenio de Gutemberg. Es verdad que los copistas medievales ya componían libros preciosos, pero fue al alemán a quien se le ocurrió la forma de multiplicar casi hasta el infinito la obra escrita de un autor. Pero si me apuran más, incluso con la enorme ventaja que supuso la invención de la imprenta de tipos móviles, una diferencia fundamental con la música es que en el caso de la literatura, por ejemplo, -y sea cual sea el soporte físico- el reproductor está en nuestro cerebro para convertir letras y palabras -electrónicas o impresas en papel- en las imágenes, sentimientos y sensaciones que el escritor ha querido sugerir. 

Intentar adivinar el futuro del libro es complicado; nadie tiene la bola de cristal para saber cómo será o en qué tipo de soporte se convertirá en pocos o muchos años, pero de lo que no hay duda es de que seguirá habiendo gente con ganas de contar historias y mucha más gente con ganas de leerlas. Con libros o sin ellos siempre nos quedarán autores y lectores. Mientras llegue ese momento sigamos leyendo.

P.D.- «A veces me gustaría que los libros fueran como cassettes. Cartuchos que uno pudiera insertarse directamente al cráneo. No estoy hablando de audiolibros ni de evitar la lectura. Hablo de que ya habiendo leído el libro, poder cualquier jodido día, rememorar la sensación que el libro te dejó al terminarlo, pero en el tiempo que dura una canción». Es lo que dice Pierre, el autor de la ilustración que acompaña esta entrada, en su blog hueso hueso.

13 febrero, 2012

La teoría del descubrimiento lineal


Todos tenemos un escaner lector.
Plantarse delante de un cuadro en una galería de arte o en un museo significa descubrir la pintura en su totalidad de un solo vistazo. Después, inmediatamente -haciendo un barrido minucioso sobre la superficie con el escaner personal que todos llevamos dentro-, la mirada se detendrá en los detalles, en algún objeto concreto, en las tonalidades del color, la perspectiva, el efecto de la luz o en el rostro de algún personaje retratado. Así, tratamos de descifrar algunos significados, interpretar de la mejor forma posible lo que vemos hasta que nuestro cerebro se forma una idea precisa de lo que hemos visto. Entonces somos capaces de emitir un juicio: nos gusta o nos gusta; nos dice algo o no nos dice nada; nos emociona o nos defrauda; nos enamora o nos deja indiferentes.

Un buen comienzo
Este proceso -con más o menos matices- se repite en la pintura y en la fotografía, pero no así en la literatura -ni tampoco en el cine-, donde el descubrimiento de la obra no es inmediato, a primera vista, sino lineal. En este caso, y a donde quiero llegar, es que un buen comienzo resulta por lo tanto esencial. Puede ser una frase, un párrafo o la primera página, pero sin duda ayudará a que nos quedemos plantados delante del libro hasta que ese escaner maravilloso que tenemos en el cerebro que nos permite leer, imaginar e interpretar lo que no podemos ver nos permita descubrir la belleza que contiene el libro en su totalidad.

Siempre que pienso en estas cosas, que tampoco es todos los días ni a todas horas, recuerdo con verdadero asombro el comienzo de la novela de un escritor español de renombre que leí hace ya quince años. Así comienza el relato:

Se abrió la blusa...
«No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados. Cuando se oyó la detonación, unos cinco minutos después de que la niña hubiera abandonado la mesa, el padre no se levantó en seguida, sino que se quedó durante algunos segundos paralizado con la boca llena, sin atreverse a masticar ni a tragar ni menos aún a devolver el bocado al plato; y cuando por fin se alzó y corrió hacia el cuarto de baño, los que lo siguieron vieron cómo mientras descubría el cuerpo ensangrentado de su hija y se echaba las manos a la cabeza iba pasando el bocado de carne de un lado a otro de la boca, sin saber todavía qué hacer con él».

Ya sé que es un principio trágico y que puede resultar desagradable para alguien pero ¿de verdad que no dan ganas de continuar leyendo y descubrir qué sucedió después, qué hizó ese padre y por qué su hija se quitó la vida, o qué nos quiere hacer ver el autor?

P.D.- Pensaba haber dicho quién es el escritor pero prefiero no hacerlo por si alguno lo habéis leído y lo queréis compartir o por si, no habiéndolo leído, os atrevéis a sugerir un nombre. Después de elucubrar sobre la teoría del 'descubrimiento lineal', y ya que has llegado hasta aquí, estoy dispuesto a regalar la novela a quien lo descubra y lo comente.

06 febrero, 2012

A vueltas con la literatura y la calidad


Esta semana pasada -mientras avanzo a trancas y barrancas en la lectura del libro que me ocupa- he podido leer tres textos de distinta procedencia que, aunque desde ángulos distintos también, hablaban de literatura y calidad literaria. Se trata de una entrada (Alma, literatura y un lucio) de Bárbara, autora del blog Dame una tregua; del filósofo y escritor Fernando Savater, en su artículo publicado en El País (Defectos especiales), y de una columna de la escritora mexicana Cristina Rivera Garza (Contra la calidad literaria) en el periódico mexicano Milenio. Merece la pena leer los textos completos con atención pero me pareció interesante dejar aquí para vosotros un esbozo de lo que contienen.

Cierta forma de escritura en papel
Para empezar, un asunto interesante ese de tratar de definir lo que es literatura, como reconoce Bárbara: «La verdad es que esto de la literatura, sobre todo la que lleva MAYÚSCULAS, es un asunto espinoso, más espinoso que un lucio, y que deja así como un poco boquiabierto también». Sin embargo, Cristina Rivera Garza no tiene ninguna duda y aborda la cuestión desde una visión más crítica cuando afirma que la literatura «no es un sinónimo de buena escritura o de escritura de calidad. La literatura es el nombre que se la ha dado a una cierta forma de escritura que se publicó en papel, usualmente en la forma de libros, y que se constituyó en elemento hegemónico para la formación de cánones a lo largo del periodo moderno».

Savater no entra directamente a definir la literatura en su artículo pero nos dice algo muy interesante que también tiene que ver con los cánones de lo literario. En literatura, afirma, como ocurre también en otros muchos campos, «se hace admirar lo que cumple las pautas y se hace amar lo que las desafía». Lo explica de una forma maravillosa al inicio de su artículo: «¿Cuál es la diferencia entre un rostro bello y uno realmente atractivo? Pues que el bello omite los defectos y el atractivo los tiene, pero irresistibles. La perfección que respeta todas las normas clásicas merece el encomio gélido del museo, pero cuando la imperfección acierta nos la queremos llevar a casa y vivir con ella y para ella». Algo, la calidad, que Rivera Garza, autora de libros como Verde Shanghai, deja en las manos responsables del lector: «La calidad, definida como el conjunto de propiedades que permiten juzgar el valor de algo, no es, por otra parte, inherente al texto. No hay nada, de hecho, inherente al texto. No hay nada que venga del texto sin que esto haya sido invocado por el lector. Mejor dicho: lo único inherente al texto es su cualidad alterada».

Insignes kilos de sesos
En términos de calidad Fernando Savater, recordando el caso de Tolkien y otros como Graham Greene,-y para poner de manifiesto que para algunos ser un escritor popular es lo contrario a ser un buen escritor-, dice irónicamente que «¡Cuándo sus libros gustan a tantos algo debe ser de baja calidad, por lo menos la prosa!». Por eso cree que la concesión del Nobel es una anécdota que no debe magnificarse. «Quienes lo han ganado sin duda lo merecían, aunque otros tampoco hubiesen desentonado en su palmarés: Tolstoi, Proust, Joyce, Kafka, Baroja, Borges... Cada uno con su prosa y sus defectos especiales, que les censuran los académicos y tanto les agradecemos los lectores». Bárbara también tiene su propia opinión sobre los académicos, a quienes dedica un bonito calificativo: «Que la literatura es alma al fin y al cabo y que probablemente haya más verdad en un trocito de alma volátil e invisible que en varios tomos de historia de la literatura pergeñados por insignes kilos de sesos».

Cristina Rivera Garza
Rivera Garza introduce finalmente una variable muy interesante al hablar de lo literario -la tecnología- tan en boga en estos tiempos revueltos en  el mundo editorial: «¿Por qué habría de pedírsele a todo texto que parezca como si hubiera sido escrito con la tecnología y los estándares de conducta de sus congéneres del XIX? Pues porque una pequeña elite temerosa de perder los cotos de poder que refrenda su estética lo sigue argumentado aquí y allá en la plaza pública. Por mi parte, estoy convencida de que todo mundo tiene derecho a seguir escribiendo su versión propia del texto del XIX, ciertamente. Lo que esos neoconservadores no pueden hacer ya es esgrimir una noción de lo literario, que es histórica y contingente, como si se tratara de un estándar natural o intrínseco a toda forma de escritura. Seguiré siendo una admiradora de Dostoievsky hasta el último de mis días y, con seguridad, parte de mi trabajo seguirá produciéndose en papel, pero de la misma manera me entusiasman, y mucho, las posibilidades de acción que traen al oficio de escribir las transformaciones tecnológicas de hoy». 

P.D.- Ahora todos a leer, todos a disfrutar de un libro, todos a regodearnos con la literatura, con cualquier clase de literatura... ¡No hay literatura sin lectores!

30 enero, 2012

«La metamorfosis» de Borges, digo de Kafka...



Editorial Losada, 1967 (sexta edición)
El equívoco del título -imperdonable- se debe únicamente a que he leído una edición del relato del autor checo prologada por el argentino Jorge Luis Borges. Se trata de un pequeño librito que rondaba por casa -una edición de la Editorial Losada, de Buenos Aires, (Biblioteca Clásica y Contemporánea) de 1967 (sexta edición)- y que no sé decir de dónde ha salido. El papel tiene ya ese tono amarillento y el olor característico de los libros de hace más de 40 años. Pues bien, he leído «La metarmofosis» ahora, digamos ya en la madurez, cuando probablemente debiera haber sido una lectura de juventud. Tendré que apelar al "nunca es tarde..." para evitar cualquier lamento y afirmar que mereció la pena no sólo por conocer finalmente esta «terrible fábula de la incomunicación humana», sino algunas de las circunstancias del relato y de su autor.
 
Argumento y ambiente
La obra fue escrita en 1915 por Franz Kafka, nacido en el barrio judío de la ciudad de Praga en 1883. Borges afirma que «era enfermizo y hosco: íntimamente no dejó nunca de menospreciarlo su padre y hasta 1922 lo tiranizó. [...] De su juventud sabemos dos cosas: un amor contrariado y el gusto de las novelas de viajes». Kafka murió en 1924 en un sanatorio cerca de Viena. «Desoyendo la prohibición expresa del muerto -continúa Borges-, su amigo y albacea Max Brod publicó sus múltiples manuscritos. A esa desobediencia feliz debemos el conocimiento cabal de una de las obras más singulares de nuestro siglo». Quizá, casi cien años después de ser escrita, esa singularidad sea menor. Quiero pensar que el efecto que tuvo a principios del siglo XX el relato del bueno de Gregorio Samsa convertido en un «monstruoso insecto» sería muy distinto del que podría tener hoy, acostumbrados como estamos al absurdo en cualquiera de las disciplinas artísticas. Y aunque he podido leer numerosos enfoques sobre el posible significado de este sórdido relato, me quedo con la observación que propone el propio Borges: «El argumento y el ambiente son lo esencial: no las evoluciones de la fábula ni la penetración psicológica». Según el argentino «dos ideas -mejor dicho, dos obsesiones- rigen la obra de Franz Kafka. La subordinación es la primera de las dos; el infinito, la segunda». Algo sin duda más fácil de entender es a lo que nos referimos cuando hablamos de una «situación kafkiana», sobre todo después de leer el relato y explicar Borges que «la más indiscutible virtud de Kafka es la invención de situaciones intolerables».

Pero otro de los descubrimientos, aparte de la propia lectura, tiene que ver con la discusión sobre  la autoría de la primera traducción al español de «La metamorfosis». Al parecer atribuida al propio Borges, otros estudiosos confirman que fue traducida por primera vez al castellano en 1925 -adelantándose a las primeras traducciones inglesas y francesas de Kafka- posiblemente por Margarita Nelken para Revista de Occidente

Y como siempre, lo mejor, recomendar leer «La metamorfosis» si alguien no lo ha hecho todavía para conocer la obra y poder opinar. Y aunque es un relato muy breve, para quien prefiera una versión diferente, dejo aquí las dos partes de la adaptación de la obra de Kafka realizada por Hipotálamo Films.



« Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos ».



P.D.- Creo que después de este librito es hora ya de vencer ese jet-lag lector que me atenaza y embarcarme en nuevas y excitantes lecturas.

09 enero, 2012

Razones para elegir un libro y leer



Ando despistado. En el ámbito de la lectura, me refiero. No sé si es por el cambio de ciudad, de trabajo, de año, por el barullo de las fiestas de Navidad o por todo al mismo tiempo, pero el caso es que no tengo claro todavía cuál será el itinerario de mis próximas lecturas.

Pero, ¿qué debería leer? ¿cuáles son los libros a los que dedicaré mi tiempo, poco o mucho? A propósito de esta pregunta he leído estos días en varios lugares algunas razones -expresadas mucho mejor de lo que yo lo haría- sobre lo que nos mueve a los lectores a la hora de elegir nuestras proximas lecturas. Primero fue en la reseña escrita por Juan Francisco Uriarte en el blog Luchalibro sobre «Cuentos reunidos», del noruego Kjell Askildsen:

«¿Cómo elegir un libro? ¿Cómo decidir a quién entregar nuestras horas de lectura? ¿Cómo zambullirmos en el mundo de un escritor desconocido? Las respuestas a estas dudas pueden ser infinitas, pero entre las más frecuentes podríamos situar las recomendaciones de algún amigo, las críticas de un medio reconocido y respetado, o la llana absorción de un nombre impuesto por las trompetas de la industria editorial. Otro caso, casi siempre fructífero y con final feliz, suele ser seguir la opinión y los gustos de los escritores que nos apasionan. Pasar las páginas que ellos recorrieron para ser lo que son, rastrear sus huellas lectoras con vocación de sabueso».

Probablemente no son estas todas las razones posibles a la hora de elegir un libro per sí las más comunes. Supongo que todos hemos elegido alguna de ellas en alguna ocasión, incluida -al menos es mi caso- el sonido agudo y estridente de las trompetas de la industria editorial. Sin embargo los libreros dirán también, con toda razón, que ellos también son agentes principales a la hora de la prescripción. Y el azar, se me ocurre. ¿Quién no se ha topado con un libro que nunca hubiera sospechado elegir y sin embargo resultó convertirse en un encontronazo feliz?

Precisamente esta forma casual, «...vagando aburrido entre libros en busca de lectura, como el borracho que brujulea por los bares mendigando la invitación de un trago», es la que encontré después en un artículo de Sergio Campos Cacho (Un whisky para don Gonzalo) sobre Torrente Ballester en la revista cultural Jot Down. Reconozco que me hizo sonreír pues así me encuentro ahora, despistado y mendicante de lectura. Otros menos dados a la casualidad piensan, como Alfredo Álamo en el blog de Lecturalia (¿Es todavía necesaria la crítica literaria?), que «la mayoría de la gente, hoy por hoy, busca la prescripción literaria. Quiere que alguien le diga si un libro es bueno o malo, si le gustará o no, si merece la pena perder unas cuantas horas, días o incluso meses, con una historia que puede elegir entre cientos de otras novedades». 

Otra pregunta diferente que podemos hacernos es la que formula Forges en la ilustración de esta entrada: por qué leemos. J. Ernesto Ayala-Dip, en un buen artículo en El País (¿Quién teme a los lectores?), se preguntaba lo mismo y responde: «¿Sabemos todos para qué tenemos que leer? ¿Tenemos que hacerlo para formar parte de un reducido club? No creo que sea para eso. Para cualquier propósito, menos para ese. Pero sí creo que es necesario hacerlo para ganarnos el derecho a una mayor calidad estética, ética y lúdica en nuestras vidas». Cualquiera que sean las razones por las que uno lee y sea cual sea nuestra elección, finalmente, concluye, «cada uno es responsable de lo que lee». Y yo no puedo estar más de acuerdo.

P.D.- Por caridad, tanto si eres conocido, amigo, crítico literario o trompetero de la industria editorial, ¿tienes alguna recomendación para leer? Dios te lo pague.

14 noviembre, 2011

«Necrópolis», mi descubrimiento de Santiago Gamboa

Santiago Gamboa, con gafas redondas de pasta y el pelo ensortijado, era uno de los cuatro escritores reunidos entorno a una mesa para hablar sobre "Identity's dreams: sueños literarios de la nueva América Latina", en una de las sesiones literarias organizadas por Americas Society, en Nueva York. En la sede de esta institución -un palacete en Park Avenue que en otros tiempos fue embajada de la U.R.S.S.- Gamboa, nacido en Bogotá en 1965, estaba acompañado por otros tres escritores: Francisco Font acevedo (Chicago, 1970), Karla Suárez (La Habana, 1969) y Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977). 

En aquel encuentro, donde se habló en español sobre las ciudades de la literatura, donde la identidad es un problema de distancia, del concepto de desubicación (Neuman), de la imaginación como viaje interior o viaje inmóvil (Font) y de literatura sin pasaporte, es donde sentí el deseo de leer a Santiago Gamboa, periodista y escritor colombiano que estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid y que era, de los cuatro autores, quien me pareció que hablaba de forma más serena e interesante y quien, citando a Rodrigo Fresán, dijo que «la patria de un escritor es su biblioteca».

Así llegué a «Necrópolis» (Editorial Norma) y descubrí a Santiago Gamboa en esta novela que fue premio La otra orilla en 2009, pero que ya había publicado anteriormente otras obras, entre ellas la bien considerada por la crítica El síndrome de Ulises (Seix Barral). Después de haber leído a Edmundo Paz Soldán y más recientemente a Roberto Bolaño, diría que Gamboa es una continuación de ambos -que nadie se enfade si digo esto y suena excesivo-, al menos un reflejo pálido, quizá más por lo temas y los personajes que por la forma de escribir. Con la excusa de un congreso literario, Gamboa nos presenta las extrañas historias de varios de su personajes, unas más sólidas que otras, como las de los dos ajedrecistas amigos o la excéntrica actriz porno italiana. “Me gusta hacer los libros así, que sean de una lectura agradable, que se abra a historias diversas pero que estén hilvanadas por los temas importantes que debe tratar la literatura: la amistad, la muerte, la traición”, dice Gamboa en una entrevista en QuéLeer.

«Necrópolis» es una de esas novelas que uno lee disfrutando de lo que lee, y creo que no hay mejor recompensa precisamente para un lector. Eso sí, hay que advertirlo, a veces los pasajes sexuales, ni siquiera eróticos, subidos de tono -escritos con una asepsia deslumbrante-, podrían herir la sensibilidad del lector.

  • Algunas frases que subrayé mientras leía:

 - La vejez ama la juventud como el deterioro y la fealdad aman la belleza. 

- ... ahí tienes tu respuesta: escribo para poder ser otro.

- Entonces se dedicó a las cosas sencillas, que era un modo de decir: a la vida feliz.

- Fijate en la arena, está hecha de diminutas piedras y cristales. Cuando una de esas partículas se hunde es cubierta por otra, por otras diez, cien o mil, e igual nos ocurrirá a nosotros, ¿no crees?

- Las vidas son como las ciudades: si son limpias y ordenadas no tienen historia. Es en la desgracia y en la destrucción donde surgen las mejores.

Santiago Gamboa
- Yo me fui porque quería respirar otro aire y conocer el mundo, pero a medida que avanzaba el mundo se fue haciendo cada vez más grande y aún no he podido acabar de conocerlo, por eso sigo dando vueltas, me he ido quedando afuera sin otro motivo que ese...

- En la periferia de nuestros bellos países hay un aterrador mundo exterior repleto de vida, un sol negro que se extiende por varios continentes y que, tras el primer impacto, revela su belleza. Lo que se ve en la superficie es horrible y cruel, pero lentamente emerge la belleza; en nuestro mundo, en cambio, la superficie es hermosa y todo esplende, pero con el tiempo lo que se manifiesta es el horror.

  • [Vídeo] Santiago Gamboa habla sobre «Necrópolis», aquí. 

P.D.- Y ahora me sumergiré en las tranquilas aguas de la poesía de Antonio Colinas.

07 noviembre, 2011

Construir una historia

Mario Vargas Llosa
Uno de los libros que me quedan por leer, que quiero leer, es «Cartas a un joven novelista», de Mario Vargas Llosa, recientemente reeditado por Alfaguara. En realidad ni uno es joven (tampoco diría yo mayor...) ni novelista, pero -al menos- de ambas cosas hay una que es posible corregir, y es la segunda: escribir una novela. 

Ya sé que Cartas a un joven novelista no es un libro de autoayuda para escribir una novela en tres semanas pero me apetece leer qué consejos da y cómo lo cuenta Vargas Llosa, porque como leí en la reseña del libro que realizó Ecdótica, uno de los últimos párrafos ya advierte sobre qué hacer: «Querido amigo: estoy tratando de decirle que se olvide de todo lo que ha leído en mis cartas sobre la forma novelesca y que se ponga a escribir novelas de una vez».

Pero sobre todo también porque me maravilló la forma en que Vargas Llosa explica en su discurso del Nobel -Elogio de la lectura y la ficción- qué es y qué significa construir una historia:

«Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. "Escribir es una manera de vivir", dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.»

P.D.- La semana pasada me trajeron de Madrid dos nuevos libros: «Desiertos de la luz», poesía de Antonio Colinas, y «2666», novela de Roberto Bolaño.

31 octubre, 2011

El inmenso río de «Los detectives salvajes» de Roberto Bolaño

Ahora que me siento a escribir no sé por dónde empezar. Si es por el principio, como dicta el sentido común, diré que compré esta novela en una preciosa librería de la calle 57 -Rizzoli- donde además de libros de arte, diseño y fotografía hay una pequeña sección de libros en español. Allí me encontré con esta edición de «Los detectives salvajes» (Vintage Español, Random House, Nueva York. 2010), del chileno Roberto Bolaño, publicada en 1998. Pero si tuviera que empezar por el final me preguntaría que por qué he tardado tanto tiempo en leer a Bolaño. Sólo (lo siento pero no puedo evitar continuar poniendo el acento) me queda pensar que era como una de esas asignaturas difíciles cuyo estudio uno va dejando para el final -esperando el momento propicio de ponerse a estudiar- mientras se entretiene en cosas más asequibles.

Otra razón también es que le tenía -y no sé porqué- un respeto reverencial a Bolaño. Igual que a Cortázar. Pero en esos casos lo mejor es ir de frente y conocer al autor a través de su escritura. Si el primer acercamiento a Cortázar (Bestiario) no fue del todo satisfactorio, el encuentro con Bolaño y sus Detectives salvajes ha sido "uno de los acontecimientos literarios del año", me refiero claro a este año mío de lecturas, el libro que me ha acompañado (incluidas las siete horas de un vuelo transoceánico) a lo largo de este mes de octubre.

En realidad no tenía ninguna idea previa sobre lo que me iba a encontrar -ni en estilo ni en argumento-, así que lo que hallé -por sorpresa- fue una mina, un yacimiento de 600 páginas de letra apretada por donde discurre un inmenso río de personajes e historias que se suceden a gran velocidad y en muchos escenarios distintos. Una novela de muchas voces escrita a modo de crónica o diario:

Roberto Bolaño 1953-2003
«Arturo Belano y Ulises Lima, los detectives salvajes, salen a buscar las huellas de Cesárea Tinajero, la misteriosa escritora desaparecida en México en los años inmediatamente posteriores a la Revolución, y esa búsqueda, el viaje y sus consecuencias se prolonga durante veinte años, desde 1976 hasta 1996, el tiempo canónico de cualquier errancia, bifurcándose a través de múltiples personajes y continentes, en una novela en donde hay de todo: amores y muertes, asesinatos y fugas turísticas, manicomios y universidades, desapariciones y apariciones».

Y, al fondo, el inmenso mundo literario que tiñe toda la novela, con personajes reales e incluso el propio Bolaño en el papel de Arturo Belano. Hablando de literatura, Bolaño pone en boca de uno de los personajes: "Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Esta es la mejor literatura, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste. Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado".

Los detectives salvajes es una novela que está llena de vida, que atrapa, que conmueve. Que no hay que dejar de leer. En Rizzoli tuve también en la mano su novela póstuma "2666", un grueso volumen que espero leer, sin duda, más pronto que tarde, porque como dice otro de sus personajes "todos los libros del mundo están esperando a que los lea".

  • [Vídeo] Roberto Bolaño: el último maldito (vida y leyenda del escritor chileno), aquí.

P.D.- La Palabra Infinita ha cambiado ligeramente su diseño para hacerlo más claro y atractivo. Espero que te guste.

17 octubre, 2011

Sobre un poeta, un cepillo de dientes, la promoción de una escritora y dos nuevos libros

Arne Dedert (EFE)
Sigo leyendo con deleite a Bolaño y sus detectives salvajes. Por eso y porque el ocio y el trabajo me han robado estos últimos días el tiempo necesario para escribir no pude acudir a mi cita con el blog el lunes pasado.

Un poeta
Sin embargo, sucedieron cosas interesantes por el medio, por ejemplo, descubrir a Pedro Garfias en la propia novela de Bolaño: "Y estaba sentada en el wáter, con las polleras arremangadas, como dice el poema o la canción, leyendo esas poesías tan delicadas de Pedro Garfías", el poeta español que murió en Monterrey (México) en 1967. La curiosidad venció a mi ignorancia y descubrí con sorpresa que Garfias fue un poeta de la vanguardia perteneciente a la Generación del 27, autor del poema Asturias (Poesías de la guerra española, México, Minerva, 1941), cuyos versos sirvieron a Víctor Manuel para componer la bellísima canción que ahora es considerada como un segundo himno de Asturias.

Un cepillo de dientes
También estos días, que han visto celebrar LIBER (la feria española de la industria editorial), en Madrid, y la Feria del Libro de Frankfurt, donde se negocian los derechos de autores y libros para todo el mundo, me hicieron pensar algo mientras me cepillaba los dientes una noche: por qué -como algunas piensan o nos quieren hacer pensar- los nuevos libros digitales serán algo muy distinto de lo que ahora conocemos. Dicen que incorporarán vídeo, que conectarán con otros lectores que lean al mismo tiempo e incluso con el propio autor, con el que podremos dialogar; que incorporarán una versión en videojuego; que veremos fotografías y escucharemos las músicas de lugares y canciones que aparezcan en el texto y que, en definitiva, estaremos ante algo tan nuevo y diferente que ni siquiera podrá llamarse libro. Y aquí es donde yo pensé -cepillo en mano- que otras disciplinas, a pesar de los embates de la tecnología, apenas han cambiado su esencia. Al cine mudo sucedió la voz; al cine en blanco y negro el color; al cine de andar por casa los efectos especiales; al cine analógico el digital; al cine plano el 3D; al cine en las salas el DVD e Internet...

¿De verdad todas estas transformaciones han variado la esencia de una película, que no es otra -a mi juicio- que el contar una historia a los espectadores? Pues creo que lo mismo sucede con el libro. De papel o digital, con ilustraciones o con vídeos, su esencia, el núcleo central y lo que capture la atención del lector será la historia narrada.Y parte del valor del libro tradicional como ahora lo conocemos -formado por páginas de texto-, es lo que sugieren las palabras en la mente del lector, que sin ver ni tocar lo que se narra (no vemos los paisajes, ni los rostros de los personajes, ni las calles que transitan) es capaz de evocar y soñar con esos personajes y con los mundos que crea o recrea el autor. En la era de la imagen, no ver todo lo que se nos cuenta sigue siendo sin duda un valor inestimable.

La promoción de una escritora
La vida después
Pues en esas estaba cuando Marta Rivera de la Cruz (@MartaRiveraCruz) me invitaba en Twitter a visitar la web de su nueva novela www.lavidadespues.es de la que ya había leído el primer capítulo avanzado también por ella. En definitiva, labores y tácticas de promoción que yo entiendo perfectamente pues como si de cualquier otro oficio se tratara -y ella misma reconoce sin pudor en Twitter- "los libros hay que escribirlos, pero luego hay que venderlos". La escritora, nacida en Lugo en 1970, también señala con total sinceridad que "Necesito lectores. Muchos. Como el comer. Las novedades me amenazan, y Ruiz Zafón está a la vuelta de la esquina". Yo no he comprado el libro y no sé si lo haré porque al contrario de lo que le ocurre a un escritor, que centra todo sus esfuerzo y esperanzas en un libro concreto, la oferta para el lector tiende siempre al infinito, lo contrario de su capacidad de selección y sin duda de su presupuesto.

Dos nuevos libros
The Art of Fielding
Y hablando de libros, en estas dos semanas compré dos nuevas novelas en Amazon: la opera prima de Chad Harback, el amigo de unos amigos, que ha tardado diez años en escribir The Art of Fielding, y Necrópolis, publicada en 2009 por el escritor colombiano Santiago Gamboa (Bogotá, 1965). De la primera, el propio Jonathan Franzen, el afamado autor de Libertad, ha dicho: "Reading The Art od Fielding is like watching a hugely gifted young shortstop: you keep waiting for the errors, but there are no errors. First novels this complete and consuming come along very, very seldom". Sobre la segunda, tenía ganas de leerla desde que escuchara al escritor en una conferencia en Nueva York junto a otros tres escritores latinoamericanos.

P.D.- En el tiempo de ocio (Columbs Day nos regaló tres días), un viaje nos llevó hasta Washington (donde puse cara y voz a @eRomanMe), Baltimore y una granja Amish en Lancaster (Pennsylvania). El ticket de entrada a la granja ($8,50) me sirve ahora como marcapáginas en Los detectives salvajes de Roberto Bolaño.

26 septiembre, 2011

«Hoy, Júpiter», la penúltima joya de Luis Landero

Fue en el escaparate de una pequeña librería de Béjar (Salamanca) donde este verano me topé literalmente  con esta novela, «Hoy, Júpiter» (Tusquets Editores, 2007), de Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948). Entré y compré aquella novela, la única que tenía el librero, la del escaparate. También compré por impulso en VIPS de la calle O'Donnell, de Madrid, su primera novela «Juegos de la edad tardía», hace ya la friolera de nueve años, sin conocer absolutamente nada sobre él, simplemente porque me llamó la atención que en la faja del libro se leía "Premio Nacional de Narrativa". Desde entonces me enamoré de este autor -del que después leí «Caballeros de fortuna»-, y desde entonces también conservaba las ganas de seguir leyéndolo hasta que el destino y la lista de los recados de este verano me hicieron pasar por delante de aquella librería.

Ha sido sólo ahora cuando he descubierto que la novela fue escrita después de un silencio de cinco años y que, tras ella, publicó en 2009 su última novela hasta ahora, «Retrato de un hombre inmaduro». Por eso me parece que Landero es un escritor fuera del circuito literario, probablemente por eso poco conocido, pero que sin embargo escribe con la paciencia y la precisión del orfebre que cada cierto tiempo -alejado de cualquier moda o influencia comercial- crea una pieza digna de admiración.

«Hoy, Júpiter» es, por tanto, la penúltima joya de Luis Landero que he leído (lo empecé un 11 de septiembre) con las mismas ganas e ilusión que brinda una amistad recuperada, y así he vuelto a disfrutar de la inconfundible narrativa de su autor, de su forma de escribir -de una hondura literaria- que a mí me apabulla, y de sus historias y personajes -grises y de hombres comunes- pero absolutamente reales al mismo tiempo.

La novela nos cuenta las vidas, aparentemente ajenas, de Dámaso Méndez y Tomás Montejo -marcadas una por el odio y la otra por el amor-, hasta que "los destinos de Dámaso y Tomás se cruzan para urdir un desenlace compartido". Por eso mismo la novela crece también en intensidad conforme avanza la peripecia de cada cual, hasta un punto en que uno no puede dejar de leer -como si de una novela policiaca se tratara- esperando a la resolución de tantos equívocos y tanto misterio.

Landero -profesor de literatura- es, además, un maestro del lenguaje, lo que me permitió descubrir un puñado de nuevas palabras como: zahareña, feraz, jayán, agarbado, zancajo, rebatiña, arranchar, senara o galbana, cuyos significados fui consultando en el diccionario de la Real Academia Española.

  • Algunas frases que subrayé mientras leía:
- La vida es sólo un soplo y un sueño, los años te atropellan, las edades vuelan, los imperios se desmoronan, cuando quieres darte cuenta hoy es ya mañana y mañana fue ayer.

- Estaba inmóvil, llevaba un vestido liviano de florecitas silvestres y el viento le movía el cabello y a veces le apuraba el viento el vestido y se lo ceñía tanto a la figura que por momentos parecía desnudarla.

- ..., y las plegarias se le hacían flanes en los labios.

- Hojas nuevas, senderos frescos de arena, rumor de frondas, temblorosas geometrías de sol bajo los árboles. Y el alto cielo azul.

Luis Landero
- Y una noche danzaré desnudo a la luz de la luna para celebrar mis esponsales con la soledad.

- ..., ni nadie venía a recordarle que el presente era sólo un tiempo de trámite hacia el porvenir y que uno no es tanto lo que es como lo que llegará a ser, un proyecto en marcha, un puñado esparcido de simiente, y la promesa de un futuro feraz.

- Y pasó el tiempo y vinieron las lluvias, las nieblas frías, el humo azul en los tejados, el olor a lumbre de leña y las noches hondas y cerradas, tan gustosas y largas de dormir.

- Fue por entonces cuando se aficionó a los libros y a la soledad. [...] al fin se animaba a abrir una novela y a aliviar sus pesares con la relación de los ajenos.

- Y así, a veces recordamos por ejemplo lo que sentimos ante un atardecer hace muchos años, pero no recordamos nada de aquel atardecer. Nada. Todo ha desaparecido menos la emoción. 

- Pero la memoria no hace pie en ese caudal de años anónimos, en esa escombrera de tiempo donde apenas hay hechos singulares que le den un sentido o una continuidad.

- Sobre el asfalto encendido de estelas luminosas por el reflejo de los neones de color sigue cayendo y cayendo la lluvia...

- -Te quiero -dice de pronto Teresa, la boca entreabierta, los ojos brillantes, como empapados de la misma lluvia que cae en la oscuridad de la calle desierta, más hermosa que nunca,...

- Sintió la humillación como algo físico. Un dardo en el costado, un vacío glacial en el estómago, un entristecimiento súbito de la carne y el alma.

  • Entrevista con Luis Landero sobre «Hoy, Júpiter» en Youtube

P.D.- Disfruté tanto, tanto... leyendo a Landero que no tardaré mucho -espero- en volver a hacerlo. Probablemente será su última joya, «Retrato de un hombre inmaduro». 

19 septiembre, 2011

«Bestiario», primer encuentro con Cortázar

La primera lectura tras el verano ha sido «Bestiario» (RBA Editores, 1993, colección Narrativa actual), de Julio Cortázar. Un librito que encontré y compré por tres euros en el puesto de la calle de un café-librería de Majadahonda (Madrid) justo el día antes de regresar a Nueva York. Lo digo casi en voz baja porque me da un poco de vergüenza: no había leído a Cortázar hasta ahora. Ni siquiera Rayuela...

Era por tanto una deuda pendiente desde hacía mucho tiempo y me pareció el momento de saldarla empezando, precisamente, por el principio de su obra. "Aunque se inició en la literatura como poeta (Presencia, 1939), [Cortázar] adquirió notoriedad con su primer libro de relatos, Bestiario, cuya publicación en 1951 constituyó un acontecimiento en la vida literaria argentina".

Y entonces ha llegado el momento que tantos días llevo temiendo, el de sentarme a escribir sobre Bestiario y ser capaz de encontrar las palabras justas para expresar una opinión. Debería decir que "no me ha gustado" (la reacción más sincera), que "no lo he entendido" (esto habla de mi ignorancia o falta de sensibilidad) o que "las circunstancias para leer a Cortázar no eran las más favorables " (suena demasiado a excusa). No sé con cuál de las tres razones quedarme o si decir que es una mezcla de todas ellas, lo que quizá me parece más justo; definitivamente, voto por ello.

Si no era el momento para leerlo, digo, significa que suelo leer por las noches antes de dormir y, durante esos días, tanto el US Open de tenis -por televisión y en directo-, que me tuvo secuestrado, como el jet-lag de la vuelta, me revolvieron el sueño y las horas de descanso, y en esas circunstancias la atención sobre la lectura se evapora como el agua de las salinas. Decir que no me ha gustado y que no lo he entendido no tiene mucha vuelta de hoja, pero tampoco piense nadie que no me gustara en absoluto, y que si no lo entendí es que seguramente no supe extrar parte o toda la belleza contenida en sus páginas. 

  • Algunas frases que subrayé mientras leía:
- He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevan a ninguna parte...

- Que la vida es un movimiento hacia arriba con un click final, y que también es un cielo bajo, envolvente y oliendo a lavanda, en el fondo de un pozo tibio.

- Su boca olía despacito a menta.

- El humo era tan espeso que las caras se borroneaban más allá del centro de la pista...

- Celina seguía siempre ahí sin vernos, bebiendo el tango con toda la cara que una luz amarilla de humo desdecía y alteraba.

P.D.- Este ha sido el primer round. Supongo que debiera darme y darle a Cortázar una nueva oportunidad, empezando por releer Bestiario de una forma más sosegada, y si alguien tiene otra recomendación, la esperaré también agradecido.

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