Pestañas

21 marzo, 2011

«Érase una vez Manhattan»

«Érase una vez Manhattan» (Lumen, 2010), de la norteamericana Mary Cantwell, es de ese tipo de libros que a uno le da pena terminar porque te está contando una buena historia cuando la protagonista es, al mismo tiempo, la propia autora. Mary Cantwell nació en Providence (Rhode Island) en 1930 y llegó a Nueva York donde trabajó como redactora en varias revistas y como columnista en The New York Times hasta su muerte en el año 2000. Este libro es el segundo de las tres obras que relatan su vida desde la infancia a su madurez: American Girl (1992), Érase una vez Manhattan (1995) y Speaking with Strangers (1998); y en realidad, el título de esta novela autobiográfica es "Manhattan, When I Was Young".

Cantwell cuenta su llegada a Nueva York como una chica de provincias, su matrimonio con un judío, su primer empleo o el nacimiento de su hija, los acontecimientos que van jalonando su peripecia personal y que desarrolla en paralelo a los apartamentos en los que va viviendo en la ciudad, cuyas direcciones dan nombre a los capítulos.

Esto, el transcurrir de una vida -aunque sea en la vital ciudad de Manhattan en la mitad de los años 50- no sería por sí sólo mérito para desarrollar una buena historia, pero es que la mirada y la palabra de Cantwell es tan deliciosa que los perfiles de la narración se ensanchan hasta crear una atmósfera que consigue atraparte.

Se ve abocada a trabajar: "Para vivir en Nueva York, para formar parte de la ciudad, tenía que trabajar. [...] Tenía que trabajar porque, para alguien que ha nacido en otro lugar, tal es la finalidad y la esencia de NuevaYork". Y aunque no sabe muy bien qué hacer, recuerda que "nunca he querido estar en ningún lugar más que alrededor de las palabras". [...] "Quería escribir. No me importaba el contenido, ni que los textos carecieran de firma. Sólo quería ver algo que había estado en mi mente transformado en letra de imprenta. Quería ver un milagro".

Sobre el matrimonio, dando una idea certera de su pensamiento a pesar de las dificultades que surgen, dirá: "A veces me pregunto si mi marido sabía que, para mí, estar lejos de él era como si me hubieran desconectado el tubo de la transfusión." En cuanto a los hijos: "La muerte, aun cuando el tránsito se produzca con una fanfarria de clarines y un telón dorado que se levanta, no puede ser una conmoción tan profunda como el nacimiento de un hijo".

Es un libro que he disfrutando también reconociendo tipos y lugares de la ciudad en la que ahora vivo y a la que la autora pone banda sonora cunado escucha por primera vez a una orquesta interpretar "I'll take Manhattan". Enamorada de Greenwich Village, dice Cantwell: "El Village es amorfo; puedo moldearlo para que sea cualquier lugar. El resto de Manhattan es rectilíneo, su cuadrícula un orden, una sola definición que me desagrada".

Y sin duda una de las cosas que mejor definen este libro es la cita de J.M. Barrie que la escritora coloca al comienzo de la novela y que a mí, personalmente, me parece maravillosa:

«Creo que seguimos siendo la misma persona a lo largo de nuestra vida y que tan solo nos limitamos a pasar, por así decirlo, de una habitación a otra, todas de la misma casa»

2 comentarios:

teresa dijo...

Me ha interesado mucho este libro, todos los que he leído sobre NY me han encantado y este parece que será así.
Pondré un enlace en mi blog para seguirte más de cerca.
Ya veo que tú hiciste lo mismo con el mío, cosa que me sorprende gratamente,
Un saludo
Teresa

Javier García dijo...

Hola Teresa,
Este es un precioso libro, por la ciudad y para mí, sobre todo, por la vida de la escritora. Espero que te guste si lo lees.
Como ves, tu blog en lugar preferente.
Un saludo,
Javier

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