Pestañas

20 noviembre, 2007

El final de la conversación


Muchos ven en la televisión -y yo también- una amenaza para la convivencia. Demasiado ruido, mucha banalidad, total uniformidad. Claro que no todo es malo: a mí también me levantaron de la cama el 20 de julio de 1969 para ver (en blanco y negro) cómo el Hombre pisaba la luna.
En 'Historias de las Telecomunicaciones' (Ariel, 2003) de José de la Peña, se dice que las innovaciones se han enfocado tradicionalmente con fines "nobles" como la instrucción, la formación o las finanzas. "La televisión, por ejemplo, se planteó con la promesa de que elevaría el nivel intelectual de la población, ya que al llegar a todos, era una herramienta idónea para recibir, por ejemplo, clases a distancia. Durante los años setenta, se habló mucho de la televisión educativa como complemento y apoyo a los colegios rurales, etc." Y no puede el autor evitar ofrecer su propia opinión a continuación: "Creo que sólo es necesario encender la televisión unos minutos y hacer un rápido zapping para ver lo que ha quedado de esos sueños. La televisión es uno de los mejores ejemplos de una tecnología complejísima que ha alcanzado unos niveles de banalidad en su uso y contenidos que no fueron ni siquiera vislumbrados por ningún especialista de la época de su invención".
Pero más interesante aún sobre la televisión son las opiniones que he leído recientemente de dos escritoras. Una es Doris Lessing, reciente premio Nobel de Literatura, en una entrevista que publicaba El País:

- Dice usted en uno de sus libros de memorias que la televisión interrumpió la conversación, rompió la alegría, o al menos la convivencia familiar...

- No dije que fuera alegre precisamente esa convivencia, pero desde luego la vida familiar era distinta antes de que llegara la televisión. Yo vi llegar la televisión a una casa donde solía escucharse la radio, donde la gente solía sentarse todas las noches, a hablar, a comer, y a comer muy bien, por cierto... Estoy hablando de una cultura distinta a la que vino luego; la televisión interrumpió esa cultura. Fue el final de la conversación, de la jovialidad de la convivencia, terminó aquello de sentarnos a comer todos juntos... Aunque es cierto que muchas de las canciones que cantábamos eran muy aburridas, si es verdad que también se acabó aquello de cantar en familia, alrededor de un piano... Todo el mundo alrededor de una mesa, un perro ladrando en una esquina, una comida maravillosa (¡porque no todos los ingleses son malos cocineros!)... Todo eso se fue cuando llegó la televisión, y yo tengo el recuerdo del día en que eso ocurrió.
"La televisión fue el final de la conversación;
terminó aquello de sentarnos a comer todos juntos"
Otra opinión es la de Muriel Barbery, autora de una novela revelación en Francia, 'La elegancia del erizo' (Seix Barral), que leí en una entrevista en el diario Expansión. Dice Muriel que, como la protagonista de su libro, siente una necesidad física de silencio: "Es lo mínimo para poder reflexionar. Para mí, los tres grandes lujos, son el tiempo, el espacio y el silencio. En casa tiramos la tele. Al principio da vértigo; tenemos terror a una vida sin ruido de fondo, porque entonces hay que encontrarse con uno mismo. Y eso siempre da que pensar".
"Tenemos terror a una vida sin ruido de fondo"
También he pensado alguna vez en prescindir de la televisión. ¿Qué pasaría?

18 noviembre, 2007

Otra vez Annemarie


Ahora que he comenzado la lectura de 'De los intentos de permanecer quieto', un libro de la inglesa Jenny Diski "a caballo entre el reporterismo y el libro de viajes" me he topado de nuevo con Annemarie Schwarzenbach. Babelia, el suplemento cultural de El País, publicaba un reportaje sobre 'Los ases de la literatura viajera', y allí estaba 'Muerte en Persia' (Edit. Minúscula. Barcelona 2003):

<"De errancias trata este libro, y su tema es la ausencia de esperanza". Así presenta la propia autora este librito tan pequeño y sinembargo tan enorme en emociones . Transcurre en Persia y es un "diario impersonal" con las experiencias de Schwarzenbach (1908-1942), el angel devastado e inconsolable, la andrógina, lesbiana y melancólica suiza de buena familia precipitada en los abismos del mal de vivre, los amores furtivos, las amistades peligrosas (Erika y Klauss Mann, entre otros) el alcohol y la morfina. Persia, con su "grandeza letal", sus paisajes (la evanescente cima del Demavent, Persépolis bajo la luna), ejercía una enorme atracción sobre ella. En el libro (Edit. Minúscula), fragmentario y desordenado, con la belleza herida de un collar roto, la frontera entre el yo y el exterior se hace pedazos en un bellísimo caleidoscopio de sueños, ruinas y sufrimiento>.

Leí su vida y sus miedos en 'Ella tan amada', de Melania G. Mazzuco. No podré resistir ahora leer de la propia Annemarie este librito viendo y sintiendo Persia a través de sus ojos y su corazón.

09 noviembre, 2007

La autoestima


Después de un libro de la intensidad de 'La montaña mágica' es difícil encontrar otra historia que consiga de nuevo un estremecimiento parecido; al menos el riesgo de intentarlo es un desafío muy importane. Como el de los músicos que tienen vértigo a publicar un nuevo disco después del éxito del anterior. También es bueno dejar pasar el tiempo y poder saborear el libro en la distancia. Por esas razones y porque no había un firme candidato a continuar la lista de lectura tardé en recuperar un nuevo libro. Justo hasta que un viaje y un aeropuerto lo pusieron delante de mí antes de coger un vuelo. Es verdad que se trataba de un libro sobre el cual ya había puesto mi atención, pero por un prurito de no leer cosas de "segunda división" había resistido a la tentación. Se trata de 'La Autoestima' (Editorial Espasa. Madrid 2007. 217 páginas) un libro del psiquiatra sevillano Luis Rojas Marcos. Sucumbí a su lectura por el tema -me interesa lo que tiene que ver con la percepción sobre uno mismo-, porque podía ser una lectura rápida y fácil para "desengrasar" de la vasta literatura de Mann y, por lo tanto, abrir un paréntesis antes de abordar con renovada energía otro asalto literario de alguna magnitud, y porque ya había leído con anterioridad otro libro de Rojas Marcos - 'La fuerza de optimismo'- que me pareció realmente interesante.

Aunque con la lectura de ‘La Autoestima’ sabía que no encontraría ninguna receta a modo de autoayuda –porque Rojas Marcos no escribe libros de autoayuda al uso- reconozco que me quedaba la vana ilusión de encontrar algo –no sé muy bien qué- que al final no encontré. Me dio la sensación de estar escrito con menos ganas, con menos pasión; a modo de compilación de otros estudios y autores, con una estructura quizá más académica y fría.



Respecto a la Palabra me gustaría subrayar algunas de las ideas que expresa el autor en el libro: “Si bien los demás reparan por lo general en nuestros gestos y aspecto exterior, la palabra es el medio que mejor dominamos y el que solemos utilizar para presentarnos, revelarnos y compartir con otros los avatares de nuestra vida (…). Además de la palabra, también utilizamos conscientemente elementos no verbales para moldear nuestra autodefinición ante otros. Es bien sabido que la forma de vestir, las expresiones faciales, las posturas, los gestos, la mirada, la disposición, el tono de voz y todo lo que constituye el llamado “lenguaje corporal” dan pistas sobre nuestro estado de ánimo, nuestras opiniones, nuestras intenciones y nuestra manera de ser. Las emociones no sólo las sentimos nosotros, sino que, aun sin que nos comuniquemos verbalmente, se las transmitimos a los demás. La manera en que expresamos o disimulamos nuestros sentimientos y la carga emotiva con la que acompañamos las palabras dicen mucho de nosotros y de nuestra capacidad para conectar genuinamente con quienes nos escuchan”.

27 septiembre, 2007

Adiós Hans Castorp


Anoche mismo, 930 páginas después, terminaba de leer conteniendo el aliento la peripecia de Hans Castorp, un modesto joven en su estancia en el Berghof, un sanatorio para tuberculosos allá arriba, en la montaña mágica. 'La montaña mágica' (Editorial Edhasa, 2005), es una novela escrita por Thomas Mann, "un clásico indiscutible de la literatura alemana", en 1924, "considerada a menudo su obra más importante", y que sin duda contribuyó a que en 1929 obtuviera el Premio Nobel de Literatura.

Ha sido la lectura que ha ocupado muchas horas del verano y de mis vacaciones, pero que ha merecido la pena y como confiaba antes de empezar, ha conseguido estremecerme. Atrás quedan unos personajes, los habitantes del Berghof, que han formado parte de mi propia historia de este verano: Hans Castorp, su primo Joachim Ziemssen, Madame Chauchat, el italiano Settembrini ("que defendía siempre la palabra, la blandía como una espada y la hacía triunfar"), Naphta, el doctor Behrens o el excéntrico Mynheer Peeperkorn. Thomas Mann logra crear un increible ambiente de familia con "los de allá arriba", seres que comparten -además de la fiebre- una vida fuera del tiempo, y una atmósfera -entre habitaciones de hospital y paseos- que envuelve de magia un espacio blanco y frío alejado del mundo exterior.

No me resisto a transcribir un párrafo que concentra la magia que se repira en aquella montaña en Davos Platz:

En lo que se refiere al valle invernal, cubierto por una espesa capa de nieve, al que Hans Castorp -recostado cómodamente en su tumbona- también había dirigido preguntas transcendentales, toda la respuesta que obtuvo de sus picachos, cumbres, laderas y bosques de color rojizo, verde o marrón fue un silencio eterno; y en ese silencio eterno rodeado del silenciosos fluir del tiempo de los hombres permaneció, a veces resplandeciente bajo un límpido cielo azul, otras envuelto en un denso manto de niebla, otras teñido de púrpura a la caída del sol, otras convertido en mil reflejos de diamante bajo la magia de la luna... pero siempre nevado desde hacía seis meses, tan increíble como fugazmente transcurridos; y todos los habitantes del Berghof afirmaban que ya no podían ni ver la nieve, que les daba hasta asco, que ya habían tenido de sobra en el verano y que tanta masa de nieve a diario: montañas de nieve, paredes de nieve, colchones de nieve en todas partes, superaban a cualquiera y eran mortales para el ánimo y el espíritu. Y se ponían gafas con cristales de colores, verdes, amarillas o rojas, supuestamente para protegerse los ojos pero, en realidad, para proteger su corazón.

Thomas Mann, el escritor contemporáneo de Annmarie Swarzenbach, amiga de sus hijos, a quien llamó ángel devastado..., escribe deliciosa y aparentemente fácil. En la contraportada del libro una cita de Carlos Fuentes da idea de su dimensión como escritor: "Si Joyce es Irlanda y la lengua inglesa, y Proust Francia y la lengua francesa; Thomas Mann es más que Alemania y la lengua alemana".

FINIS OPERIS

31 julio, 2007

Cincel de emociones

A propósito de un artículo publicado hoy en la contraportada de El País -"Hillary: ambiciones a la carta (la correspondencia de la candidata presidencial revela sus aspiraciones)"-, Bárbara Cellis escribe desde Nueva York:

"La palabra escrita tiene el poder de cincelar emociones y experiencias del pasado que a veces ni siquiera la memoria es capaz de recordar".

30 julio, 2007

Buscad y hallaréis

Ayer fue el XVII Domingo del Tiempo Ordinario. Lectura del santo evangelio según san Lucas 11, 1-13:

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: "Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos." Él les dijo: "Cuando oréis decid: "Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación. "Y les dijo: "Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle: "Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle. "Y, desde dentro, el otro le responde: "No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos. "Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues así os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?"

27 julio, 2007

Apuntes II (Casa Gades)

Una casa de comidas que he visto mutar. Han cambiado la pintura, los clientes y los camareros. Permanecen los cuadros, los veladores de mármol y Marta, la camarera que viste de negro y siempre sonríe.
Se fueron hasta los manteles para dejar su sitio a mantelitos y servilletas de papel. Siempre la buena pasta del menú del día, el helado de cornete, el Vichy Catalán y, a veces, la música estridente que ahoga las conversaciones de oficinistas, turistas y comensales de paso. Antes, en dos plantas de piso grande antiguo, saloncitos donde elegir mesa. Ahora, arriba a la izquierda, fumadores; arriba, a la derecha, no fumadores. En el centro, oculta por un cortinaje de terciopelo rojo, la cocina de donde salen los platos. Al fondo, bajando las escaleras a la derecha, los baños.
Marta, la camarera que viste de negro -incluido el delantal que ciñe a la cintura- pareciera brasileña. Tez morena, el pelo cayendo en rizos negros también sobre los hombros, y el culo apretado y generoso. Pero nació en la tierra del café, en Colombia. No me lo dijo, apenas intercambiamos unas frases cuando toma la comanda y sirve la comida, pero lo escuché de su boca porque alguien hizo la pregunta que yo no hice. "Colombiana", contestó tímida. Todo lo contrario a sus carcajadas sonoras y frescas, que son marca de la casa, de Casa Gades, la casa de comidas y de exposiciones, tertulias y cartas de noche (que yo no conozco) en la calle del Conde de Xiquena, en el viejo y señorial Madrid que también desde hace años restaura sus fachadas.

Metzi Rigatte al Pesto
Chuletas de cordero
Cornete de helado
Vino y gasesosa
9,50 euros

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