
Termino hoy mismo dos lecturas bajo el signo de la ciudad puente entre Oriente y Occidente que me han ocupado en las últimas semanas. Se trata de "La caída de Constantinopla 1453" de Sir Esteven Runciman (Edit. Reino de Redonda. Barcelona 2006) y "Bizancio" de Stephen Lawhead (Salamandra. Emecé editores. Barcelona 1998).
La primera es una obra clásica -completamente desconocida para mí- del historiador inglés nacido en 1903 que en la parte más intensa y literaria del libro narra los preparativos y el asedio de la ciudad por parte de los turcos. Como señala Javier Marías en el epílogo, es aquí donde se produce el fenómeno que me llama la atención: el relato escrupulosamente objetivo, rigurosamente cronológico, distante como todo texto eminentemente descriptivo, interrumpido con frecuencia por observaciones marginales disipadoras de toda posible tensión, se lee con apasionamiento como se devoran las páginas de una gran novela (...) La caída de Constantinopla es una creación literaria extraordinaria. Runciman, sabedor de que su material se prestaba a la aventura, ha rehuido en su prosa lo que de novelesco se le ofrecía. Si en cualquier instante hubiera caído en la comprensible tentación de "novelar", es justamente entonces cuando su obra no habría tenido nada de literatura, de buena y auténtica literatura. Habría constituido un pastiche, un ejemplar más de ese género híbrido que trata de satisfacer indiscriminadamente: nada tan indeseable como la biografía o la historia noveladas.
(28 de mayo de 1453) Hacia la una y media de la madrugada, el sultán decidió que todo estaba a punto y dio la orden de ataque. De pronto se hoyó un estruendo horripilante. A todo lo largo de las murallas los turcos se habían lanzado al asalto entre gritos de guerra, mientras tambores, trompetas y pífanos los animaban a la lucha. Las tropas cristinas habían estado esperando en silencio, mas, cuando los vigías de las torres dieron la señal de alarma, las iglesias cercanas a las murallas comenzaron a tocar las campanas y todos los templos de la ciudad, uno a uno, repitieron el aviso hasta unirse al redoble todos los campanarios. A casi cinco kilómetros de distancia, en la iglesia de Santa Sofía, los devotos supieron que la batalla había comenzado.
(...) Fueran cuales fuesen los detalles, el sultán Mehmet estaba muy contento de que el emperador hubiese muerto. Ahora ya no sólo era sultán, sino heredero y poseedor del antiguo Imperio Romano.
***
Deslumbrado por el brillo y el misterio de la ciudad de Constantinopla recuperé después la novela de Stephen Lawhead, "el histórico viaje de un monje irlandés, portador del Libro de Kells, hacia la misteriosa y exótica Constantinopla". Quizá una novela perteneciente a lo que Javier Marías denomina "género híbrido que trata de satisfacer indiscriminadamente: nada tan indeseable como la biografía o la historia noveladas". Bueno. Una historia inspirada en la vida de San Aidano que a mí me ha envuelto en una época y unas aventuras que me han dado horas de entretenimiento y ganas de seguir leyendo. Yo lo recomiendo. Y ganas de seguir sabiendo más acerca de esa ciudad misteriosa y fabulosa que ha sido y seguirá siendo Estambul. Ahora sí tengo más ganas de sumergirme en la lectura de algunas de las obras del turco, Premio Nobel de Literatura en 2006, Orham Pamuk. Seguro que lo haré. Y viajar algún día a ese enclave frontera entre Oriente y Occidente. ¿Por qué no?

.jpg)

