Pestañas

22 mayo, 2010

"Coge 100 folios y un bolígrafo"

Fue el 17 de Noviembre de 2009. Nos dejamos caer por el Instituto Cervantes para escuchar a Manuel Vicent.

Esto fue lo que escribí en mi libreta de notas:

- "Escribir es el oficio al que se llega por exclusión y, por lo tanto, para intentar cambiar el mundo".
- "Quería hacer un libro -me refiero físicamente- y me encontré escribiendo un relato de mi amigo que había muerto en un accidente de coche".
- "Kafka, Joyce.... más allá está el abismo. No hay nada".
- "No hay literatura hasta que la memoria no se confunde con la imaginación. La literatura es memoria podrida por la imaginación".
- "Según decía Joan Fuster: morir será dejar de escribir".

- "¿Para empezar a escribir? Coge 100 folios y un bolígrafo. En literatura la cuestión es acertar, no hay otro secreto. Empieza por una primera frase que te guste y déjate llevar".

25 abril, 2010

Things I liked about some American authors

Lionel Shriver: Anyone can write a bad book. But fiction is a high-risk form of work. Writing my last three books, I wasn't sure that the whole project was working until I wrote the last page. I'd have put in a couple of years, and the entire time I was living with high anxiety, writing blind into the fog. I find as I get older, I get less confident. I will have read more, have an appreciation for how much out there is good and how many have failed. I don't assume any sentence is good just because I wrote it. [Full story]

Joyce Carol Oates:
Ms. Oates says her ideal work day starts around 8 a.m. and lasts until early afternoon. She writes by hand in notebooks and on scattered scraps of paper at a large desk in an upstairs study overlooking the garden. She types up the manuscript and keeps her notes on hand as a guide; eventually, they go into her archive at Syracuse University. Her office has two tall bookcases filled with her own books—she rarely has time to reread any of them, she said—and separate shelves with other treasured works, including a 1948 edition of "Alice's Adventures in Wonderland" that her grandmother gave her when she was 8 years old. Bowls of cat food and water for her cat Chérie sit on the floor near her desk. [Full story]

Don DeLillo: One reason why I use an automatic typewriter, particularly this one, is because it has larger-than-usual type. I like the tactile quality of the typewriter and the sense of hammers striking the page and fingers hitting the keys, and the shapes of letters themselves, yes. I lived in Greece for a while and that's where I realized that the alphabet is an art. It's a visual art as well as being a crucial means of expression, and as I learned the Greek alphabet I started looking at letter shapes as I've never done before. [Full story]

[......] His approach to writing borders on obsessive. He fixates on the shapes of letters and words, and judges each phrase for its visual appearance as well as its rhythm and clarity.

He likes word combinations where one word surrounds another, such as "raw sprawl," says Ms. Graham, his editor at Scribner.

Sometimes, Mr. DeLillo says, he will swap out a word for a more rhythmically appealing one, even if it alters the meaning of the sentence. He often types up a single paragraph at a time, using a clean sheet of paper for each paragraph, so that he can study the architecture of each passage in isolation. [Full story]

[......] Mr. DeLillo is 73 now and considers himself a late bloomer. He didn’t publish his first novel until he was 35, after quitting a job in advertising and after what he calls “a golden age of reading,” in which he would “consume fiction as if it were breakfast cereal.”

Asked why his first book took him so long, he answered: “I don’t have any explanation for that. All I know is that one day I said to myself, ‘I think I’m a writer.’ I started making sentences I didn’t know I was capable of.” [Full story]

Zadie Smith: I don't like to write something unless I feel I really must. [Full story]

Anne Tyler: Point of view is not something I consciously decide. Almost always, when I come up with a plot I find that the point of view has automatically arrived with it, part and parcel of the story.

The first-person viewpoint is more enjoyable to write, because it lets me meander more freely, and it can reveal more of the character's self-delusions. Really all the advantages are with first-person, so I'm sorry I don't get to pick and choose. There's surprisingly little difference between writing from a male angle and from a female angle, but I feel more restricted in my language when I'm writing as a male character because males tend to sound less emotionally expressive than females.

I have to work doggedly for my plots, but then a few days after I've figured one out, the first sentence will simply float into my hearing. For A Patchwork Planet: "I am a man you can trust." Or for Dinner at the Homesick Restaurant: "While Pearl Tull was dying, a funny thought occurred to her." That's how I learn what the viewpoint should be. [Fully story]

12 abril, 2010

Llámame Brooklyn

Otra vez la butaca de un avión (vuelo Delta 279 Nueva York - Las Vegas) me sirvió para comenzar la lectura de un libro, en esta ocasión "Llámame Brooklyn" (Ediciones Destino, 2006), la novela de Eduardo Lago -actual director del Instituto Cervantes de Nueva York-, ganadora del Premio Nadal en 2006.

Volábamos hacia la noche robándole la luz al día cada vez más deprisa.

Una obra bien tejida con Nueva York de nuevo como fondo (tras 'Invisible'), con paisajes reconocibles, y unos personajes grises y marginales que transitan a lo largo de los años en torno al Oakland, un bar de marineros en Brooklyn que sirve de epicentro de la narración, con la historia de unos papeles (¡un cementerio de manuscritos!) a la espera de ser interpretados y reescritos como eje de la misma. En ciertos momentos se hace complicado seguir el hilo narrativo por la cantidad de personajes, tiempos e historias que se entrecruzan sin cesar.

En la entrada anterior de este mismo blog reflejaba el esfuerzo de un escritor (David Remnick) al levantarse a las 5:30 de la madrugada para escribir. En esta ocasión, el periodista que escribe la novela sobre los manuscritos encontrados lo hacía incluso antes: "Me levantaba a las cuatro y media de la madrugada, a fin de poder escribir un par de horas largas antes de irme a la redacción, y continuaba al final del día, como si la jornada de trabajo hubiera sido un paréntesis innecesario. Y seguía así durante los fines de semana y los días libres".

Quien dejó las papeles dice también en un momento: "La verdad es que no tenía ni la más remota idea de lo que quería hacer con mi vida, pero el día de la ceremonia de graduación, cuando mi abuelo me preguntó si sabía qué quería hacer el resto de mi vida, le contesté resueltamente que quería ser escritor. No sé qué demonios me impulsó a darle aquella respuesta. Lo hice sin pensarlo, pero cuando aquella misma noche lo medité a fondo, me di cuenta de que le había dicho la verdad".

También subrayé algunas otras frases:

- "Alcanzamos los límites de la ciudad cuando la mancha jabonosa del sol empezaba a despuntar por detrás de una hilera de casas bajas".

- "Cuando la imagen se disolvió sentí un relámpago de deseo".

- "Gracias a ti puedo decir que soy escritor. Antes de esto, siempre sentí que me quedaba grande la palabra".

06 abril, 2010

He rose at 5:30 a.m. to write

David Remnick, editor of The New Yorker, is the author of ‘The Bridge’, the 672-pages biography that examines Mr. Obama’s life and racial identity.

"During the year he spent on "The Bridge" he rose at 5:30 a.m. to write and often stayed up past midnight, but rarely discussed the book at work. “He got up really early, went back to work after dinner with the kids, and took no weekends off and no vacation for more than a year”, said Esther B. Fein, his wife".

'Making it look easy at The New Yorker', The New York Times. April, 4. 2010.

27 marzo, 2010

Libros que vuelan: «Invisible»

Ahora sé que los libros vuelan, y con ellos las historias y los personajes que les dan vida. Y además de volar viajan en el tiempo.

Compro libros en las librerías de esta ciudad, entre las estanterías abarrotadas sorteando los pies de quienes se refugian en la lectura gratuita y placentera sobre la moqueta verde oscuro. Leo los libros de la biblioteca pública, palabras prestadas que luego me duele devolver. Compro libros desde el teclado del ordenador que llegan a casa en su cofre de cartón. Recojo también los libros que otros abandonan en la calle, en el frío de las aceras y en los cubos de basura para reciclar.

Pero cuando no encuentro, o la lengua de los libros o los autores que espero es la mía, entonces, cruzo el Atlántico con los títulos apuntados en la memoria de mi teléfono móvil -más segura que la mía- en el apartado que dice BOOKS.

Al regreso, acomodado en mi butaca y con el seatbelt abrochado, apenas el rugir de los motores se suaviza y los edificios en tierra se pierden en el trazado de un mapa enorme y distante, busco la primera página y anoto con mi lápiz Grav Von Faber Castell, de capuchón plateado, la fecha y el número de vuelo: <March 12, 2010 MADRID - NEW YORK IB6253>. Y subrayo la primera frase: "Le estreché la mano por primera vez en la primavera de 1967".

Cuando comienza el desfile de las azafatas por los estrechos pasillos del avión y el comandante nos da la bienvenida con una voz metálica y cansina, yo me introduzco en la vida del protagonista de "Invisible" (Anagrama, 2009), la última novela de Paul Auster, un estudiante de Columbia, a treinta manzanas (blocks) de donde vivo, adonde ahora voy.

Sobre el Atlántico, volviendo atrás en el tiempo (seis horas separan el reloj entre Madrid y Nueva York) devoro las páginas con la historia de Adam Walker y Margot, tan reales como la sonrisa de la azafata que me ofrece algo de beber a 20.000 pies de altura.

"Por aquella época [Walker] tendía a evitar las grandes congregaciones de gente, harto del barullo de la multitud que habla mucho y dice poco, azorado por la timidez que me sobrevenía en presencia de personas desconocidas".

"En cuanto a Margot, permanecía quieta sin mover un músculo, mirando al vacío, como si la misión principal de su vida fuer la de parecer aburrida. Pero interesante, muy atractiva para mis veinte años, con su pelo negro, suéter negro de cuello vuelto, minifalda negra, botas de cuero negro, y espeso maquillaje oscuro en torno a sus grandes ojos verdes. No era una beldad, quizá, sino una representación de la belleza, como si encarnara algún ideal femenino de la época con su apariencia de estudiado estilo".

"Sin maquillaje, Margot era más tierna y sencilla que la mujer que parecía en público. Sin ropa, resultó ser flaca, casi descarnada, con pechos menudos de adolescente, caderas estrechas, y piernas y brazos vigorosos. Labios llenos, vientre plano con un ombligo ligeramente protuberante, manos suaves, un áspero nido de vello púbico, nalgas firmes y una piel sumamente blanca que era más suave que ninguna otra que hubiera acariciado jamás. Los detalles de un cuerpo, intrascendentes y preciosos".

Vuelo hacia Nueva York, donde vive el autor, la ciudad donde habitan Walker y Margot, una ciudad "que a ella le parecía sucia y deprimente". "Un apartamento de dos habitaciones en un edificio de la calle Ciento siete Oeste, entre Broadway y Amsterdam Avenue" y "en un edificio de Morningside Drive, al término de la calle Ciento dieciséis". Lugares que puedo imaginar, que ahora puedo reconocer y pasear. Donde ahora viven otros walkers y otras margots esperando entrelazar sus vidas.

Llego cansado y dejo "Invisible" sobre la mesilla de mi dormitorio.

14 marzo, 2010

Mirarnos y sabernos (Delibes)

«Nos bastaba mirarnos y sabernos. Nada importaba los silencios, el tedio de las primeras horas de la tarde. Estábamos juntos, era suficiente. Cuando ella se fue, todavía lo vi más claro: aquellas sobremesas sin palabra, aquellas miradas sin proyecto, sin esperar grandes cosas de la vida, eran sencillamente la felicidad».

El protagonista sobre su mujer, Ana, que acaba de morir.

'Señora de rojo sobre fondo gris' (1991) de Miguel Delibes.

Miguel Delibes murió ayer en Valladolid a los 89 años. En la fotografía parece con su mujer Ángeles de Castro.


08 marzo, 2010

El libro del silencio

Hay muchos libros que no he leído y que me gustaría leer. Uno de ellos es "A book of silence" de Sara Maitland. En España lo ha publicado este año Alba Editorial, en su colección Trayectos, bajo el título menos llamativo de "Viaje al silencio". Sin embargo, en español o en inglés, lo que hay detrás del concepto de silencio ya es una razón poderosa para leerlo. Sobre todo en estos tiempos cuando lo que realmente importa es hacer ruido y hacerse oír y donde escuchar a los demás o a uno mismo no es tan necesario.

Aunque ya sabía del libro de Maitland, publicado en 2008, vuelvo de nuevo a él a través de la columna de Harry Eyres en Financial Times que titula Does silence really exist?. Dice Eyres:

"The scary thing about silence is that you are left with yourself; the mirror which might have been conveniently darkened or blurred is now uncomfortably clean and unforgiving".

En la página web de la escritora británica se puede leer este apunte sobre ella y su obra:

For Sara Maitland, a practising Roman Catholic, silence has a profound religious dimension, which is also examined and discussed. This journey into silence has held surprises and setbacks, but mainly a deepening sense of happiness. In the end Maitland built a little house on an isolated moor in Galloway, designed for solitary and silent living.

The Observer ofrecía esta descripción en su crítica sobre el libro de Maitland:

Novelist Sara Maitland, a lover of solitude, offers a practical rather than romantic guide to life alone in the middle of nowhere.

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