Pestañas

05 marzo, 2012

Con libros o sin ellos



"A veces me gustaría que los libros fueran como cassettes"
Raro es el día en que no leemos o escuchamos algo sobre ese tira y afloja que se traen el libro tradicional y el libro electrónico, sobre quién logrará llevarse el gato al agua, sobre qué modelo han de seguir los editores y los libreros para no perder comba, sobre qué precio debe de tener este último si ya no está hecho de papel ni tiene tapas, sobre si los lectores prefieren el olor del papel o las manchas de la tinta electrónica, en fin, sobre qué será de eso que hasta ahora conveníamos en llamar libro, y sobre lo que a nadie se le ocurría cuestionar su naturaleza.

Al fin y al cabo el libro, de papel o electrónico, está en el centro de toda este torbellino cuando realmente es lo único que separa -o bien lo que une- al autor y su lector. Estamos hablando, obviamente, del libo como objeto, pero no de la obra en sí misma, el relato o la historia -en el caso de la ficción- que ha salido de la cabeza de su autor. El escritor podría leer su obra en un teatro en voz alta, como un compositor interpreta su música en un escenario para que sea escuchada. ¿Cómo iba a esperar un Mozart o un Beethoven que su música sería escuchada algunos cientos de años después fuera de las salas de concierto, primero en un gramófono, después en un tocadiscos y en una cassette, más tarde en un compact-disc, luego en un reproductor mp3, en un ordenador y, finalmente, con unos auriculares conectados con cables o sin ellos a nuestro teléfono móvil? 

El reproductor está en nuestro cerebro
Imprenta de Gutemberg
Esta carrera desenfrenada en la evolución de los reproductores musicales ha sido sin embargo especialmente lenta, contada en varios siglos, en el caso de los reproductores de la palabra, básicamente uno solo -el libro con mayúsculas- gracias al increíble ingenio de Gutemberg. Es verdad que los copistas medievales ya componían libros preciosos, pero fue al alemán a quien se le ocurrió la forma de multiplicar casi hasta el infinito la obra escrita de un autor. Pero si me apuran más, incluso con la enorme ventaja que supuso la invención de la imprenta de tipos móviles, una diferencia fundamental con la música es que en el caso de la literatura, por ejemplo, -y sea cual sea el soporte físico- el reproductor está en nuestro cerebro para convertir letras y palabras -electrónicas o impresas en papel- en las imágenes, sentimientos y sensaciones que el escritor ha querido sugerir. 

Intentar adivinar el futuro del libro es complicado; nadie tiene la bola de cristal para saber cómo será o en qué tipo de soporte se convertirá en pocos o muchos años, pero de lo que no hay duda es de que seguirá habiendo gente con ganas de contar historias y mucha más gente con ganas de leerlas. Con libros o sin ellos siempre nos quedarán autores y lectores. Mientras llegue ese momento sigamos leyendo.

P.D.- «A veces me gustaría que los libros fueran como cassettes. Cartuchos que uno pudiera insertarse directamente al cráneo. No estoy hablando de audiolibros ni de evitar la lectura. Hablo de que ya habiendo leído el libro, poder cualquier jodido día, rememorar la sensación que el libro te dejó al terminarlo, pero en el tiempo que dura una canción». Es lo que dice Pierre, el autor de la ilustración que acompaña esta entrada, en su blog hueso hueso.

20 febrero, 2012

La esperanza oculta en «Daisy Sisters»



Me siento a escribir cuando no ha pasado media hora desde que he terminado de leer «Daisy Sisters» (Tusquets, 2011), de Henning Mankell, en este domingo soleado de febrero. En ese preciso momento en el que al pasar la última página uno queda noqueado -al menos así me siento yo ahora- queriendo saber cómo continuará la vida de Eivor, esa joven sueca que has conocido desde su nacimiento y que abandonas cuando ya tiene cuarenta años y tres hijos y de nuevo quiere volver a empezar, cuando comprende realmente que sólo podemos «morir después de un esfuerzo que haya tenido sentido».

Quise leer Daisy Sisters para aproximarme de una forma diferente a un escritor popular en todo el mundo por sus novelas policiacas del inspector Kurt Wallander, de las que yo no había leído ninguna. Y ahora, cuando cierro el libro, pienso que fue una decisión acertada aunque me sienta de alguna forma abandonado por el personaje de Eivor después del maratón de lectura de este fin de semana que me ha hecho meterme en la novela como no lo había conseguido hasta la mitad de sus páginas cuando sólo había podido leer a salto de mata vencido por el sueño cada noche. 

Por eso la lectura ha tenido dos partes bien diferenciadas: un arranque interesante pero intermitente al que siguió cierto rechazo por la forma en que escribe Mankell, desde una tercera persona fría y distante, como una sucesión de fotogramas exhibidos con aparente desinterés que van dando cuenta de la vida de Elna -una de las dos amigas adolescentes, las Daisy Sisters, que en 1941 quieren ver la guerra desde la frontera noruega- y, sobre todo, de su hija Eivor. En un segundo momento, ya inmerso de lleno en la lectura y por lo tanto más familiarizado con la narrativa de Mankell, vemos crecer a Eivor tropezando donde lo hizo su madre, su lucha por sobrevivir y soñar a pesar de los hombres que aparecen en su vida y sus reiterados fracasos. Una y otra vez se levanta reconociendo que «es imposible ir hacia atrás en el tiempo pensando que podemos recoger algo que hemos dejado olvidado», y buscando sin saberlo la felicidad, esa palabra que «siempre está flotando alrededor, fugaz como una pluma».

Henning Mankell ha querido si duda enviar un mensaje de esperanza a través de esta novela que nos habla de la amargura de la vida. Y consigue que, a través de la literatura, le creamos.

13 febrero, 2012

La teoría del descubrimiento lineal


Todos tenemos un escaner lector.
Plantarse delante de un cuadro en una galería de arte o en un museo significa descubrir la pintura en su totalidad de un solo vistazo. Después, inmediatamente -haciendo un barrido minucioso sobre la superficie con el escaner personal que todos llevamos dentro-, la mirada se detendrá en los detalles, en algún objeto concreto, en las tonalidades del color, la perspectiva, el efecto de la luz o en el rostro de algún personaje retratado. Así, tratamos de descifrar algunos significados, interpretar de la mejor forma posible lo que vemos hasta que nuestro cerebro se forma una idea precisa de lo que hemos visto. Entonces somos capaces de emitir un juicio: nos gusta o nos gusta; nos dice algo o no nos dice nada; nos emociona o nos defrauda; nos enamora o nos deja indiferentes.

Un buen comienzo
Este proceso -con más o menos matices- se repite en la pintura y en la fotografía, pero no así en la literatura -ni tampoco en el cine-, donde el descubrimiento de la obra no es inmediato, a primera vista, sino lineal. En este caso, y a donde quiero llegar, es que un buen comienzo resulta por lo tanto esencial. Puede ser una frase, un párrafo o la primera página, pero sin duda ayudará a que nos quedemos plantados delante del libro hasta que ese escaner maravilloso que tenemos en el cerebro que nos permite leer, imaginar e interpretar lo que no podemos ver nos permita descubrir la belleza que contiene el libro en su totalidad.

Siempre que pienso en estas cosas, que tampoco es todos los días ni a todas horas, recuerdo con verdadero asombro el comienzo de la novela de un escritor español de renombre que leí hace ya quince años. Así comienza el relato:

Se abrió la blusa...
«No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados. Cuando se oyó la detonación, unos cinco minutos después de que la niña hubiera abandonado la mesa, el padre no se levantó en seguida, sino que se quedó durante algunos segundos paralizado con la boca llena, sin atreverse a masticar ni a tragar ni menos aún a devolver el bocado al plato; y cuando por fin se alzó y corrió hacia el cuarto de baño, los que lo siguieron vieron cómo mientras descubría el cuerpo ensangrentado de su hija y se echaba las manos a la cabeza iba pasando el bocado de carne de un lado a otro de la boca, sin saber todavía qué hacer con él».

Ya sé que es un principio trágico y que puede resultar desagradable para alguien pero ¿de verdad que no dan ganas de continuar leyendo y descubrir qué sucedió después, qué hizó ese padre y por qué su hija se quitó la vida, o qué nos quiere hacer ver el autor?

P.D.- Pensaba haber dicho quién es el escritor pero prefiero no hacerlo por si alguno lo habéis leído y lo queréis compartir o por si, no habiéndolo leído, os atrevéis a sugerir un nombre. Después de elucubrar sobre la teoría del 'descubrimiento lineal', y ya que has llegado hasta aquí, estoy dispuesto a regalar la novela a quien lo descubra y lo comente.

06 febrero, 2012

A vueltas con la literatura y la calidad


Esta semana pasada -mientras avanzo a trancas y barrancas en la lectura del libro que me ocupa- he podido leer tres textos de distinta procedencia que, aunque desde ángulos distintos también, hablaban de literatura y calidad literaria. Se trata de una entrada (Alma, literatura y un lucio) de Bárbara, autora del blog Dame una tregua; del filósofo y escritor Fernando Savater, en su artículo publicado en El País (Defectos especiales), y de una columna de la escritora mexicana Cristina Rivera Garza (Contra la calidad literaria) en el periódico mexicano Milenio. Merece la pena leer los textos completos con atención pero me pareció interesante dejar aquí para vosotros un esbozo de lo que contienen.

Cierta forma de escritura en papel
Para empezar, un asunto interesante ese de tratar de definir lo que es literatura, como reconoce Bárbara: «La verdad es que esto de la literatura, sobre todo la que lleva MAYÚSCULAS, es un asunto espinoso, más espinoso que un lucio, y que deja así como un poco boquiabierto también». Sin embargo, Cristina Rivera Garza no tiene ninguna duda y aborda la cuestión desde una visión más crítica cuando afirma que la literatura «no es un sinónimo de buena escritura o de escritura de calidad. La literatura es el nombre que se la ha dado a una cierta forma de escritura que se publicó en papel, usualmente en la forma de libros, y que se constituyó en elemento hegemónico para la formación de cánones a lo largo del periodo moderno».

Savater no entra directamente a definir la literatura en su artículo pero nos dice algo muy interesante que también tiene que ver con los cánones de lo literario. En literatura, afirma, como ocurre también en otros muchos campos, «se hace admirar lo que cumple las pautas y se hace amar lo que las desafía». Lo explica de una forma maravillosa al inicio de su artículo: «¿Cuál es la diferencia entre un rostro bello y uno realmente atractivo? Pues que el bello omite los defectos y el atractivo los tiene, pero irresistibles. La perfección que respeta todas las normas clásicas merece el encomio gélido del museo, pero cuando la imperfección acierta nos la queremos llevar a casa y vivir con ella y para ella». Algo, la calidad, que Rivera Garza, autora de libros como Verde Shanghai, deja en las manos responsables del lector: «La calidad, definida como el conjunto de propiedades que permiten juzgar el valor de algo, no es, por otra parte, inherente al texto. No hay nada, de hecho, inherente al texto. No hay nada que venga del texto sin que esto haya sido invocado por el lector. Mejor dicho: lo único inherente al texto es su cualidad alterada».

Insignes kilos de sesos
En términos de calidad Fernando Savater, recordando el caso de Tolkien y otros como Graham Greene,-y para poner de manifiesto que para algunos ser un escritor popular es lo contrario a ser un buen escritor-, dice irónicamente que «¡Cuándo sus libros gustan a tantos algo debe ser de baja calidad, por lo menos la prosa!». Por eso cree que la concesión del Nobel es una anécdota que no debe magnificarse. «Quienes lo han ganado sin duda lo merecían, aunque otros tampoco hubiesen desentonado en su palmarés: Tolstoi, Proust, Joyce, Kafka, Baroja, Borges... Cada uno con su prosa y sus defectos especiales, que les censuran los académicos y tanto les agradecemos los lectores». Bárbara también tiene su propia opinión sobre los académicos, a quienes dedica un bonito calificativo: «Que la literatura es alma al fin y al cabo y que probablemente haya más verdad en un trocito de alma volátil e invisible que en varios tomos de historia de la literatura pergeñados por insignes kilos de sesos».

Cristina Rivera Garza
Rivera Garza introduce finalmente una variable muy interesante al hablar de lo literario -la tecnología- tan en boga en estos tiempos revueltos en  el mundo editorial: «¿Por qué habría de pedírsele a todo texto que parezca como si hubiera sido escrito con la tecnología y los estándares de conducta de sus congéneres del XIX? Pues porque una pequeña elite temerosa de perder los cotos de poder que refrenda su estética lo sigue argumentado aquí y allá en la plaza pública. Por mi parte, estoy convencida de que todo mundo tiene derecho a seguir escribiendo su versión propia del texto del XIX, ciertamente. Lo que esos neoconservadores no pueden hacer ya es esgrimir una noción de lo literario, que es histórica y contingente, como si se tratara de un estándar natural o intrínseco a toda forma de escritura. Seguiré siendo una admiradora de Dostoievsky hasta el último de mis días y, con seguridad, parte de mi trabajo seguirá produciéndose en papel, pero de la misma manera me entusiasman, y mucho, las posibilidades de acción que traen al oficio de escribir las transformaciones tecnológicas de hoy». 

P.D.- Ahora todos a leer, todos a disfrutar de un libro, todos a regodearnos con la literatura, con cualquier clase de literatura... ¡No hay literatura sin lectores!

30 enero, 2012

«La metamorfosis» de Borges, digo de Kafka...



Editorial Losada, 1967 (sexta edición)
El equívoco del título -imperdonable- se debe únicamente a que he leído una edición del relato del autor checo prologada por el argentino Jorge Luis Borges. Se trata de un pequeño librito que rondaba por casa -una edición de la Editorial Losada, de Buenos Aires, (Biblioteca Clásica y Contemporánea) de 1967 (sexta edición)- y que no sé decir de dónde ha salido. El papel tiene ya ese tono amarillento y el olor característico de los libros de hace más de 40 años. Pues bien, he leído «La metarmofosis» ahora, digamos ya en la madurez, cuando probablemente debiera haber sido una lectura de juventud. Tendré que apelar al "nunca es tarde..." para evitar cualquier lamento y afirmar que mereció la pena no sólo por conocer finalmente esta «terrible fábula de la incomunicación humana», sino algunas de las circunstancias del relato y de su autor.
 
Argumento y ambiente
La obra fue escrita en 1915 por Franz Kafka, nacido en el barrio judío de la ciudad de Praga en 1883. Borges afirma que «era enfermizo y hosco: íntimamente no dejó nunca de menospreciarlo su padre y hasta 1922 lo tiranizó. [...] De su juventud sabemos dos cosas: un amor contrariado y el gusto de las novelas de viajes». Kafka murió en 1924 en un sanatorio cerca de Viena. «Desoyendo la prohibición expresa del muerto -continúa Borges-, su amigo y albacea Max Brod publicó sus múltiples manuscritos. A esa desobediencia feliz debemos el conocimiento cabal de una de las obras más singulares de nuestro siglo». Quizá, casi cien años después de ser escrita, esa singularidad sea menor. Quiero pensar que el efecto que tuvo a principios del siglo XX el relato del bueno de Gregorio Samsa convertido en un «monstruoso insecto» sería muy distinto del que podría tener hoy, acostumbrados como estamos al absurdo en cualquiera de las disciplinas artísticas. Y aunque he podido leer numerosos enfoques sobre el posible significado de este sórdido relato, me quedo con la observación que propone el propio Borges: «El argumento y el ambiente son lo esencial: no las evoluciones de la fábula ni la penetración psicológica». Según el argentino «dos ideas -mejor dicho, dos obsesiones- rigen la obra de Franz Kafka. La subordinación es la primera de las dos; el infinito, la segunda». Algo sin duda más fácil de entender es a lo que nos referimos cuando hablamos de una «situación kafkiana», sobre todo después de leer el relato y explicar Borges que «la más indiscutible virtud de Kafka es la invención de situaciones intolerables».

Pero otro de los descubrimientos, aparte de la propia lectura, tiene que ver con la discusión sobre  la autoría de la primera traducción al español de «La metamorfosis». Al parecer atribuida al propio Borges, otros estudiosos confirman que fue traducida por primera vez al castellano en 1925 -adelantándose a las primeras traducciones inglesas y francesas de Kafka- posiblemente por Margarita Nelken para Revista de Occidente

Y como siempre, lo mejor, recomendar leer «La metamorfosis» si alguien no lo ha hecho todavía para conocer la obra y poder opinar. Y aunque es un relato muy breve, para quien prefiera una versión diferente, dejo aquí las dos partes de la adaptación de la obra de Kafka realizada por Hipotálamo Films.



« Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos ».



P.D.- Creo que después de este librito es hora ya de vencer ese jet-lag lector que me atenaza y embarcarme en nuevas y excitantes lecturas.

23 enero, 2012

La memoria subliminal de lo vivido



Paseando el otro día la mirada por la librería de casa (muchas veces es como volver a encontrarse con viejos amigos), me detuve en un libro del psiquiatra Enrique Rojas, «¿Quién eres? De la personalidad a la autoestima», publicado en 2011 por Temas de Hoy. Lo saqué de la estantería y pasando páginas y releyendo alguno de los subrayados de la lectura que hice entonces (hace ya más de 10 años) me encontré con algunas ideas a propósito de la cultura que me llamaron la atención. Venía al caso de que, al trazar un balance correcto sobre el conocimiento de uno mismo -afirma Enrique Rojas- «se deben considerar tanto los puntos positivos como los negativos de los distintos aspectos de la persona: físicos, psicológicos, de conducta, cognitivos, asertivos y culturales». 

Un valioso elemento de la autoestima
Respecto a estos últimos, los aspectos culturales,  anotaba lo suiguiente a pie de página:  «La cultura es un elemento muy valioso en la configuración de la autoestima. Significa conocimiento teórico y práctico para no perecer en la espesa selva de informaciones que hoy nos llegan ni en el infierno de hechos, comentarios, sucesos y cosas. La cultura es un salvavidas para no hundirse en el mar de la confusión que nos rodea. La cultura es la apologética de los grandes valores eternos, que nos ayuda a saber a qué atenernos. La cultura es la memoria subliminal de todo lo vivido, el subsuelo de lo que sabemos.

La lengua es uno de los vehículos principales de la cultura. Cada forma de hablar y de escribir constituye un modo de describir el paisaje y situarnos en un contexto. Yo entiendo la cultura como la artesanía del conocimiento, un saber de cinco estrellas que humaniza al hombre y lo mejora mediante dos promesas estelares: la ética y la estética; normas morales y belleza. Nunca puede ser un añadido meramente decorativo, brillante e insustancial. Si la cultura no hace más humano y más libre al hombre, no me sirve, no puede conservar su nombre.

Cuando alguien posee una buena dosis de cultura en la dirección que acabo de apuntar, tiene muchas posibilidades de experimentar en su interior la autoestima».

Sobre el libro, conservaba entre sus páginas la reseña que realizó Carmen Rodríguez Santos en ABC Cultural, donde señalaba que «con un lenguaje muy accesible y claridad expositiva, Enrique Rojas aborda los innumerables ángulos de la personalidad (basada en  tres factores: herencia, ambiente y experiencia de la propia trayectoria) y los transtornos que provocan su desestructuración e impiden su correcto desarrollo».

16 enero, 2012

Yo quiero ser editor



© Cherry clockwise
Lo de ser lector aficionado está muy bien pero le convierte a uno en un sujeto pasivo, un parásito que  vive la vida de miles de personajes instalado en  la comodidad de su propia butaca. Aparte del disfrute que obtiene del hecho de leer, el lector únicamente es dueño de su poder de elección sobre qué leer y cuándo hacerlo. Sin embargo, si te gusta leer pero también te gusta el mundo de los libros en general y quieres dar un paso más, aventurarte en otros vericuetos relacionados con ese objeto que utiliza el lector, lo mejor es abandonar la butaca y pasar a la acción. Y para ello se me ocurre que se pueden tomar varios caminos: el primero, el más comprometido quizá, es convertirse en escritor, pero  otras opciones (¿más sencillas?) son también convertirse en editor, en librero o en crítico. Todos esos sujetos  a los que  Enrique Redel, editor de Impedimenta, se refiere como "las gentes del libro" en una entrada del blog Papeles Perdidos, Avatares de un editor en el Parque del Retiro: «Las gentes del libro, para el lector de a pie (para cierto lector) somos todos una masa homogénea de autores, editores, traductores y vendedores, intercambiables, fungibles, sustituibles». Entre las gentes que yo mencionaba (es cierto, había olvidado -como casi siempre sucede- a los traductores), cada uno tiene obviamente su papel. Simplificando mucho: uno ha de escribir el texto, el otro ha de cuidar su presentación y convertirlo en un libro; el tercero,ha de vender el producto y, el último, realizar una crítica o comentario sobre el mismo. 

Sobre todo un buen lector
Entre todos ellos, y descartando al escritor, pues realizar bien su tarea me parece más un don otorgado por la divinidad que el resultado de una destreza humana (no confundir escribir con redactar), es el trabajo del editor el que más atractivo tiene para mí. Por descartar: el librero tradicional es, en definitiva, un comerciante que a pesar de su vocación y el amor que pueda demostrar por la materia que vende, al final tiene que hacer balance  entre lo que vende y lo que ingresa. Y el del crítico es un papel muy poco agradecido, siempre haciendo de malo, siempre sujeto -a pesar de su pericia- al error cuando como el árbitro de fútbol enseña su tarjeta amarilla o roja al autor y su novela y, sin embargo, la afición -los lectores- no entienden su decisión. En cualquier caso, tampoco conviene olvidar la opinión de T. S. Elliot: «Algunos editores son escritores fracasados, cosa que también se puede decir de la mayoría de escritores».

Aún así me quedo con el papel del editor, en principio de más glamour, aunque no sé muy bien qué pensar después de lo que dice un editor, otra vez Enrique Redel, sobre sus condiciones de trabajo: «Nuestro hábitat es el oscuro despacho, la polvorienta biblioteca, la pacífica cola de la oficina de correos». Y después, también, de que algunos autores piensen que internet les permitirá encontrar lectores directamente sin pasar por un editor. En este punto me consuela lo que leía estos días en el blog de Jordi Puntí (Solo de Underwood) en una entrada titulada precisamente La edición sin editores: «La lógica dice que debería ser al contrario: a fuerza de leer textos abstrusos y sin calidad, pronto nos daremos cuenta de que el editor de texto es esencial para distinguir entre literatura e incontinencia verbal». Claro, también yo me refiero a un editor literario, no a un editor de libros de texto o de catálogos de viajes, que tienen todo mi respeto, aunque aquí Puntí echa un jarro de agua fría cuando afirma que «cada vez es menos cierto ese axioma que definía la edición literaria: un buen editor es sobre todo un buen lector».

El sexto mandamiento y la felicidad
Dicho todo lo cual, a mí me gustaría leer un texto inédito y poder decidir su publicación; intercambiar ideas y puntos de vista con el autor; elegir una tipografía determinada y decidir una portada con el diseñador; quizá crear una nueva colección de títulos; plantear una estrategia de lanzamiento para un libro; calcular la tirada adecuada; asistir a una presentación acompañando al autor; recibir una buena crítica en los suplementos literarios; ver el libro en los escaparates de las librerías, a un lector leyendo ese mismo libro en el metro y leer sus comentarios favorables en algunos blogs literarios. En definitiva, realizar un trabajo creativo con la materia que te gusta -las letras, los libros, la literatura- de principio a fin. Seguro que no es esta la mejor descripción del trabajo de un editor pero es lo que uno imagina que más se le parece. Me quedo con el sexto mandamiento de Manuel Borrás en su Monólogo del editor: «respetar escrupulosamente a autores y lectores, un mandamiento que proviene del anterior, sentir un respeto casi religioso por la cultura escrita».

Hablando de mandamientos, "yo confieso", como diría Jaume Cabré, que en mi próxima reencarnación quiero ser editor, porque dice Jacobo Siruela en la Revista Ñ que «la tarea del editor del siglo XXI es recuperar la felicidad de editar».

P.D.- Si tengo la fortuna de que algún editor lea esta entrada quizá le haría pensar en organizar una actividad del tipo «24 horas en la vida de un editor». Si es así, yo me apunto. 

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