Pestañas

14 enero, 2011

Arrugar la hoja, hacer una bola y lanzarla a la papelera

Hoy he pensado (y ya me estoy arrepintiendo) compartir el inicio de este relato que aún no tiene título ni más extensión que la que ves. Para qué, dirás… Para contar con tu opinión (siempre sincera, espero). Así sabré si tengo que arrugar la hoja, hacer una bola y lanzarla a la papelera (en sentido figurado), o continuar si te ha interesado y no te han dado náuseas al leerlo. En este caso, incluso, podrías tener alguna sugerencia de por dónde encaminar la historia, mover a sus personajes o sobre el mismo título. O simplemente decir si te gustó o no. O guardar silencio. Aquí está:

<< Dice Anselmo que lo mejor de una hembra es que esté en la cocina, cuide de los hijos y, en la cama -aquí baja la voz y guiña el ojo izquierdo con esfuerzo-, se deje hacer y no hable demasiado. Lo dice arropado por la humareda de los cigarrillos y sujetando el cuerpo en la barra donde Mario, que se conoce la historia, rellena de vino los vasos de los parroquianos. Es la misma ceremonia de todos los  viernes, piensa Mario, al que le gustaría estar lejos de allí, respirando el aire salado del mar y escuchar el rumor de las olas.

Ahora cuando llegue a casa me meto en la cama y empieza la fiesta, continúa Anselmo. Me gustaría invitaros pero creo que no hay sitio para todos. Y ríe la ocurrencia mientras ve cómo brillan los ojos de sus compadres, igual de bebidos que él. A un gesto de uno de ellos Mario sirve otra ronda y retira un cenicero lleno de colillas. Llevan en el bar más de una hora, desde que se cerró la nave. Se reúnen en el bar de Mario para olvidarse del trabajo de toda la semana y hablar de lo que les venga en gana. Empiezan hablando en voz queda, arrastrando el cansancio de la jornada, pero enseguida el vino les calienta la sangre y la cabeza, una bruma como de cristales empañados les cubre los ojos, y terminan a voces quitándose la palabra unos a otros.

Que la mujer se deje hacer y no hable demasiado lo dice Anselmo para provocar. Ellos no conocen a Rosa. No saben que es una mujer que les haría darse la vuelta para mirarla en la calle. Tampoco saben en realidad de qué habla, porque aunque algunos están casados la mayoría en la cuadrilla son jovenzuelos que todavía no han conocido mujer. Pero Anselmo sí sabe que son hombres como él y que, por el solo hecho de serlo, todo se revuelve dentro de ellos, y así ha sido desde el principio de los tiempos, cuando se habla de mujeres. Hembras, como dice Anselmo. Eva fue la primera hembra por la que Adán perdió la cabeza y el paraíso. Pero es que -razona Anselmo entre la nube de humo y alcohol que le ciega el entendimiento- la tentación era tan grande que merecía echar todo aquello a perder, cualquier cosa que fuera el paraíso, una inmensa playa de arena fina y blanca, llena de fruta, en la que no hubiera que trabajar. Sin una mujer, aquello no podía ser en realidad el paraíso >>.

© Javier García

10 enero, 2011

«Arráncame la vida»

 Ángeles Mastretta. 1986.  
Housing Works es la organización que en Nueva York cuida de las personas afectadas por el VIH/SIDA y por los que no tienen hogar. Disponen de varias tiendas donde los ciudadanos pueden donar los objetos que después ponen a la venta o subastan con el fin de obtener fondos. En una de ellas, Housing Works Bookstore Cafe, situada en el SOHO, encontré este libro de Ángeles Mastretta (Puebla, México. 1949), «Arráncame la vida», publicado en Nueva York por Vintage Español (una división de Random House, Inc.), en 1997.

Fue en ese café-librería -un lugar para visitar si te acercas por Nueva York- donde por cuatro dólares rescaté esta novela publicada en 1986 y abandonada ahora a su suerte entre la única media docena de libros que componían la oferta en español. Hace años había leído «Mal de amores», su segunda novela, que supuso el salto a la popularidad de la escritora mexicana en el ámbito de la narrativa latinoamericana

Puedo decir que mereció la pena y que para mí fue una especie de bálsamo en el devenir de otras lecturas. Un amor interesado y no correspondido, el coraje de una mujer joven en una sociedad machista y la pasión de nuevos amores con el paisaje de fondo del convulso México revolucionario, son elementos suficientes para urdir una historia que te atrapa fácilmente.

Y me gustó mucho ese lenguaje español-mexicano con el que está escrita, que pone una banda sonora distinta a la lectura con giros y expresiones tan ricas y llamativas para los que no vivimos en América Latina. La escritura de Mastretta, que emplea buenos diálogos y mantiene un ritmo narrativo muy ágil, hace muy fácil y atractiva su lectura.

En 2008 apareció la versión cinematográfica que confieso que me gustaría ver. La película, con gran acierto en mi opinión, estaba promocionada con el siguiente slogan: "El corazón no se gobierna". Puedes ver el trailer de la película haciendo click aquí.

El título de la novela, que también me fascina, corresponde a una canción mexicana que aparece citada en la propia obra:

«Arráncame la vida.
Arráncala, toma mi corazón.
Arráncame la vida, y si acaso te hiere el dolor,
ha de ser de no verme porque al fin tus ojos me los llevo yo».

La ilustración de la cubierta, de una gran sensualidad, es "Brandy con naranja", de Nazario, que pertenece a la colección de arte que posee el Consejo Regulador de la Denominación Específica "Brandy de Jerez", que la cedió para la edición del libro .

La novela comienza así:

Ese año pasaron muchas cosas en este país. Entre otras, Andrés y yo nos casamos.
Lo conocí en una café de los portales. En qué otra parte iba a ser si en Puebla todo pasaba en los portales: desde los noviazgos hasta los asesinatos, como si no hubiera otro lugar.
Entonces el tenía más de treinta años y yo menos de quince.

06 enero, 2011

Ocho kilos de libros (o de berenjenas)

Nunca he comprado libros al peso, y esta vez tampoco. Sin embargo, y porque la Navidad es época de regalos y porque vivo en Nueva York, hice acopio en Madrid de algunos de los libros que leeré durante el año.

Viajar en avión con libros -libros que pesan y abultan- no es una tarea sencilla. Busqué una maleta pequeña donde cupieran y que pudiera subir al avión como equipaje de mano. Pero antes me asaltó la curiosidad de saber cuánto pesaban. Así que, ni corto ni perezoso, me fui con ellos a la frutería del supermercado y los apilé en la balanza donde la gente normalmente pesa los tomates, las zanahorias, los plátanos o las chirimollas. En la pantallita digital de la balanza apareció una cifra: 7,600. Es decir, casi ocho kilos en libros.

Quería tener la etiqueta impresa con el peso y, a falta de la tecla para pesar libros -obviamente sólo hay teclas para frutas y hortalizas- apreté un número al azar. La balanza escupió la etiqueta adhesiva con el peso (7,600 K.) y un precio: 21,66€. Había marcado la tecla de las berenjenas, cuyo precio es de 2,85 €/Kilo.

Sobra decir que no pasé por caja ni volví la vista atrás. Lo hice de prisa, esperando no ser visto para evitar explicaciones y el sonrojo de ser descubierto con las manos en la masa.

Ahora, y después de cruzar el océano, los libros que vuelan descansan ya en casa esperando que cualquiera los lea. Algunos fueron regalos, pero la mayoría comprados a un precio superior al kilo de berenjenas.

Quizá algún día los ebooks resuelvan el problema del volumen, el peso y el precio de los libros, pero no a día de hoy, donde en español todavía no hay oferta -ni en cantidad ni en calidad- comparable con la edición tradicional en papel. 

Quizá en el próximo viaje...

PD.- Iré dando cuenta de la lectura de los libros, sin prisa pero sin pausa, en este mismo cuaderno digital que es La Palabra Infinita.

20 diciembre, 2010

«La soledad de los números primos»

Premio Strega 2008
"Los números primos sólo son exactamente divisibles por 1 y por sí mismos. Ocupan su sitio en la infinita serie de los números naturales y están, como todos los demás, emparedados entre otros dos números, aunque ellos más separados entre sí".

Incluyo esta cita, que no está al comienzo sino en la mitad de «La soledad de los números primos» (Salamandra, 2009), porque da una pista perfecta de lo que podemos encontrar en esta opera prima del italiano Paolo Giordano: la metáfora que explica "la conmovedora historia de Alice y Mattia, dos seres cuyas vidas han quedado condicionadas por las consecuencias irreversibles de sendos episodios ocurridos en su niñez".

Comencé su lectura con cierta prevención pero todas mis dudas se disiparon conforme iba introduciéndome en la historia y en sus personajes. Eso es la "La soledad...", el relato que nos muestra la relación de sus dos protagonistas -dos caracteres muy especiales y muy literarios- en el tránsito desde su adolescencia hasta la vida adulta.

Es una historia que atrapa aunque tiene altibajos en su desarrollo y, en mi opinión, algunas lagunas a la hora de hacer totalmente creíble la vida de ambos personajes. Parece imposible por ejemplo, que, aunque la personalidad de Mattia no cambie con los años, las circunstancias de la vida no le cambien siquiera un ápice, o que el problema de Alice no tenga otras consecuencias en su vida "real".

Sin embargo, es una novela que tiene muy pocos "peros", que yo recomiendo leer y que gustará a quien guste una historia que conmueve, con unos personajes que cautivan, además de un lenguaje cuidado y unos diálogos muy bien escritos. Una de esas novelas que uno imagina que pueda convertirse en algún momento en película, lo que -por cierto-, creo que ya ha debido de ocurrir.

Algunas frases que subrayé mientras leía:

- Su madre ya vivía en ella en forma de recuerdo, como un grano de polen que se hubiera posado en algún rincón de su memoria, donde permanecería el resto de su vida convertida en unas cuantas imágenes sin sonido.

- Y Alice sonrió pensando que quizá aquélla sería la primera media verdad de los esposos, la primera de las pequeñas grietas que se crean entre dos personas, por las que tarde o temprano la vida introduce su ganzúa y hace palanca.

- Las decisiones se toman en unos segundos y se pagan el resto de la vida.

13 diciembre, 2010

«El paraíso en la otra esquina»

Leer «El paraíso en la otra esquina» (Alfaguara, 2003) de Mario Vargas Llosa, ha sido realizar un repaso de geografía, historia y arte desde un punto de vista literario. Vargas Llosa recrea en su novela la vida de dos personajes, Paul Gaugin y Flora Tristán (nieto y abuela materna), el pintor y la luchadora por los derechos de los obreros, en lo que me ha parecido una interesantísima y deliciosamente entrelazada biografía de ambos.

Quizá no con el rigor y el orden oportuno de los detalles al uso en otras biografías pero sí atrapando la esencia de sus vidas, alternando sus voces en cada capítulo e introduciendo además su propia voz para dirigirse a ellos y traerlos al presente en dos planos -geográfico y temporal- diferentes.

Decía que fue un repaso de geografía porque confieso que leí con el iPad al lado ayudándome de Google Maps para situar Tahití y las Islas Marquesas en los mares del Sur, así como las ciudades -Papeete, Paea, Mataiea, Hiva Ova o Atuona- donde tras dejar Europa transcurren los últimos años de Gauguin, para quien "pintar no era cuestión de oficio sino de circunstancias, no de destreza sino de fantasía y entrega vital".

También para seguir la travesía (Burdeos, Cabo Verde, cabo de Hornos, Valparaíso, Islay, Arequipa y Lima) que lleva a Flora desde Francia al Perú de sus orígenes para conocer a su familia, así como su propio periplo por Francia predicando el futuro de la Unión Obrera: "Volviste a Francia decidida a ser otra, a romper las cadenas, a vivir plenamente y libre, resuelta a llenar las lagunas de tu espíritu, a cultivar tu inteligencia, y, sobre todo, a hacer cosas, muchas cosas, para que la vida de las mujeres fuera mejor de lo que había sido para ti".

Paul Gauguin. «Autorretrato»
Pero me ayudé sobre todo del iPad y de Internet para visualizar los cuadros de Gaugin mientras leía, para ver en ellos a los personajes y los pensamientos que hierven en la cabeza del pintor, para acompañarle mientras pinta, para entender con otros ojos las exóticas pinturas coloridas de aquel excéntrico de su tiempo, amigo del Holandés Loco (Vincent van Gogh) con quien vivió algún tiempo también en la Casa Amarilla de Arles. 

"Tu pintura no era la de un europeo moderno y civilizado. [...] El arte tenía que romper esa moldura estrecha, el horizonte pequeñito en que habían terminado por encarcelarlo los artistas y los críticos, los académicos y los coleccinistas de París: abrirse al mundo, mezclarse con las demás culturas, airearse con otros vientos, otros paisajes, otros valores, otras razas, otras creencias, otras formas de vida y de moral. [...] Tú lo habías hecho, saliendo al encuentro del mundo, yendo a buscar, a aprender, a embriagarte con aquello que Europa desconocía o negaba".

«Manau Tupapau»
En la pantalla se iban haciendo realidad -de alguna forma virtual- las pinturas de Gauguin, que llegó a Tahití en 1891 cuando acababa de cumplir cuarenta y tres años. Desde su primera obra maestra, Manao Tupapau, hasta El hechicero de Hiva Ova, probablemente el último cuadro que pintó ya casi ciego.

Paul Gauguin y Flora Tristán son dos personajes de carne y hueso, hombre y mujer de la misma familia, que lucharon contra corriente sin miedo a ser distintos, a hacer lo que nadie se hubiera atrevido a hacer. Y a mí me gustó entremezclarme en sus vidas y, mucho, descubrir detrás de su relato la pluma deliciosa de Mario Vargas Llosa. 

PD.- Dos días después de que la Academia Sueca concediera a Mario Vargas Llosa el Premio Nobel de Literatura, 7 de octubre, tuvimos la fortuna de verle en el Metropolitan Opera de Nueva York donde asistíamos a la representación de Los cuentos de Hoffman (Offenbach). Aunque pensamos en acercarnos y saludarle -nadie parecía conocerle y conversaba con su mujer y unos amigos durante un descanso- nos pudo el respeto a su persona y su tranquilidad.

30 noviembre, 2010

Blanco y negro en la 'maleta mexicana'

Foto: Robert Capa. Teruel 1937.
Vuelven las imágenes de la Guerra Civil española a Nueva York en una exposición temporal -The Mexican Suitcase- en el International Center of Photography. En diciembre de 2007 aparecieron en México tres cajas que se creían desaparecidas desde 1939. Contenían los rollos con 4.500 negativos (35 mm.) de imágenes tomadas durante la contienda por Robert Capa, Gerda Taro (que moriría en la guerra) y David Seymour (Chim). 

Aunque al tratarse de la reproducción de los negativos la muestra no es visualmente muy atractiva, su valor reside en que por primera vez puede verse la secuencia completa de algunas de las imágenes publicadas en los periódicos y revistas de la época. 

Siempre he pensado que la fotografía es el arte de capturar la emoción (o millones de sensaciones) en solo un instante, de fijar para siempre momentos irrepetibles. En el caso de una guerra, el fotógrafo es el testigo directo del horror y la fotografía el recuerdo perenne del dolor. 

En este caso, las imágenes en blanco y negro -los 'colores' para siempre de la Guerra Civil- cobran todavía una mayor fuerza como testigos de la tragedia. Reconocer, además, la geografía física y humana de algunos de los lugares y los rostros de las fotografías de aquellos tres pioneros del reporterismo gráfico de guerra, añade un plus amargo de tristeza.

- The Mexican Suitcase, aquí.
- La historia de la "maleta mexicana", aquí.
- Reseña de la exposición en The New York Times, aquí.

27 noviembre, 2010

«El lector»

Nada más comenzar la lectura de “El lector” (Anagrama), de Bernhard Schlink (Bielefeld, 1944), me di cuenta de que –aunque yo no la había visto- existía una versión cinematográfica de la novela protagonizada por Kate Winslet. Por esta razón o porque en algún momento de somnolencia descuidé algún detalle en las primeras páginas, no conseguí visualizar a su protagonista, Frau Schmitz. 
 
Cuando hablo de visualizar me refiero a imaginar y entender claramente el caracter de un personaje. Uno de los mejores efectos que puede producir la lectura literaria es enamorarse de los personajes que habitan las páginas del libro. Y es en su credibilidad, en su carnalidad y en la capacidad para captar su alma, donde se juega el escritor una parte enorme de su complicidad con el lector.

Precisamente con ‘El lector’ no pude ponerle una cara y un caracter definido al personaje de Frau Schmitz cuando en la primera parte del libro se convierte en la mujer que seduce al adolescente enfermizo, pero tampoco después cuando la historia muestra su relación con los nazis y el campo de exterminio de Auschwitz. Es en esta segunda parte cuando comenzamos a saber quién era ella y cuando la novela gana o pretende ganar en profundidad, pero es también cuando las vicisitudes del juicio hacen espesar de alguna forma la narración. Quizá le pesa a Schlink su experiencia como juez.

Pero, como siempre, lo mejor es leer para opinar, y ‘El lector’ es una novela bien escrita que sin duda se puede leer. Y, aunque no es frecuente, puede que en esta ocasión la versión cinematográfica haya superado en calidad a la obra literaria.

Puedes ver el trailer de la película (The reader) haciendo click aquí.

Algunas de las frases que subrayé mientras leía:

- “Los ruidos del mundo exterior, del ocio en el patio o en el jardín, o en la calle, penetran amortiguados en la habitación del enfermo. Y dentro de ella florece el mundo de las historias y los personajes de las lecturas”.

- “A veces un final doloroso hace que el recuerdo traicione la felicidad pasada”.

- “Yo sabía por propia experiencia que la vergüenza puede forzarlo a uno a mostrarse esquivo, a ponerse a la defensiva, a ocultar y desfigurar las cosas, incluso a herir a los demás”.

- Fui de Boston a Nueva York en tren. Los bosques relucían en tonos marrones, amarillos, naranjas, castaños y rojizos, y en el rojo encendido del arce”.

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