Pestañas

18 julio, 2011

Humor y ternura en «Vive como puedas»

Nunca busqué la diversión en la lectura de un libro. Sí el entretenimiento, pero no la evasión a través del humor, no por desprecio sino simplemente por gusto y jerarquía a la hora de elegir el rumbo de las propias lecturas. Pues aún asi, y porque se coló practicamente de rondón, me encontré leyendo «Vive como puedas» (Tusquets, 2011), la novela de Joaquín Berges (Zaragoza, 1965) que toma su título como réplica de la película de Frank Capra 'Vive como quieras'. Y reconozco que no sólo me divirtió sino que en ocasiones me encontré riendo en voz alta sin poder evitarlo.

Berges relata la vida y circunstancia de Luis, ingeniero y padre de familia de cuarenta y tres años que ve cómo su vida se complica hasta decir basta. Él es el centro de las situaciones más disparatadas y que tienen como protagonistas principales a los miembros de su familia. Me ha parecido una novela divertida y enormemente tierna a la vez, muy bien escrita, con buenísimos diálogos y, lo mejor, con unos personajes muy bien construidos. Pero además de lo hilarante de la historia, se intuye también en Berges -acompañando a esa ternura- cierto ánimo didáctico, la intención de enseñar algo al lector, de dejar su propia moraleja acerca de las vidas desenfrenadas que vivimos, como si en el fondo se tratase de un libro de autoayuda sobre la felicidad. 

Ana compró la novela en un aeropuerto antes de volar porque "tenía el tamaño adecuado y me apetecía leer algo diferente". Y es cierto que es diferente. Vive como puedas es quizá un libro menor pero no es un libro cualquiera. De vez en cuando merece la pena leer algo diferente.

  • Algunas frases que subrayé mientras leía aunque no son, precisamente, las más divertidas:
- Los ojos de Lucía se apagan, como si en efecto se hubiera ocasionado un corte en el suministro eléctrico de su mirada.

- -Yo, en cambio, cumplo estrictamente mi jornada laboral. Gano menos dinero que ellos pero soy más feliz. Y lo único que he hecho ha sido prescindir de algunos caprichos y sustituirlos por actividades baratas, casi gratuitas, como pasear, disfrutar de un café en una terraza o ir a la biblioteca pública, tomar prestado un libro y salir al jardín a leerlo, como hago todas las tardes desde hace cinco años.

- Supongo que estoy afectado por la nostalgia del futuro, esa amable promesa que durante toda mi vida ha sido más larga que el recuerdo del pasado y que ahora -indefectible, cruelmente- comienza a ser más corta.

- ... evitando que su existencia sea un desierto sin más horizonte que una línea recta para separar la tierra del cielo, la vida de la muerte.

- Las lágrimas pueden ser las palabras de una lengua universal que no requiere traducción, como el esperanto o la bioquímica, porque es inherente a todos los seres humanos. Nadie es ajeno a su comprensión.

11 julio, 2011

Un cadáver en «La playa de los ahogados»

Y llegó el momento de volver a leer a Domingo Villar (Vigo, 1971). Ha sido  doce lecturas después de Ojos de agua, su primera novela (recomendación de otra gallega, @Nuria00) que me dejó un sabor de boca inmejorable. Entre aquella y ésta, «La playa de los ahogados» (Siruela, 2009), han mediado por lo tanto diversos autores y estilos pero también cierta impaciencia por volver a disfrutar de la novela policiaca de Villar y por poder comentar la jugada con Ana y con mi hijo Ignacio que ya la leyeron. Y doy fe de que la espera mereció la pena.
 
En cualquier relato, en cualquier novela, sea cual sea su género, el espacio donde transcurre la acción es tan importante en ocasiones como el perfil de sus personajes o el punto de vista del autor. En el caso de las dos novelas que hasta ahora ha publicado Domingo Villar, ese espacio se llama Galicia, no sólo en el sentido de representar una geografía concreta sino también una idiosincrasia (espero que no suene demasiado cursi) que lo convierten también en protagonista fundamental de la narración.

Como en la inmensa mayoría de las historias policiacas, en La playa de los ahogados también hay un muerto, esta vez un pescador, cuyo caso investigan el inspector de la comisaría de Vigo, Leo Caldas, y su ayudante, el aragonés Rafael Estévez. Ellos son, al igual que el paisaje, quizá el mayor atractivo de la novela, una especie de Sherlock Holmes y doctor Watson -como tantas otras parejas célebres de investigadores- a quienes Domingo Villar ha rebajado en esta segunda entrega de sus respectivas poses de inspector taciturno y ayudante impulsivo. Aunque en este punto no puedo resistirme a ilustrar los modales del segundo:

- ¡Qué mal de ojo ni qué cojones! -voceó indignado el aragonés mientras buscaba una servilleta en una mesa vecina-. Me ha escupido en el zapato.
 
Pero no menos importante es el caso, el cadáver del marinero que aparece una mañana flotando en la orilla de la playa de Panxón con las manos atadas. Villar ha hurdido una trama que gana en complejidad respecto a Ojos de agua y, por lo tanto, en emoción. Los capítulos, cortos, avanzan de forma lineal tanto en la investigación como en las historias paralelas que se bifurcan para complementar la principal. El resultado es una novela más trabajada, más completa y más redonda que se lee con verdadero interés. Si he de poner un único pero es la insistencia de Villar por empezar todos los capítulos con la definición que da el diccionario de una palabra contenida en el mismo: un sustantivo, un verbo o un adjetivo. En su primera novela resultó un recurso original; en ésta, un recurso forzado y algo cansino.

En cualquier caso, si no habéis leído las dos novelas de Domingo Villar todavía estáis a tiempo de poneros al día, y la playa y el verano son dos circunstancias -espacial y temporal- muy propicias para hacerlo. Nosotros, en casa, ya esperamos el tercer caso del "mítico Leo Caldas", como nos referimos con cariño al inspector gallego.

P.D.- Quizá se trate del desenlace del reciente robo del Códice Calixtino, aunque es poco probable pues no corresponde a su jurisdicción, Vigo, sino a la de Santiago de Compostela, ni tampoco hay cadáver de por medio. Veremos.

04 julio, 2011

«El valor de educar», un acto de coraje y valentía

Después de Umberto Eco, Edmundo Paz Soldán y Antonio Muñoz Molina le llegó el turno, en un cambio de tercio interesante, a Fernando Savater y «El valor de educar» (Ariel, 2010). Un cambio de tercio suave en cualquier caso pues tras la pura ficción de El cementerio de Praga y Norte, Ventanas de Manhattan ya transcurría por el terreno del ensayo aún cuando pudiéramos llamarlo literario. Con Savater ya se puede hablar de puro ensayo, pero que nadie se asuste porque no se trata de ningún texto abstracto e infumable sino una reflexión muy bien escrita y entretenida sobre el valor de educar, como explica el propio autor, "en el doble sentido de la palabra «valor»: quiero decir que la educación es valiosa y válida, pero también que es un acto de coraje, un paso al frente de la valentía humana".

Descubrí El valor de educar gracias a @VinceBobadilla, y la curiosidad que siempre he sentido por la Educación con mayúscula, en el sentido de aquello que nos hace avanzar, nos enriquece y nos hace -normalmente- ser mejores personas y profesionales, hizo el resto.

Desde luego lo explica mucho mejor que yo Savater, con una prosa fina y una ironía magnífica, en este libro escrito hace ya la friolera de 14 años pero que, para bien o para mal, no ha perdido un ápice de actualidad. Por ello, probablemente interese todavía no sólo a los profesionales que se ocupan de esta materia sino a todos los que quieran profundizar algo más sobre la educación y responder, por ejemplo, algunas de las preguntas que formula Savater: "¿Debe la educación preparar aptos competidores en el mercado laboral o formar hombres completos".

En el libro se abordan capítulos como El aprendizaje humano ("Ser humano consiste en la vocación de compartir lo que ya sabemos entre todos, enseñando a los recién llegados al grupo cuanto deben conocer para hacerse socialmente válidos"); Los contenidos de la enseñanza -donde se puede leer acerca de la contraposición entre educación e instrucción ("separar la educación de la instrucción no sólo resulta indeseable sino también imposible, porque no se puede educar sin instruir ni viceversa"); El eclipse de la familia -sobre la autoridad de los padres o el papel del Estado, la ética y la religión, la educación sexual y unas deliciosas páginas sobre los efectos de la televisión-; La disciplina de la libertad ("es preciso recordar que no es posible ningún proceso educativo sin algo de disciplina. [...] La propia etimología latina de la palabra (que proviene de discipulina, compuesto a su vez de discis, enseñar, y la voz que nombra a los niños, pueripuella) vincula directamente a la disciplina con la enseñanza"); ¿Hacia una humanidad sin humanidades? ("Supongo que nadie sostiene en serio que estudiar matemáticas o física son tareas menos humanistas, no digamos menos «humanas», que dedicarse al griego o a la filosofía"), o Educar es universalizar ("Es importante que en la escuela se enseñe a discutir pero es imprescindible dejar claro que la escuela no es ni un foro de debates ni un púlpito").

  •  Algunas otras frases (muchas) que subrayé mientras leía, con las que -eso sí- se puede estar o no de acuerdo:

- "Hacernos intelectualmente dignos de nuestras perplejidades es la única vía para empezar a superarlas".

- "Si lo que nos ofende o preocupa es remediable debemos ponernos manos a la obra y si no lo es resulta ocioso deplorarlo, porque este mundo carece de libro de reclamaciones".

- "La función de la enseñanza está tan esencialmente enraizada en la condición humana que resulta obligado admitir que cualquiera puede enseñar, lo cual por cierto suele sulfurar a los pedantes de la pedagogía que se consideran al oírlo destituidos en la especialidad docente que creen monopolizar".

Fernando Savater
- Afirmaba Goethe que da más fuerza saberse amado que saberse fuerte: la certeza del amor, cuando existe, nos hace invulnerables".

- "La autoridad no consiste en mandar: etimológicamente la palabra proviene de un verbo latino que significa algo así como «ayudar a crecer»".

- "El objetivo de la educación es aprender a respetar por alegre interés vital lo que comenzamos respetando por una u otra forma de temor".

- "El problema no estriba en que la televisión no eduque lo suficiente sino en que educa demasiado y con fuerza irresistile; lo malo no es que transmita falsas mitologías y otros embelecos sino que dismitifica y disipa sin miramientos las nieblas cautelares de la ignorancia que suelen envolver a los niños para que sigan siendo niños".

- "Sólo cuando se martiriza a un niño se le ve replegarse sobre sí mismo, igual que años después el inevitable martirio de la vida nos hace a todos un poco introspectivos".

- "No olvidemos que el mejor maestro sólo puede enseñar, pero es el niño quien realiza siempre el acto genial de aprender".

- "El propósito de la enseñanza escolar es preparar a los niños para la vida adulta, no confirmarles en los regocijos infantiles".

- "¡Cuántas veces la vocación del alumno se despierta más por la adhesión a un maestro preferido que a la materia misma que éste imparte!".

- "Yo creo que la principal causa de la ineficacia docente es la pedantería pedagógica. No se trata de un trastorno psicológico de unos cuantos, sino de la enfermedad laboral de la mayoría. Después de todo, la palabra «pedante» es voz italiana que quiere decir «maestro»".

- "Oscar Wilde: «La educación es algo admirable, pero de vez en cuando conviene recordar que las cosas que verdaderamente importa saber no pueden enseñarse»".

26 junio, 2011

El jinete, de Madrid a Nueva York

Gonzalo Giner
Hace varios días, al volver a casa después de trabajar, había llegado un paquete a mi nombre. Nada más ver el remite sabía que lo que había dentro era «El jinete del silencio», el nuevo libro de mi amigo -y compañero de quinta- Gonzalo Giner. Él mismo lo enviaba dedicado desde Madrid. Espero leerlo enseguida en cuanto Ana, mi mujer -que me lo ha quitado por la mano-, lo termine. Ojalá tenga tanto éxito como tuvo El sanador de caballos o al menos tanto como ilusión ha puesto Gonzalo en escribirlo.


Gonzalo Giner debutó en el mundo literario en 2004 con el libro La cuarta alianza, pero fue la novela El sanador de caballos, su proyecto más personal, la que alcanzó cotas de crítica y público más elevadas. Desde entonces su autor se ha convertido en un referente dentro de la literatura popular.

Veterinario de profesión, con aquel título quiso investigar el origen de su oficio; con su nueva obra, El jinete del silencio, el autor nos descubre los antecedentes de la creación de la raza española de caballos durante el siglo XVI. Dotada de una gran emotividad gracias a la presencia de un protagonista inolvidable como Yago, que verá mejorar sus trastornos de conducta a través de los caballos. El jinete del silencio es un bello homenaje al caballo y a nuestro pasado.

17 junio, 2011

Vive la vida en la calle y en el silencio de tu biblioteca

Estaba anoche enfrascado en la lectura de «El valor de educar», de Fernando Savater, cuando al final del capítulo que leía -¿Hacia una humanidad sin humanidades?-, me topé sin esperarlo con esta poesía de Luis Alberto de Cuenca. Savater la utiliza en su libro como respuesta a la pregunta que él mismo se hace y que transcribo a continuación por dos razones: la primera, simplemente porque me gustó al leerla y, la segunda, porque hace muy poco comentaba aquí mismo acerca de la poesía (El pulmón para respirar la literatura) y tenía ganas de incluir alguna. Por eso no he querido dejar pasar esta oportunidad.

¿Humanidades, en fin? -se pregunta Savater-. Sólo hay una en el fondo y la descripción de esa asignatura total haremos mejor pidiéndosela al poeta que al pedagogo:


Vive la vida. Vívela en la calle
y en el silencio de tu biblioteca.
Vívela con los demás, que son las únicas
pistas que tienes para conocerte.
Vive la vida en esos barrios pobres
hechos para la droga o el deshaucio
y en los grises palacios de los ricos.
Vive la vida con sus alegrías
incomprensibles, con sus decepciones
(casi siempre excesivas), con su vértigo.
Vívela en madrugadas infelices
o en mañanas gloriosas, a caballo
por ciudades en ruinas o por selvas
contaminadas o por paraísos,
sin mirar hacia atrás.
Vive la vida.

Luis Alberto de Cuenca
«Por fuertes y fronteras»

13 junio, 2011

«Ventanas de Manhattan», una ciudad con vistas

«Ventanas de Manhattan» (Seix Barral, 2004), de Antonio Muñoz Molina (@amunozmolina), un libro que no es de ficción, nos presenta una ciudad absolutamente real envuelta sin embargo por los mismos mimbres que utiliza la ficción para crear una auténtica obra literaria.

Lo más especial de esta lectura ha sido la emoción de reconocer lugares, situaciones y personajes de  la ciudad en la que ahora vivo, confirmando y saboreando muchas de las sustancias que Muñoz Molina ha extraído del ADN de Manhattan. Por ejemplo, el continuo rumor de la ciudad,  las dificultades con el idioma,  los contrastes tan marcados, los malos modales de los funcionarios de Inmigración, el cielo limpio tan semejante al de Madrid, las cucarachas grandes y rubias, la indiferencia de vecinos y ocupantes de ascensor, los mercadillos de la calle o las basuras ocupando las aceras. También el relato directo del 11 de septiembre de 2001, el Barrio Chino, los museos y clubes de jazz o el paso de las estaciones en Central Park.

En la forma en que está escrito el relato, pareciera que Muñoz Molina -además de escritor- adoptara un oficio distinto mezcla de muchos otros: pintor, cartógrafo, entomólogo, geógrafo, explorador urbano, psicólogo, fotógrafo y cirujano que es capaz de dibujar, trazar, reproducir, diseccionar y recomponer, clasificar y analizar paisajes, monumentos, edificios, sucesos, personajes y seres humanos que pueblan el principal barrio de Nueva York para, después, verter al papel el resultado de toda esa cuidada investigación. Y no precisamente en forma de guía turística o ni siquiera de un buen reportaje periodístico sino en un género de no ficción-literaria -si es que tal cosa existe- donde, además, el escritor se convierte en un protagonista más del relato y de la propia ciudad.

Cómo trabaja y con qué herramientas, nos los cuenta el propio autor: "Vivo, aunque sólo sea transitoriamente, como un literato antiguo de provincias, como un cesante o un funcionario absentista que se sienta a media mañana en el café, adonde traigo conmigo los instrumentos livianos de mi oficio, las pocas cosas elementales que necesito, un cuaderno y un rotulador, y nada más".

Antonio Muñoz Molina
El escritor recorre la ciudad andando, zarandeado por la lluvia o sobrecogido por el viento helado que dobla las esquinas y ruge furioso por las calles: "La caminata es una forma de conocimiento y una manera de vivir, un ejercicio permanente de aproximación y lejanía". Además, la mirada de Muñoz Molina es hasta tal punto certera que uno -cuando vive aquí- se ve reconocido en muchas situaciones: "Hay días en los que resulta grato ser un forastero en estas calles, tan liviano de identidad como de equipaje, y otros días de lluvia contumaz y vengativa en los que uno siente sobre sí, igual que la humedad que le sube por la espalda, todo el peso de la extrañeza, el tamaño de esta ciudad ahora en blanco y negro en la que no es nadie y el del país ajeno al que no pertenecerá nunca".

Es un libro que he leído con verdadero deleite, con el placer del ánimo que inevitablemente se siente al redescubrir Manhattan desde Manhattan, con el añadido de la maravillosa prosa de Muñoz Molina. Un libro que gustará más a los que ya conocen bien la ciudad pero también a aquellos que quieran conocer por primera vez un Manhattan distinto al repetido tantas veces por el cine y las series de televisión.

  • Otras frases que subrayé mientras leía:

- "Miro y escribo. Me gustaría que la mano avanzara sola y automática para que los ojos no se apartaran ni un segundo del espectáculo que alimenta la inteligencia y la escritura".

- "En Nueva York el trásito de la belleza a la desolación sucede siempre expeditivamente, como si el principal universal de máxima eficiencia hubiera aconsejado la supresión de gradaciones intermedias".

- "El arte enseña a mirar: a mirar el arte y a mirar con ojos más atentos el mundo".

- "Así quisiera yo retratar sobre el papel de este cuaderno la cara de alguien con quien acabo de cruzarme o un tono de color en el cielo, pero escribir es una carrera contra el tiempo en la que uno siempre queda rezagado y acaba vencido".

- "Estar viendo y no mirar es un arte supremo en esta ciudad que desafía tan incesantemente a la mirada".

06 junio, 2011

«Norte», una novela en 3D

En el transcurrir de los libros que lo acompañan a uno hay lecturas ligeras que se pierden en la memoria con el paso del tiempo o apenas dejan una huella endeble y, otras más sólidas, con peso específico, que producen una huella honda, reconocible y profunda en ese camino largo y personal que marca la lectura. Este último ha sido para mí el caso de «Norte» (Mondadori, 2011), la última novela de Edmundo Paz Soldán (Bolivia, 1967).

No recuerdo muy bien qué fue lo que me llevó hasta Norte. Supongo que el efecto perverso de la promoción, que envía distintas señales al subconsciente por vías diferentes: quizá una entrevista en un diario, el blog del escritor en El Boomeran(g), la portada vista en algún sitio o la cercanía que representa compartir el tablero de Twitter (@edpazsoldan) con el propio autor. Recuerdo haber "conversado" brevemente con él cuando comenté mi deseo de pasar de Eco (Umberto) a Paz Soldán (Edmundo). Quizá también la curiosidad por leer a un escritor latinoamericano que enseña Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell, a unas cuantas millas más al norte -precisamente- de donde uno vive. Edmundo Paz vive en Ithaca, Nueva York.

El caso es que finalmente me hice con la novela -me la trajeron desde Madrid porque era imposible comprarla por Internet para Estados Unidos-, y me sumergí entonces en la historia y los personajes que después te acompañan sin que sea posible dejar de leer salvo -lo reconozco- por la emoción de unos playoffs de la NBA o porque el sueño te haga cerrar los ojos. Casi podría decirse que es una novela en 3D pues son tres las historias que proyectadas al unísono -aunque en tiempo y espacio distintos- producen una imagen única del mundo de los que lo arriesgan todo para huir de la miseria y cruzar la raya buscando ese norte que son sus esperanzas de una vida más digna y plena.

Pero no es sólo una novela sobre la peripecia de los inmigrantes mejicanos que se juegan la vida para entrar en Estados Unidos, es mucho más. Es un thriller (si ese es el género cinematográfico que mejor lo puede expresar) donde cabe un amor enfermizo y tortuoso, la inocencia entrañable del desvalido o la violencia fría y descarnada que me hizo retirar la vista del libro con un escalofrío. Todo este entramado nos va descubriendo la historia de Jesús, el protagonista, del que vamos conociendo un viaje que tiene su origen en la pobreza, el desarraigo y la incultura.

@edpazsoldan
Pero como siempre, todo sería poco o nada si además el talento del autor no se plasmara en su forma de escribir. No sabría qué decir exactamente sobre su estilo sino que Paz Soldán escribe muy bien, que hace a los personajes reales y creíbles, que utiliza un lenguaje limpio con el que es capaz de crear atmósferas increíbles que salen de su cabeza rotunda y cuadrada. Sin embargo, decir que "con esta novela, Edmundo Paz Soldán se consolida como una de las voces más inquietantes, originales y arriesgadas de la narrativa latinoamericana" -como se lee en la contraportada-, me parece simplemente un cliché que probablemente no le haga ningún favor al autor. Sí espero leer más libros suyos, de los ya escritos o los que están por venir y que, probablemente, nazcan en uno de sus viajes, porque como él mismo escribió un día en Twitter "lo lindo de los viajes largos en auto o en tren es que se me ocurren libros enteros (otra cosa es escribirlos)".

Sobre Norte no puedo decir más de lo que digo siempre cuando un libro me conmueve: hay que leerlo. Y yo ya lo leí.

  • Edmundo Paz Soldán habla de Norte (vídeo), aquí.
  • Reseña de Norte en La tormenta en un vaso (blog), aquí.

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