Pestañas

16 enero, 2012

Yo quiero ser editor



© Cherry clockwise
Lo de ser lector aficionado está muy bien pero le convierte a uno en un sujeto pasivo, un parásito que  vive la vida de miles de personajes instalado en  la comodidad de su propia butaca. Aparte del disfrute que obtiene del hecho de leer, el lector únicamente es dueño de su poder de elección sobre qué leer y cuándo hacerlo. Sin embargo, si te gusta leer pero también te gusta el mundo de los libros en general y quieres dar un paso más, aventurarte en otros vericuetos relacionados con ese objeto que utiliza el lector, lo mejor es abandonar la butaca y pasar a la acción. Y para ello se me ocurre que se pueden tomar varios caminos: el primero, el más comprometido quizá, es convertirse en escritor, pero  otras opciones (¿más sencillas?) son también convertirse en editor, en librero o en crítico. Todos esos sujetos  a los que  Enrique Redel, editor de Impedimenta, se refiere como "las gentes del libro" en una entrada del blog Papeles Perdidos, Avatares de un editor en el Parque del Retiro: «Las gentes del libro, para el lector de a pie (para cierto lector) somos todos una masa homogénea de autores, editores, traductores y vendedores, intercambiables, fungibles, sustituibles». Entre las gentes que yo mencionaba (es cierto, había olvidado -como casi siempre sucede- a los traductores), cada uno tiene obviamente su papel. Simplificando mucho: uno ha de escribir el texto, el otro ha de cuidar su presentación y convertirlo en un libro; el tercero,ha de vender el producto y, el último, realizar una crítica o comentario sobre el mismo. 

Sobre todo un buen lector
Entre todos ellos, y descartando al escritor, pues realizar bien su tarea me parece más un don otorgado por la divinidad que el resultado de una destreza humana (no confundir escribir con redactar), es el trabajo del editor el que más atractivo tiene para mí. Por descartar: el librero tradicional es, en definitiva, un comerciante que a pesar de su vocación y el amor que pueda demostrar por la materia que vende, al final tiene que hacer balance  entre lo que vende y lo que ingresa. Y el del crítico es un papel muy poco agradecido, siempre haciendo de malo, siempre sujeto -a pesar de su pericia- al error cuando como el árbitro de fútbol enseña su tarjeta amarilla o roja al autor y su novela y, sin embargo, la afición -los lectores- no entienden su decisión. En cualquier caso, tampoco conviene olvidar la opinión de T. S. Elliot: «Algunos editores son escritores fracasados, cosa que también se puede decir de la mayoría de escritores».

Aún así me quedo con el papel del editor, en principio de más glamour, aunque no sé muy bien qué pensar después de lo que dice un editor, otra vez Enrique Redel, sobre sus condiciones de trabajo: «Nuestro hábitat es el oscuro despacho, la polvorienta biblioteca, la pacífica cola de la oficina de correos». Y después, también, de que algunos autores piensen que internet les permitirá encontrar lectores directamente sin pasar por un editor. En este punto me consuela lo que leía estos días en el blog de Jordi Puntí (Solo de Underwood) en una entrada titulada precisamente La edición sin editores: «La lógica dice que debería ser al contrario: a fuerza de leer textos abstrusos y sin calidad, pronto nos daremos cuenta de que el editor de texto es esencial para distinguir entre literatura e incontinencia verbal». Claro, también yo me refiero a un editor literario, no a un editor de libros de texto o de catálogos de viajes, que tienen todo mi respeto, aunque aquí Puntí echa un jarro de agua fría cuando afirma que «cada vez es menos cierto ese axioma que definía la edición literaria: un buen editor es sobre todo un buen lector».

El sexto mandamiento y la felicidad
Dicho todo lo cual, a mí me gustaría leer un texto inédito y poder decidir su publicación; intercambiar ideas y puntos de vista con el autor; elegir una tipografía determinada y decidir una portada con el diseñador; quizá crear una nueva colección de títulos; plantear una estrategia de lanzamiento para un libro; calcular la tirada adecuada; asistir a una presentación acompañando al autor; recibir una buena crítica en los suplementos literarios; ver el libro en los escaparates de las librerías, a un lector leyendo ese mismo libro en el metro y leer sus comentarios favorables en algunos blogs literarios. En definitiva, realizar un trabajo creativo con la materia que te gusta -las letras, los libros, la literatura- de principio a fin. Seguro que no es esta la mejor descripción del trabajo de un editor pero es lo que uno imagina que más se le parece. Me quedo con el sexto mandamiento de Manuel Borrás en su Monólogo del editor: «respetar escrupulosamente a autores y lectores, un mandamiento que proviene del anterior, sentir un respeto casi religioso por la cultura escrita».

Hablando de mandamientos, "yo confieso", como diría Jaume Cabré, que en mi próxima reencarnación quiero ser editor, porque dice Jacobo Siruela en la Revista Ñ que «la tarea del editor del siglo XXI es recuperar la felicidad de editar».

P.D.- Si tengo la fortuna de que algún editor lea esta entrada quizá le haría pensar en organizar una actividad del tipo «24 horas en la vida de un editor». Si es así, yo me apunto. 

09 enero, 2012

Razones para elegir un libro y leer



Ando despistado. En el ámbito de la lectura, me refiero. No sé si es por el cambio de ciudad, de trabajo, de año, por el barullo de las fiestas de Navidad o por todo al mismo tiempo, pero el caso es que no tengo claro todavía cuál será el itinerario de mis próximas lecturas.

Pero, ¿qué debería leer? ¿cuáles son los libros a los que dedicaré mi tiempo, poco o mucho? A propósito de esta pregunta he leído estos días en varios lugares algunas razones -expresadas mucho mejor de lo que yo lo haría- sobre lo que nos mueve a los lectores a la hora de elegir nuestras proximas lecturas. Primero fue en la reseña escrita por Juan Francisco Uriarte en el blog Luchalibro sobre «Cuentos reunidos», del noruego Kjell Askildsen:

«¿Cómo elegir un libro? ¿Cómo decidir a quién entregar nuestras horas de lectura? ¿Cómo zambullirmos en el mundo de un escritor desconocido? Las respuestas a estas dudas pueden ser infinitas, pero entre las más frecuentes podríamos situar las recomendaciones de algún amigo, las críticas de un medio reconocido y respetado, o la llana absorción de un nombre impuesto por las trompetas de la industria editorial. Otro caso, casi siempre fructífero y con final feliz, suele ser seguir la opinión y los gustos de los escritores que nos apasionan. Pasar las páginas que ellos recorrieron para ser lo que son, rastrear sus huellas lectoras con vocación de sabueso».

Probablemente no son estas todas las razones posibles a la hora de elegir un libro per sí las más comunes. Supongo que todos hemos elegido alguna de ellas en alguna ocasión, incluida -al menos es mi caso- el sonido agudo y estridente de las trompetas de la industria editorial. Sin embargo los libreros dirán también, con toda razón, que ellos también son agentes principales a la hora de la prescripción. Y el azar, se me ocurre. ¿Quién no se ha topado con un libro que nunca hubiera sospechado elegir y sin embargo resultó convertirse en un encontronazo feliz?

Precisamente esta forma casual, «...vagando aburrido entre libros en busca de lectura, como el borracho que brujulea por los bares mendigando la invitación de un trago», es la que encontré después en un artículo de Sergio Campos Cacho (Un whisky para don Gonzalo) sobre Torrente Ballester en la revista cultural Jot Down. Reconozco que me hizo sonreír pues así me encuentro ahora, despistado y mendicante de lectura. Otros menos dados a la casualidad piensan, como Alfredo Álamo en el blog de Lecturalia (¿Es todavía necesaria la crítica literaria?), que «la mayoría de la gente, hoy por hoy, busca la prescripción literaria. Quiere que alguien le diga si un libro es bueno o malo, si le gustará o no, si merece la pena perder unas cuantas horas, días o incluso meses, con una historia que puede elegir entre cientos de otras novedades». 

Otra pregunta diferente que podemos hacernos es la que formula Forges en la ilustración de esta entrada: por qué leemos. J. Ernesto Ayala-Dip, en un buen artículo en El País (¿Quién teme a los lectores?), se preguntaba lo mismo y responde: «¿Sabemos todos para qué tenemos que leer? ¿Tenemos que hacerlo para formar parte de un reducido club? No creo que sea para eso. Para cualquier propósito, menos para ese. Pero sí creo que es necesario hacerlo para ganarnos el derecho a una mayor calidad estética, ética y lúdica en nuestras vidas». Cualquiera que sean las razones por las que uno lee y sea cual sea nuestra elección, finalmente, concluye, «cada uno es responsable de lo que lee». Y yo no puedo estar más de acuerdo.

P.D.- Por caridad, tanto si eres conocido, amigo, crítico literario o trompetero de la industria editorial, ¿tienes alguna recomendación para leer? Dios te lo pague.

02 enero, 2012

Acerca de «Las tribulaciones de un directivo en paro»



Tan solo cuatro días después de llegar de Nueva York (esta vez para quedarme definitivamente) compartí mesa y mantel con Miguel Ángel Aguirre Borrallo -director general de Edelman España, una agencia de comunicación- en La Penela, un restaurante de cocina gallega (Velázquez, 57. Madrid). Nos conocemos ya desde hace varios años y habíamos quedado para vernos antes de las fiestas de Navidad. Entre plato y plato (mi lubina no estaba tan rica como yo la habia soñado al pedirla) nos pusimos al día de nuestras respectivas novedades, las mías más centradas en el futuro inmediato y las suyas más bien en un pasado reciente y en un presente que Miguel Ángel desgranaba con verdadero entusiasmo. Fue a los postres (es un decir, pues ambos pasamos directamente al café) cuando puso sobre la mesa un sobre que traía para mí. Si no hubiera conocido a Miguel Angel podría haber pensado que allí dentro había dinero pero lo que sacó fue un libro finito con un dibujo a lápiz en la portada: «Tribulaciones de un directivo en paro» (LoQueNoExiste, Madrid 2011). Y el autor estaba delante de mí al otro lado de la mesa. «Es la segunda edición» se apresuró a decirme. Y entonces, con más entusiasmo que antes, me contó su peripecia de escritor y cuál había sido la génesis del libro.

Basado en hechos reales, como explica en el primer capítulo, Miguel Ángel se disfraza de Watson para compartir su experiencia vital al salir de la «zona de confort laboral», es decir, quedarse en paro, y hablar de valores como la confianza, el agradecimiento, la ilusión, la esperanza o la camaradería, «principios que hoy, más que nunca, deben guiar nuestro comportamiento». Y lo hace a través de lo que llama sus ejemplares ejemplares, aquellos libros y artículos que le han acompañado durante los últimos años (Séneca, Unamuno, Frankl, Chesterton, Conrad, Cicerón, Descartes, Wagensberg o Álvarez de Mon -que firma el prólogo-, entre otros).

Amables lectores
Pocos días después, en las vacaciones en nuestra casa de Peñacaballera (Salamanca), me he convertido por poco tiempo -pues el libro se lee en dos suspiros-, en su amable lector. Así es como Miguel Ángel/Watson se dirige en su correspondencia a quien tiene su libro entre manos, en ocasiones temeroso de que abandonen la lectura («si todavía siguen ahí», llega a decir en algún momento).

Miguel Ángel Aguirre
Después de leerlo y releerlo una segunda vez, me queda más claro que -además de dar algunas claves para los «desheredados de la tierra laboral» que como él hayan podido tener «la sensación de haberse convertido en un apestado social, que teme ser preguntado en cualquier reunión por conocidos (o no tanto) sobre su actual condición profesional»-, Miguel Ángel Aguirre ha cumplido su sueño personal de convertirse en escritor o, como él mismo se define, «directivo en paro y aspirante a escritor». Un sueño compartido con su entorno y su familia para quien no reserva elogios en un abultado capítulo final donde, por cierto, he reconocido algunos nombres de amigos, compañeros o incluso jefes.

«Tribulaciones de un directivo en paro», que tiene su propia página en Facebook, está escrito con un lenguaje muy directo y atractivo, salpicado de numerosas citas interesantes que apoyan las propias ideas de Miguel Ángel Aguirre. Aunque afortunadamente nunca he pasado por la experiencia del desempleo, su contenido es perfectamente válido también para cualquiera en el terreno laboral. Por eso le agradezco tanto a Miguel Ángel el libro y su dedicatoria, con el deseo de "muchos éxitos en esta nueva etapa vital y profesional", y por supuesto, la invitación a comer. Ya se lo dije, la próxima me toca a mí, ojalá con el libro ya en su tercera edición.

Hay muchas frases que subrayé mientras leía, pero señalaré aquí sólo una, de Miguel de Unamuno, que me parece para enmarcar:

«El espacio que recorras será tu camino; no te hagas, como planeta en su órbita, siervo de una trayectoria».

P.D.- Este era, en efecto, el libro que hace el número 27 leído en 2011 y que, por motivos de tiempo, no quedó registrado en la entrada anterior. 

26 diciembre, 2011

26 libros y diez mil páginas

26 son los libros que he leído en 2011.
Termina este año 2011 y parece que es el momento de hacer balance de todo, incluso de lo que uno ha leído. Pero no lo haría yo si no hubiera sido porque hace pocas semanas descubrí que la aplicación que traslada mi librería al mundo virtual -Anobii- ya lo había hecho por mí. Por eso sé ahora que en 2011 he leído 26 libros, con un total de casi diez mil páginas, en concreto -por lo visto ni una más ni una menos- 9699 páginas. Pero también lo que leí un año antes: 14 libros y 4420 páginas. De esa forma se puede ver que prácticamente he doblado el número de libros  de 2010, algo que efectivamente ha sucedido en el caso del número de páginas leídas. Y puedo deducir, por tanto, que he leído de media poco más de dos libros al mes o, lo que es lo mismo, 808 páginas mensuales, o unas 27 páginas diarias.; y que cada uno de los 26 libros tenía una extensión media de 373 páginas. En definitiva, pura estadística de andar por casa. Pero ¿tiene sentido este tipo de análisis cuantitativo? Creo que ninguno, más allá de la curiosidad y del valor simbólico que cada uno le quiera otorgar.

Placer solitario
Todo este preámbulo me sirve para intentar responder a una pregunta: ¿leo mucho o leo poco? Me lo pregunto porque hay gente que me conoce, que sabe que me gusta leer y que escribo este blog sobre libros, y piensa que me paso todo el tiempo leyendo. Diez mil páginas en un año ¿son muchas o pocas?; 26 libros al año ¿son muchos o pocos?; leer 27 páginas al día ¿es mucho o es poco? La respuesta inmediata es que habrá gente que al cabo del año lea más o mucho más que yo y gente que lea menos o mucho menos que yo. Tampoco sé si la intensidad e la lectura debe medirse en términos de cantidad o de calidad.  En mi caso leo lo que quiero, al ritmo que quiero, lo que puedo y lo que me apetece, sin ningún objetivo predeterminado. Sé de algunos, sin embargo, que se fijan por ejemplo una meta de 50 libros al año, como si alcanzar esa cifra diera la justa medida de su voracidad lectora y conseguirlo les hiciera merecedores de la medalla al mérito lector. Yo entiendo la lectura como un placer solitario, lento y pausado, donde uno -si lo que lee le gusta o incluso le conmueve-, no tiene ninguna prisa por terminar.

Mis 26 libros de 2011
Por si a alguien le interesa, y a modo de resumen del año, estos son los 26 libros leídos en 2011 -en orden cronológico-, que he ido comentando en La Palabra Infinita (puedes hacer click sobre cada titulo para ver su correspondiente entrada):

1.- El arma de los invisibles (Jose Manuel García-Otero).
2.- Ojos de agua (Domingo Villar).
3.- El tiempo envejece deprisa (Antonio Tabucchi).
4.- La casa verde (Mario Vargas Llosa).
5.- Sukkan Island (David Vann).
6.- Érase una vez Manhattan (Mary Cantwell).
7.- La vieja sirena (José Luis Sampedro).
8.- La cuarta carabela de Colón (Carlos Oviedo).
9.- Lo que me queda por vivir (Elvira Lindo).
10.- El cementerio de Praga (Umberto Eco).
11.- Norte (Edmundo Paz Soldán).
12.- Ventanas de Manhattan (Antonio Muñoz Molina).
13.- El valor de educar (Fernando Savater).
14.- La playa de los ahogados (Domingo Villar).
15.- Vive como puedas (Joaquín Berges).
16.- El jinete del silencio (Gonzalo Giner).
17.- Los enamoramientos (Javier Marias).
18.- 1Q84 (Haruki Murakami).
19.- Un matrimonio feliz (Rafael Yglesias).
20.- Bestiario (Julio Cortázar).
21.- Hoy, Jupiter (Luis Landero).
22.- Emaús (Alessandro Baricco).
23.- Los detectives salvajes (Roberto Bolaño).
24.- Necrópolis (Santiago Gamboa).
25.- Desiertos de la luz (Antonio Colinas).
26.- Libertad (Jonathan Franzen).

Además, he seleccionado en negrita mi propia lista de los 10 libros que, por diferentes razones, más me han gustado, aunque me duela dejar fuera -por no sobrepasar la decena- las dos novelas policiacas de Domingo Villar. Lo que sí me hace alguna ilusión es que entre esta lista figuren el primer y segundo libro (Los enamoramientos y Libertad) de la lista de los 25 mejores libros de 2011 que publica El País. Por último,  algunas curiosidades: de los 26 dos fueron e-books (Sukkan Island y Los enamoramientos), que entre todos ellos solamente uno (Sukkan Island) lo leí en inglés, que uno era un ensayo (El valor de educar) y otro un libro de poesía (Desiertos de la luz).

P.D.- Confieso que en esta última semana del año probablemente tenga tiempo para leer otro libro, que haría el número 27, aunque prefiero no tenerlo en cuenta porque -llegados a este punto- descolocaría por entero la redacción de esta entrada.

19 diciembre, 2011

«Freedom» o la «Libertad» de Jonathan Franzen

Creo que debo empezar con algunas consideraciones: la primera, personal y circunstancial, es que «Freedom» o «Libertad» ha sido para mí el último libro leído en Nueva York, la ciudad donde he vivido los tres últimos años de mi vida, y que ahora cambio de nuevo por Madrid. La segunda, que ya había escrito sobre la novela de Franzen en esta misma Palabra Infinita en una entrada titulada 'Freedom o el libro papagayo de Jonathan Franzen', eso sí, bajo una óptica distinta a la puramente literaria. Y la tercera y última, más orientada a lo que ahora nos trae en definitiva, es más bien una sentencia: "Yo soy un lector, no un crítico literario", o dicho lo mismo en inglés, que parece que queda mejor, "I'm a reader not a literary critic".

Digo esto último porque no es mi papel -me gustaría decir que no hago reseñas- y porque me parece de un atrevimiento descomunal enjuiciar «Libertad» de Jonathan Franzen (Ediciones Salamandra. Madrid, 2011) después de leer a los que ya lo han hecho de una forma tan brillante. Qué decir de una novela que el director de The New York Times Book Review ya calificaba en la primera línea de su crítica como "obra maestra de la ficción americana", como refleja Antonio Lozano en su artículo de La Vanguardia -Jonathan Franzen: Construcción de un fenómeno-. Y mucho menos después de leer en Twitter lo que alguien (podría decir el nombre del usuario pero creo que no aporta nada sustancial) reflexionaba sobre su lectura de la última novela de Franzen: "Leer Libertad obliga a pensar sobre las servidumbres que esclavizan al occidental contemporáneo en plena crisis de valores".

Por eso, y aunque no me gusta demasiado el corta y pega, seguro que es más valioso que lo que yo pueda aportar lo que ya han dicho sobre el autor y de la novela. Por ejemplo, Alex Star, editor jefe del suplemento literario de The New York Times, dice de Libertad: “Con ella Franzen intentaba hacerlo todo a la vez: crear una obra ambiciosa intelectualmente, que emocionara profundamente, que abarcara algunas de las cuestiones más acuciantes de la sociedad americana de hoy, que fuera sofisticada… [...] Otros, en cambio, escriben obras muy emocionantes pero no exploran la sociedad y los tiempos que corren. Alguien que empieza por titular su libro Libertad ya anuncia la medida de su reto, que en su caso implicaba en buena medida retratar cómo Estados Unidos se ha visto a sí misma desde el 11-S.”

También es interesante lo que cuenta Lorin Stein, editor de The Paris Review: “Yo diría que sus personajes, especialmente en Libertad, están  dotados de una realidad que los desmarca de la mayoría de los que encontramos en el resto de novelas. Uno los recuerda como si fueran gente a la que hubiera conocido. Creo que cada vez teme menos cometer errores, no le asusta escribir de manera poco artística o plana y, así, cubrir grandes extensiones de  terreno narrativo con celeridad. Escribe con una sólida convicción –un sentido de lo que significa la historia que tiene entre manos–, que resulta muy infrecuente hoy en día, en particular en novelistas de su capacidad intelectual”.

Lo que puedo añadir por mi parte es que he disfrutado leyendo las 667 páginas de Libertad. Que tardé un poco en entrar en los entresijos de la historia pero que, efectivamente, los personajes, para mí especialmente Patty, -a los que el autor va dedicando distintas partes del relato- tienen un imán y una atracción especial. Al respecto explica Franzen en una entrevista muy interesante en el diario argentino La Nación: "En ausencia de la invención, la autobiografía más profunda no es posible. Y sin embargo, no sé por qué, la gente necesita pensar en la ficción como autobiografía disfrazada. Tal vez todo venga de un prejuicio muy protestante: que la ficción es mentira". Que si hace un retrato de la sociedad americana en particular no lo sé exactamente, pero que la historia atrapa, sí. Que si es un alegato ecologista sobre el cuidado de determinada especie de ave, tampoco estoy seguro. Que si hasta esta novela no se había visto nada igual -y por eso se puede hablar de obra maestra de la ficción americana-, no puedo decirlo.

Que es una novela que mueve, conmueve y que merece la pena leer, diré que sí como lector, que es lo que a mí más me interesa. Que tampoco hace falta que sea corriendo (a lo que nos empuja la maquinaria del marketing y los suplementos literarios como los citados más arriba) también. Será seguro un libro que envejecerá bien y cualquier momento será el adecuado para leerlo.

P.D.- Como me comprometí aquí mismo, he comenzado ya a leer algunos de los relatos de Raymond Carver.

12 diciembre, 2011

Palabra de Carver

Raymond Carver (1939-1988)
Confieso mi ignorancia si digo que no he leído a Raymond Carver, el gran maestro norteamericano del relato breve, aunque espero que este reconocimiento vergonzoso sirva al menos como primer paso para corregir -algunos no me lo podrán perdonar pero me lo recomendarán fervientemente- esa ausencia en mi itinerario lector. Ya tengo incluso en mis manos el remedio, su última colección de relatos publicada, «Where I'm calling from», que ni siquiera he tenido que comprar: estaba en casa y es el libro que mi hija tuvo que leer en su clase de inglés en High School, lo que aún añade más leña a mi bochorno. 

Pero lo que trae a Raymond Carver por aquí, a la Palabra Infinita, es un texto que recuperé impreso hace ya varios meses, probablemente con origen en algún tuit cuyo autor me perdonará que no mencione -como es de rigor- simplemente por descuido. Es un artículo firmado por el propio Carver donde cuenta algunos de sus pensamientos e ideas a la hora de enfrentarse al proceso de escritura. Como siempre, lo mejor es acudir al texto original, titulado «Escribir un cuento», pero he querido extraer y compartir dos partes de ese texto que me resultaron muy interesantes:

Provocar un escalofrío en la espina dorsal del lector
«Tanto en la poesía como en la narración breve, es posible hablar de lugares comunes y de cosas usadas comúnmente con un lenguaje claro, y dotar a esos objetos —una silla, la cortina de una ventana, un tenedor, una piedra, un pendiente de mujer— con los atributos de lo inmenso, con un poder renovado. Es posible escribir un diálogo aparentemente inocuo que, sin embargo, provoque un escalofrío en la espina dorsal del lector, como bien lo demuestran las delicias debidas a Navokov. Esa es de entre los escritores, la clase que más me interesa. Odio, por el contrario, la escritura sucia o coyuntural que se disfraza con los hábitos de la experimentación o con la supuesta zafiedad que se atribuye a un supuesto realismo. En el maravilloso cuento de Isaak Babel, Guy de Maupassant, el narrador dice acerca de la escritura: Ningún hierro puede despedazar tan fuertemente el corazón como un punto puesto en el lugar que le corresponde».

Pronto vi la historia y supe que era mía
«Al fin tomé asiento y me puse a escribir una historia muy bonita, de la que su primera frase me dio la pauta a seguir. Durante días y más días, sin embargo, pensé mucho en esa frase: Él pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono. Sabía que la historia se encontraba allí, que de esas palabras brotaba su esencia. Sentí hasta los huesos que a partir de ese comienzo podría crecer, hacerse el cuento, si le dedicaba el tiempo necesario. Y encontré ese tiempo un buen día, a razón de doce o quince horas de trabajo. Después de la primera frase, de esa primera frase escrita una buena mañana, brotaron otras frases complementarias para complementarla. 
Puedo decir que escribí el relato como si escribiera un poema: una línea; y otra debajo; y otra más. Maravillosamente pronto vi la historia y supe que era mía, la única por la que había esperado ponerme a escribir».

P.D.- Si has leido a Carver me gustaría saber si al hacerlo sentiste un escalofrío en la espina dorsal.

05 diciembre, 2011

Modos de leer y derechos del lector

La lectora (G. M. Ceballos)
Esta semana me he encontrado con dos textos que hablan sobre la lectura y los lectores, dos partes de la misma ecuación. El primero  de ellos -sobre el modo de leer- en ojosdepapel.com Se trata de una reseña de hace ya varios años sobre una biografía de Borges escrita por Fernando Savater, «Jorge Luis Borges, la ironía metafísica» (Ediciones Omega, Barcelona 2002). El segundo -sobre los derechos del lector- en una entrada en El Taller Literario-Blog para escritores, titulada Los 10 derechos imprescriptibles del lector de Daniel Pennac, de quien después he sabido que es un escritor francés.

Aunque recomiendo leer ambos textos, me permito transcribir aquí alguna de las partes que más me llamaron la atención en cada uno de ellos: 

¿Qué significa tener todos los libros leídos?
«Leer todos los libros no es especializarse perezosamente en una competencia para así agotar los volúmenes de esa materia; leer todos los libros no es aherrojarse, no es contentarse con un plan o un itinerario de obras y de textos, parejos y comunes, no es marcarse los ejemplares en un orden sucesivo y previsible para evitar decepciones y sorpresas. El mejor modo de leer, aquel en el que acto es formativo hasta volverse propiamente un arte, es el del riesgo, la indisciplina, la intuición errabunda, la reconstrucción tentativa de un camino, de los atajos y senderos. No hay un plan, hay un tanteo que nos lleva a la gran literatura sin orden, en un continuo vaivén, buscando que aquel libro posterior fertilice la lectura del anterior, buscando que las referencias múltiples y contradictorias nos llenen el interior. Ése era el modo paradójico de lectura que proponía Borges.

[...] Leer desordenadamente es hedonismo, es entusiasmo y es placer, es buscar resonancias, es acceder a las obras para dejarse sorprender, para hallar a nuestros interlocutores, para hacer y rehacer nuestros modelos de excelencia y de deleite»

Los derechos del lector
«Como cualquier enumeración de derechos que se respete, la de los derechos a la lectura debería empezar por el derecho a no hacer uso de ellos —y en este caso con el derecho a no leer—, sin lo cual no se trataría de una lista de derechos sino de una trampa viciosa. Para comenzar, la mayoría de los lectores se conceden a diario el derecho a no leer. Mal que le pese a nuestra reputación, entre un buen libro y una mala película de televisión, la segunda sale ganando con más frecuencia de lo que nos gustaría confesar».

P.D.- Ya he entrado en la recta final de «Libertad», de Jonathan Franzen. 

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